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¿A dónde vas, Barcelona?

¿A dónde vas, Barcelona?

Uno de los atributos más habituales que últimamente acompañan la palabra Barcelona es el de “ciudad de éxito”. Esta característica indica un reconocimiento por parte de los demás de las cualidades de nuestra ciudad. Es evidente que este éxito no ha aparecido de la noche a la mañana, sino que ha sido consecuencia de una trayectoria que viene de lejos, en la que la arquitectura y el urbanismo han tenido un papel destacado.

 

En realidad, el trabajo que los arquitectos y urbanistas desarrollaron a lo largo de las últimas décadas no tenía como objetivo hacer de Barcelona una ciudad de éxito, sino más bien una ciudad equilibrada y de calidad, capaz de corregir los desequilibrios generados durante la etapa heredada, muy falta de espacios públicos, equipamientos y servicios. En unas pocas décadas se enderezó este desequilibrio. El espacio público aumentó en cantidad y se universalizó un alto nivel de urbanización en toda la ciudad. Lo mismo ocurrió con los equipamientos, que se ejecutaron en toda la ciudad, con la huella de los mejores equipos de arquitectura. Hoy todavía faltan en Barcelona algunos espacios por urbanizar y algunos equipamientos por ejecutar, pero este es un trabajo que irá haciéndose y cuya metodología ya conocemos.

 

Sin embargo, ahora notamos nuevos desequilibrios, nuevos desajustes que plantean nuevos retos para la arquitectura y el urbanismo de la ciudad. Se trata de necesidades menos evidentes —algunas seguramente menos básicas—, porque la ciudad parte, en términos generales, de una situación urbanísticamente ordenada y de unos niveles de exigencia elevados.

 

En la ciudad central el reto principal del espacio público no es una cuestión de cantidad ni de calidad, sino más bien de proporcionalidad y de intensidad. ¿Para quién debe ser el espacio público? ¿Qué proporción hay que reservar para los peatones y cuál para las terrazas de los restaurantes? ¿Cómo se repartirá el espacio entre los diferentes modos de movilidad? ¿Qué parte destinamos al movimiento y cuál al reposo? ¿Cómo se combina el uso intenso que pueden hacer los turistas de ciertos espacios con las necesidades de los vecinos? Son cuestiones que piden intervenir en el espacio público para ajustar desequilibrios que ya se están produciendo y para proyectar nuevos esquemas de movilidad más eficientes y sostenibles.

 

Reequilibrar la Barcelona de éxito

 

La Barcelona de éxito es también una ciudad donde la arquitectura corre el peligro de ser leída solo como activo inmobiliario. Hemos pasado en los últimos tiempos de los edificios de autor a la pugna de los fondos de inversión para quedarnos con las piezas mejor ubicadas de la ciudad, con un notable interés por reconvertirse mediante usos más rentables. Más allá de este efecto del éxito global de nuestra ciudad, la eventual adaptación de estos edificios debería hacerse con un gran sentido del patrimonio arquitectónico, paisajístico, urbanístico y social. Es importante ser conscientes de que estas transformaciones no solo implican las construcciones, sino que también impactan de forma apreciable en el entorno donde se producen. De nuevo aquí me parece que la discusión sobre la intensidad y la proporcionalidad es pertinente. Cómo evitar sobresaturar algunas partes de Barcelona que ya sufren una fuerte presión o caer en un peligroso monocultivo de los usos son temas de actualidad que tienen que ver con la estrategia económica y también urbanística de la ciudad, y con la preservación de un cierto equilibrio que garantice una ciudad de calidad también para quienes viven en ella.

 

Otro aspecto que me parece relevante, porque plantea un reto de gobernabilidad y también de identidad, es la cuestión metropolitana. En la etapa anterior se reconquistó la primera periferia a base de monumentalizarla —en palabras de Oriol Bohigas—, y de descentralizar los servicios, como planteó Joan Busquets, con la estrategia de las áreas de nueva centralidad. Ahora el reto es dar el salto hacia la segunda periferia, la que forman los otros municipios metropolitanos. En el caso de Barcelona este salto puede pasar por reconquistar y reproyectar los límites de la ciudad. El espacio de los dos ríos, Llobregat y Besòs, ha sido objeto de recuperaciones parciales bajo una estrategia inicialmente medioambiental. Habría que explorar su capacidad para vertebrar Barcelona con los municipios que la rodean, que de hecho forman parte de una misma realidad física y funcional.

 

Otro límite a repensar sería toda la fachada marítima, de río a río. Está claro que Barcelona ganó el mar con la operación olímpica, y antes ya había derribado los almacenes y chiringuitos del Port Vell para hacer un conjunto de paseos. Algunas de estas obras tienen más de un cuarto de siglo y deberían releerse en función de las necesidades de la sociedad y la ciudad de hoy. En términos de usos, de movilidad, de paisaje y de calidad ambiental, incluso de un mejor encaje de este frente marítimo con la ciudad, parece pertinente su revisión.

 

El último límite es, de hecho, una característica topológica: los espacios de encuentro entre los barrios y los accidentes topográficos de la ciudad. Collserola, Tres Turons y Montjuïc deben tener un nuevo rol en la Barcelona que viene. Cada uno de estos elementos tiene una historia y una vocación diferentes, pero en todos podemos detectar el mismo problema: la ciudad subía de forma precaria por sus laderas. Hoy tenemos un conjunto de barrios con una identidad propia, que han desarrollado una condición específica de urbanidad que seguramente hay que actualizar. No se trata de uniformizar las soluciones y hacer de todas ellas eventuales puertas de acceso a los espacios libres, sino de trabajar soluciones específicas partiendo de sus diferencias, jerarquizando los espacios de encuentro entre ciudad y montaña.

