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Culture / Music
L.A., la anomalía del puro indie-rock

L.A., la anomalía del puro indie-rock

Sorprende que en una época donde parece que lo indispensable para el éxito es dejarse ver en la red, existan algunas bandas que, con tan solo un par de siglas–con los problemas de búsqueda que eso supone–, sean consideradas como una deliciosa anomalía del indie-rock internacional, de esas que apuestan por el todo o nada.

 

Sin embargo, lejos de ser pretenciosos, L.A. responde a un nombre, al de su líder y creador Luis Albert Segura, un genio recluido en su Mallorca natal con un espléndido background grunge como batería de The Nash o Valendas, entre otros. Él, junto a su guitarrista y compañero Toni Noguera, compartieron también adicciones y horas de estudio en el Dreamville Records, sello del cual es el cabecilla, y donde la banda pudo editar sus tres previas entregas: Grey Coloured Melodies (2005), Bellflower Blvd (2006) y Welcome Halloween (2007).

 

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Su pequeño secreto, tan imprevisto como inspirado, estalló definitivamente con el álbum “Heavenly Hill” (2009) y su fulminante, entre otros, “Crystal Clear”, lleno de detalles preciosos y, sobre todo, precisos, como “Stop the clocks”. L.A. posee lo más puro del folk pausado y el buen indie-rock americano, ligado a canciones tan frágiles y palpitantes como la irremediable vocación –nada desdeñable– de su creador de aspirar a competir en magia y argumentos con los grupos del otro lado del Océano Atlántico, no solo por el idioma de las letras, sino por el cuidado de los arreglos y una luminosidad que te invade desde el primer instante. Mientras, otros no han dudado en comparar su sonido con el de algunas bandas anglosajonas consagradas, tales como Death Cab for Cutie, Arcade Fire o Postal Service.

 

 

Lejos de todo eso, L.A., como en un juego de niños, pretende mantener su esencia sin pensar en derrocar a los tiburones de la escena anglosajona mientras arrastra, sin poder evitarlo, la huella del pop-rock yanqui de las bandas de culto. Su peculiar sonido orgánico hace volar a los más temerosos, lo que dificulta bajar de nuevo a la tierra. Escucharles es revivir la placidez y la elegancia de una mañana de domingo (Elizabeth), mientras que sus canciones, llenas de himnos personales y estribillos gloriosos (Heavenly Hill), les da la licencia de haber proporcionado una nueva dimensión a lo agridulce y de iluminar, por qué no, lo mejor de la música alternativa. Conducido por una voz transparente y de corte profundo –inevitable recordar la voz de Adam Duritz (Counting Crows)–, su música fluye bajo las órdenes de un talento insólito, cálido e intimista.

 

Este año apuestan por “Dualize” (2013), un trabajo que precede al EP SLNT FLM y que recoge las virtudes melódicas del anterior en su emocionante detallismo. Al escucharles, uno se encuentra con un diamante que, más que en bruto, está pulido y reluciente e ilumina el arte de lo rudimentario, de grabar tema a tema de forma placentera, con minúsculos y livianos efectos (“Mirrorball”). Con todo, once historias directas y “descuidadas” te elevan y te hunden en intensidades que hacen sentir y querer más (Under Radar). L.A. se asemeja a todo, pero no suenan a nada parecido; de ahí que ya empiecen a ser considerados como los responsables de un impacto perenne, propio del legado de las bandas que permanecen en la memoria colectiva. Con mucha magia y un horizonte propio, L.A hace de su música una total exhibición de talento curtido, capaz de abrir todas las fronteras mentales y físicas, como una música sanadora que regenera el cuerpo y el alma. Palabra.