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Culture / Cinema
La La Land: luz y belleza

La La Land: luz y belleza

Los Globos de Oro, las nominaciones a los Oscar y la crítica internacional se han puesto de acuerdo: estamos ante una obra quizá no maestra pero sí tocada por una barita mágica que la hace seductora, encantadora y llena de detalles sugerentes que nos desbordan. Y la unanimidad, sin ser incuestionable, está llegando a todas partes.

 

Indaguemos en los secretos de este film. Qué es lo primero que nos encontramos:  miradas, silencios, focos y melodías que instalan en nuestros labios una sonrisa medio esbozada ante el gozo de unas imágenes bien hilvanadas, suavemente desplegadas, serenamente relatadas y transmutadas por una música, un baile y unas coreografías, y sus decorados, que nos hacen volar tal como literalmente le pasa a la pareja protagonista. Pero esta unanimidad, creo, no nace de la perfección. No es una película ni brillante ni redonda. La historia de amor es muy normal. Es una obra que se despliega con sencillez, sin sobresaltos ni una espectacularidad arrasadora. Pero todos quedamos encantados. Desde el cinéfilo medio hasta nuestra suegra y nuestros hijos quedan magnetizados ante este film.

 

Permitan a este cronista expresar un sentimiento que le abordaba durante la proyección de esta película: me decía para mis adentros: “¡que no se acabe, que no se acabe!”. ¿Qué le sucede a esta película? ¿A qué extraño ensalmo o mágico encanto hemos sido sometidos? La La Land nos asombra y encandila con unas artes desconocidas. Intentemos resolver el enigma. ¿Por qué nos parece tan buena, esta película? Sencillamente buena, proporcionada y armoniosa.

 

Primera respuesta: el hechizo descansa sobre su estilo tradicional, en un tono que no es ni estridente ni furioso como en otros filmes y otros musicales que tienen mucho de postizo. Simplemente somos trasladados a la fábrica de sueños que es Hollywood a un ritmo sosegado, claro y elegante. Una afirmación casi indiscutible: es un film que homenajea el musical de siempre buscando el Hollywood de los treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta. Creo que el último gran ejemplo de este musical clásico es West  Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961). En los setenta el musical cambia aunque los concretos guiños de La La Land  llegan hasta Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001).

 

Desde los setenta el musical se convierte en otro tipo de películas, con otro trasfondo: un ejemplo es Cabaret (Bob Fosse, 1972). La La Land tiene otro tono que nos instala directamente en los brazos de Stanley Donen y Gene Kelly. ¿Nos hipnotiza, por tanto, el tono nostálgico de la cinta? ¿Nos seduce su recuperación de aquel clima inocente, sincero, casi ingenuo? O simplemente esta obra aspira, con toda honestidad, sin trucos, sin trampas, a un cine bueno con buena música de bella factura sin la presión de la industria y la taquilla, etc. Y fíjese el lector que no digo cine perfecto, sino cine bueno.

 

Podríamos caminar sobre una nueva hipótesis de trabajo imposible de confirmar pero que hay que dejarla ahí. Detrás de La La Land existe un mensaje escondido; quien nos comunica su sueño es Damien Chazelle: el sueño de Mia y Sebastian es el sueño real de Chazelle. En Whiplash (2014) ya empezó a hablarnos de ese sueño personal. Chazelle ha sido raptado por las musas del mejor cine y se convierte en un creador que rescata el cine musical de un adormecimiento que ya duraba años. Hay más.

 

Chazelle aspira a pocas cosas y a la vez muy claras: buena música, un relato que toca la fibra sin sensiblería, un par de buenas canciones, y números que se pueden disfrutar porque se incardinan bellamente en la historia. Es cierto que en la narración de esta película las citas al cine del pasado son frecuentes. Pero, a mi modo de ver, no imitan ni copian el cine musical clásico de los cuarenta, cincuenta y sesenta. Va más allá: lo recrean, lo reinterpretan y lo actualizan. La tradición y el presente quedan emparentados. Primer sueño de Chazelle: reinventar el musical desde sus bases. Estamos ante un sueño que nos recuerda sobre todo a Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, Gene Kelly, 1952), entre muchas otras películas.

 

Y el jazz es el segundo sueño proclamado por Chazelle en Whiplash con mayúsculas. Es decir, aquello que Chazelle entiende como jazz auténtico: Coltrane, Monk, Mingus, Parker y Davis, ¿a dónde han ido estos inmortales? “¡Tienen que volver!”, exclamará el director de Whiplash y La La Land. Dos sueños que se cruzan: el musical nacido en la meca del cine y el jazz auténticos, que perduran a pesar de las últimas apuestas más renovadoras. Chazelle no nos quiere sorprender ni abrumar, solo nos quiere encandilar, sin vendernos astucias, sin pasarse de listo.

 

Siguiente y última pregunta: en el arte cinematográfico, ¿hay que buscar la taquilla, la novedad a toda costa, sorprender en aras al máximo beneficio? Esta película parece responder que no: en el séptimo arte hay que buscar la belleza más allá del éxito.

 

Recapitulemos solo un poco: La La Land es una película bella y a la vez actual. No es solo nostalgia, aunque también, ni remake de tantas historias de amor; ni solo citas del cine musical de los treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta, sino mucho más que todo eso. Es una película bella, clara y directa. Y el mensaje es sencillo: belleza y autenticidad.

 

No es una película forzada, sino liviana; ligera –en el mejor sentido de la palabra–, dúctil y capaz de desarrollar su historia con una melodía que nos mece hasta el final. ¡Ah! Una película que volveremos a ver para paladearla y saborearla en los detalles más pequeños, en las citas de otros films, en la actuación embriagadora de Emma Stone como Mia. Y como La La Land no es perfecta, hay que decir que Ryan Gosling como Sebastian queda detrás de Mia, sin desmerecerlo. O quizá es la opinión de un varón que no puede leer el encanto, a veces hierático, de Ryan Gosling como Sebastian. No lo sé.