 

Ciudad donde vivir

 

Finalmente, creo que el reciclaje de los edificios de viviendas plantea uno de los retos más acuciantes. Barcelona dispone de un enorme parque residencial edificado en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta con graves carencias en su formación. Este parque se acumula en buena medida en barrios no centrales de los municipios metropolitanos. Hay que pensar y llevar a cabo políticas masivas en relación con un eventual reciclaje de estos edificios. Si en las décadas anteriores el reto fue universalizar el alcantarillado y el alumbrado, las aceras y el mobiliario urbano, ahora el reto es pensar un recorrido para este parque residencial, para que no entre en un colapso funcional irreversible.

 

Alargar la vida útil de estas estructuras pasará por modernizar su comportamiento energético y sus condiciones de accesibilidad, lo que ayudará a mejorar su habitabilidad y la calidad de vida de los usuarios. Podemos imaginar varias líneas de actuación que tengan que ver con la propia realidad tipológica de los edificios. Así, el reciclaje de bloques de vivienda en polígonos puede conllevar un tipo de proyecto diferente a la intervención en edificios entre medianeras de tejidos suburbanos o de sectores de casco antiguo, por poner algunos ejemplos.

 

Todo ello nos indica que los retos urbanísticos y arquitectónicos de la Barcelona actual ya no son los de hace treinta o cuarenta años. Para orientar la acción hay que leer bien cuáles son los desequilibrios de la ciudad y la metrópoli actual, y cuáles las oportunidades. Los avances tecnológicos, los nuevos paradigmas surgidos de la sensibilidad medioambiental y de la sostenibilidad, así como una creciente necesidad de autoafirmación de las nuevas generaciones, plantean un tablero de juego en el que el urbanismo y la arquitectura tendrán mucho que decir en la búsqueda de nuevos equilibrios y nuevas respuestas para las demandas de una nueva sociedad.

 

ciutadella_©jaumefv

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El plan Cerdà

 

El XIX fue un siglo marcado por los cambios, y Barcelona creció imparablemente. En 1832, la Ciudad Condal se convirtió en capital de provincia, y en 1836 se proclamó la libertad de industria, hechos que establecieron las bases de la Revolución Industrial. Además de las relaciones marítimas, crecía con fuerza la industria textil, pero también la algodonera, la de la lana, la metalúrgica… Todo esto hizo florecer una nueva clase burguesa adinerada, además del hecho de que la ciudad era un reclamo para la inmigración, ya que ofrecía nuevas oportunidades para todo el mundo.

 

A pesar de todo, no había espacio ni proyectos para adaptarse a esta nueva situación. Barcelona estaba limitada por las murallas medievales, y la densidad de población aumentaba exponencialmente (de 115.000 habitantes en 1802 a 250.000 en 1877), lo que provocó caos y desorganización en la ciudad amurallada. Faltaban estructuras sanitarias básicas como galerías de agua, gas o telégrafo, que se hicieron imprescindibles después de tres epidemias de cólera y una de fiebre amarilla.

 

Se percibía el malestar urbano y la urgencia por crear una política urbanística que pensara en los habitantes, en espacios saludables y sostenibles a largo plazo. Era imprescindible plantear un nuevo modelo urbanístico capaz de dar respuesta a esta problemática y con proyección de futuro.

 

En 1854 se autorizó la demolición de las murallas que impedían el desarrollo urbanístico de Barcelona, y en 1859 se aprobó el Plan de reforma y ensanche de Barcelona, de Ildefons Cerdà, ingeniero de caminos, canales y puertos que dejó su plaza de funcionario en Madrid para dedicarse exclusivamente a su idea urbanizadora, que plasmó en la obra Teoría general de la urbanización.

 

Cerdà ideó y soñó Barcelona. Creó una ciudad con calles de más de veinte metros de ancho; zonas verdes públicas; alturas limitadas de edificios, para no impedir el paso de la luz natural; parques; mercados; hospitales; iglesias y, en definitiva, una ciudad pensada para las personas. Alejó las grandes industrias hasta las inmediaciones de los ríos y dispersó las pequeñas por la ciudad; diseñó un nuevo sistema de aguas; integró la red ferroviaria y de carreteras y, curiosamente, supo adelantarse a su tiempo al prever el protagonismo de los medios de transporte y de comunicación integrándolos dentro del proyecto urbanístico.

 

El ingeniero partía de las viviendas y quería crear una intimidad absoluta en cada una de estas y, al mismo tiempo, respetar la libertad de todos los miembros que convivían en los hogares (en aquel tiempo era normal que convivieran varias generaciones). Así, partiendo de este punto, fue ideando las calles y las grandes avenidas, los servicios…; siempre situando a la persona en el centro de la vida urbana.

 

Así, Cerdà logró crear la ciudad que es hoy Barcelona, gracias a un proyecto que unos acusaban de utópico.

 

El paso del tiempo, las especulaciones, las guerras… un cúmulo de circunstancias hizo que el proyecto urbanístico de Cerdà nunca se llegara a acabar o que se modificara. Algunas estructuras sociales y necesidades han cambiado, y Barcelona se debe plantear ahora nuevos retos no solo para “vender” su marca y proyección internacional, sino para seguir siendo un espacio de convivencia y encuentro.

 

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* David Martínez, arquitecto urbanista. Profesor de Urbanismo de la ESARQ. Asesor de Urbanismo e Infraestructuras en el Ayuntamiento de Barcelona.