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Culture / Cinema
Hasta el último hombre, salvado por un héroe

Hasta el último hombre, salvado por un héroe

Esta historia parte de un hecho real: es bueno tenerlo presente para entenderla. Es una película bélica que puede marcar un hito en este género cinematográfico, por su pulso narrativo, su intensidad y su extrema sinceridad, no exenta de visceralidad. Lo repiten muchas críticas: Mel Gibson no juega con la ambigüedad tan presente en mucho cine actual.

 

La ambigüedad es un recurso estético que ofrece muchas posibilidades, pero que en las manos de este director de cine (y también actor) no se conjuga. Va directo, sin subterfugios, a ofrecernos un mensaje lleno de desgarro y veracidad. Gibson nos propone redescubrir, en el tiempo del cinismo y la incertidumbre, al héroe que quizá hemos perdido. Y este mensaje sale de la historia reciente: nace en una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial.

 

Lejos estamos de Braveheart (1995), en la que el patriotismo bélico consiste en dar la vida por la independencia de la propia nación: allí los fines son la gloria y la libertad de un pueblo. En Hasta el último hombre, la búsqueda de la gloria se trasmuta en un patriotismo que brega por salvar la vida de unos concretos hombres heridos en el fragor de la batalla.

 

Desmond Doss, sobre la base de unas convicciones religiosas metodistas y a la vez pacifistas, salvó la vida de sus compañeros. Es una historia que parte de la coherencia de un hombre que creía en el mandato bíblico que postula un principio ético muy claro: “No matarás”.

 

La película empieza cuando Doss, siendo niño, está a punto de matar a su hermano tras golpearlo con una piedra. Este hecho le conmueve y marca su vida. Hijo de un excombatiente de la Primera Guerra Mundial irascible, desquiciado y alcoholizado, Doss es testigo de la violencia que su padre ejerce sobre su madre. Y ahí empieza el camino que le convierte en un auténtico objetor de conciencia, que no rechaza ir a la guerra, pero sí se niega a blandir un arma contra el enemigo. Las ideas religiosas de su madre, junto con los duros acontecimientos de su vida, le llevarán a convertirse en un radical defensor de la no violencia.

 

Y con esta idea se alista en el ejército, empapado de un sentido patriótico que no se reduce a eliminar al enemigo, sino que consiste en defender a sus compañeros de la muerte. La medicina le inclina a llevar a cabo la máxima hipocrática “lo primero es no hacer daño” (primum nil nocere, en latín). No es solo un objetor de conciencia contrario al ejercicio de la violencia, sino que es, coherentemente, un médico que lleva hasta sus últimas consecuencias la deontología de esta profesión.

 

El juramento hipocrático compromete a los médicos con esta otra máxima: “La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones” (Convención de Ginebra, 1948). Un hombre coherente. Un valiente en el sentido más audaz y moderno del término: salvar vidas aun a costa de la propia vida, salvar la vida de los amigos.

 

Es interesante esta idea, pues en el cuartel de instrucción, meses antes de la llegada al frente, va a ser tachado de cobarde y de traidor por los soldados y los mandos que comparten la vida con él. Tanto es así que llega a ser sometido a un juicio militar por estos motivos, sin ser finalmente condenado gracias a la mediación de su padre, que ha movido todos los hilos para evitar el peso de la sentencia de culpabilidad. Ahí empieza la tercera parte del film. Llega al infierno de la guerra y, durante la noche, detenida la batalla, Doss libra de la muerte a 75 compañeros.

 

Desmond Doss es, en primer lugar, un hombre consistente con sus convicciones religiosas; en segundo lugar, es coherente con la ética que debe contemplar cada médico; en tercer lugar, es un militar sin armas que encarna el compañerismo que debe informar la conducta de un soldado que defiende la vida de los militares al lado de los que lucha. Un héroe inusual para un tiempo como el nuestro, lleno de contradicción y deslealtad en algunas de las facetas de la vida económica, política, laboral o social. Un héroe que no teme a la muerte y que anda sólo armado con su coraje.

 

En las críticas sobre esta película se ha reflexionado muy poco sobre este extremo: el heroísmo del protagonista de la cinta. Podría profundizar en las escenas de guerra quizá mejor filmadas desde Salvar al Soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), pero no es mi intención. Muchos críticos ensalzan el verismo de esas escenas sin reparar también en que, además, son el marco adecuado para destacar la gesta del héroe que, ante tal despliegue brutal de la violencia de la batalla, persevera en sus principios vitales desafiando a la muerte.

 

Algunas críticas caricaturizan esta violencia como producto del sadismo de Mel Gibson, presente en su vida y en su obra. Y esta crueldad anda presente, para ellos, en La Pasión de Cristo (2003). Pero Jesús es el héroe, dicho con infinito respeto, que da la vida por sus amigos.

 

Algo parecido sucede, con todos los matices que sean precisos, en Apocalypto (2006), en la que un indígena en la América precolombina arriesga la vida por su familia. La violencia es el mal, la figura del héroe cobra sentido como vencedor sobre el mal. La violencia de Okinawa, tanto la japonesa como la americana, es el mal del que sobresale el héroe, que quiere superar ese abismo de odio y muerte subrayando la amistad, el bien, la defensa de la vida.

 

Sin embargo, la historia de Mel Gibson —personal y cinematográfica, decía— no ayuda: sus inicios nos llevan desde la extrema violencia de las Mad Max de George Miller (1979, 1981, 1985) hasta las Arma letal de Richard Donner (1987, 1989, 1992). Tampoco ayuda la violencia gore del gran film que es Braveheart. Ni tampoco ayudan sus bravatas antisemitas.

 

Quizá el propio Mel Gibson busca liberarse de esa violencia que le rodea y redimirse a través de sus últimos films. Quizá busca un héroe que le ayude a redimirse de sí mismo.