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Culture / Cinema
Hitchcock/Truffaut. Explorar el alma

Hitchcock/Truffaut. Explorar el alma

La palabra es un canal eterno para hacer brotar lo mejor y también lo peor de la creatividad artística. Cuando las palabras surgen del diálogo reflexivo, lo que obtenemos es un fresco en el que cobran vida los posicionamientos sobre la base del contraste de ideas y la interpelación de argumentos. Sin embargo, la entrevista más famosa de la historia del cine es principalmente una lección de cine; probablemente la mejor que cualquier crítico o cinéfilo pueda recibir jamás.

 

Debemos situarnos a finales de los años cincuenta. Una auténtica revolución sacudía los cimientos del cine francés, con la aparición de una serie de jóvenes creadores que combatían el anquilosamiento del celuloide galo a través de una serie de propuestas que renovaban el lenguaje y el fondo temático. Eran directores entusiastas y rompedores que estaban cambiando la forma de entender y ver el cine a través de una fórmula estilística innovadora. Surgidos de las páginas de Cahiers du Cinéma, donde trabajaban como críticos, constituían una nueva generación de estudiosos del séptimo arte que, en cuanto tuvieron la oportunidad, insuflaron modernidad a sus creaciones desde el conocimiento y el respeto exquisito por las obras de realizadores importantes, en quienes hallaban unos trazos de genialidad que les resultaban extraordinariamente inspiradores. Con el tiempo, a su movimiento se le llamó Nouvelle Vague y entre los que formaron parte de él encontramos los míticos nombres de Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Éric Rohmer, Jacques Rivette, Agnès Varda, Louis Malle y François Truffaut.

 

Truffaut era quizá el más apasionado y visceral de todos ellos. Con solo tres películas en su haber y menos de treinta años, ya había firmado una auténtica obra maestra: Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959). No obstante, las inquietudes del joven cineasta iban más allá de sus constantes proyectos, puesto que la pasión cinéfila que atesoraba le conducía constantemente hacia la revisión de otras cinematografías y, en particular, se sentía atraído por la labor de algunos de los grandes colosos de Hollywood como John Ford, Howard Hawks y Alfred Hitchcock. Por la carrera de este último sentía una especial fascinación, que se vio incrementada cuando tuvo la oportunidad de entrevistarle, junto con Claude Chabrol, durante la promoción de la película Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955) en Cannes.

 

Ambos entrevistadores trabajaban en un artículo sobre Hitchcock para Cahiers du Cinéma, pero Truffaut consideró que aquel reportaje se quedaba corto ante la magnificencia del personaje. En los años posteriores siguió quedándose anonadado con la maestría del director en títulos como Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958), Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), y Psicosis (Psycho, 1960). Ante lo que consideraba auténticas obras maestras, mostraba perplejidad cuando la crítica estadounidense seguía considerando a Hitchcock un director ligero que creaba obras entretenidas con poco fondo. Herido por lo que juzgaba como una injusticia atroz, Truffaut decidió escribir una carta al maestro, en la que, además de hacerle grandes alabanzas, le proponía una larga entrevista en la que la labor del realizador sería la gran protagonista. Hitch agradeció enormemente las palabras de Truffaut y aceptó la oferta.

 

Así fue como el director francés viajó a Los Ángeles junto con el fotógrafo Philippe Halsman, a quien encomendó la tarea de documentar gráficamente el encuentro. Truffaut quería reivindicar la figura de Hitch más allá de su imagen de director con éxito en la taquilla. Pretendía explorar su carrera para mostrar al público americano que Alfred Hitchcock era el mejor director del mundo. Durante ocho días del mes de agosto de 1962, Truffaut entrevistó al realizador británico en unas dependencias de los estudios Universal. En la sala solamente hubo dos personas más: Philippe Halsman y la traductora Helen Scott. Fueron casi quinientas preguntas y un total de veintisiete horas de grabación, en las que el francés consiguió un alto grado de complicidad con su idolatrado. Llegó hasta la base de sus motivaciones fílmicas y descubrió un nuevo escenario que hasta entonces se había explorado poco: el oficio del director.

 

No era fácil conseguir que los grandes directores de la época se abrieran a explicar el significado de su cine. Ellos siempre decían que era el público el que veía aspectos de la película y los interpretaba. Los directores trataban que la película saliera lo mejor posible y no pensaban en otras cosas. Sin embargo, esa era la respuesta estándar que daban a la prensa del sector. Había una serie de reflexiones que se guardaban para otro tipo de conversaciones que nada tenían que ver con la promoción de las películas. El gran éxito de Truffaut fue conseguir que Hitchcock le confesase con profusión sus filias y sus fobias, además de las pautas de su lenguaje cinematográfico desde los inicios, en el cine mudo. Los clásicos sonoros en Inglaterra y los grandes títulos realizados en Hollywood pueblan las páginas siguientes e ilustran los emblemas de su carrera. Hitchcock aprendió el oficio cuando la cámara debía ayudar a la expresión de los intérpretes en ausencia de diálogo. Esa forma de narrar visualmente impregnó su estilo y después hizo un sabio uso del mismo a través de secuencias con cámara subjetiva, que contribuían a generar el suspense que tanto caracterizó a su filmografía.

 

Finalizada la ronda de sesiones, la amistad que se estableció entre ambos permaneció en el tiempo. Siguieron enviándose cartas, compartiendo experiencias de rodaje en sus respectivos films, e incluso hubo alguna que otra visita a París por parte de Hitchcock y su esposa, la esencial Alma Reville. El libro que recogía las sesiones se publicó en 1966 con el título original de Le Cinéma selon Alfred Hitchcock, aunque pronto se generalizó su encabezamiento en inglés. Hitchcock / Truffaut está considerado como el mejor libro que se ha escrito sobre didáctica de cine. Con el paso de los años, se ha convertido en un texto de referencia absoluta para realizadores tan diversos como Peter Bogdanovich, Martin Scorsese, Paul Schrader, Olivier Assayas, David Fincher, Richard Linklater, Wes Anderson, Kiyoshi Kurosawa y James Gray, por citar solamente a algunos de ellos.

 

Valiéndose de esta repercusión, el documentalista Kent Jones construye una obra que recoge los principales pasajes de la entrevista, con el sonido directo de los protagonistas, y lo va intercalando con secuencias inmortales de la carrera de Hitchcock mientras aprovecha hábilmente los testimonios de los directores anteriormente citados para elaborar un retrato honesto y brillante del maestro del suspense. No obstante, Jones va más allá de la traslación del libro en imágenes. Profundiza en la visión contemporánea del mito y elabora un producto final que rebosa cinefilia. Finalmente, consigue que el documental sea una reivindicación del oficio de director y homenajea de forma sincera a dos grandes realizadores que, desde diferentes ópticas y concepciones, hicieron más grande el séptimo arte. El documental se cierra con una frase que es el mejor ejemplo de lo que Truffaut trataba de conseguir:

 

“Yo creo, señor Hitchcock, que usted utiliza las tramas de misterio y suspense como excusa para explorar el alma humana”. Y el maestro responde: “Así es”.

 
 
Resucitado