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Sala de Emergencias: Permitido el ingreso a personal no autorizado

Sala de Emergencias: Permitido el ingreso a personal no autorizado

Son las 11 de la mañana. Neil llega al Hospital de Ositos de Peluche preocupado porque ha pasado ya tiempo desde la última vez que su pequeño Blau tuvo una visita al médico. De hecho, tampoco recuerda con exactitud cuándo fue la última vez que él mismo tuvo una revisión general, por lo que está ansioso por esta cita.

 

Blau no entiende mucho lo que está pasando. Es un pequeño oso de pelaje azulado con una prominente barriga blanca y un listón azul marino en el cuello que da énfasis a su nombre. Blau es muy listo y siempre sabe qué decir en cada momento, pero esta vez se encuentra un poco perdido, pues no sabe quiénes son esas personas de blanco que van sonriendo de un lado para otro.

 

“¿Qué edad tienes?”, pregunta a Neil la doctora Anna Seguí –una de las coordinadoras generales del hospital. Ella es quien los recibe con amabilidad y toma registro.

 

–Siete años, y no recuerdo haber llevado a Blau al médico.

 

Berta Muntadas, compañera de cargo de Anna, nota en seguida que Neil no está del todo tranquilo: hay algo en esas personas de bata blanca que le hace desconfiar –y hasta temer– y no quiere que se acerquen demasiado, aunque sabe que en cierta medida es necesario.

 

De hecho, Neil no es el único. Ese mismo día tantos otros tutores de ositos de peluche llegan con las mismas inquietudes, y no están seguros de si acercarse al hospital ha sido una buena idea después de todo.

 

Sin embargo, nada de esto es nuevo para los doctores del Hospital itinerante de Ositos de Peluche, que en esta ocasión se sitúa en el ciclo inicial del Colegio La Farga de Sant Cugat. Estos doctores saben perfectamente cómo lidiar con la situación.

 

No se acercarán con manos frías a los pacientes, ni les harán temblar con agujas más grandes de lo que pueden pensar. No. En el Hospital de Ositos de Peluche las cosas no funcionan así. Los doctores invitarán a los niños a ser quienes investiguen y traten a los pacientes. Ellos los conocen mejor que nadie y serán vitales para poder curarlos. Poco a poco les llaman a acercarse. Deben convencerles de que el trabajo que harán juntos no es de temer. Algunos de los instrumentos ya los conocen de cuando ellos mismos han visitado al doctor, por lo que no resulta demasiado difícil interesarlos a participar de la examinación.

 

Doctor, ¡le tengo miedo!

 

¿Por qué un niño tendría miedo a un médico? “El semestre pasado durante las prácticas de Pediatría –cuenta Berta– pudimos ver que el miedo a los médicos por parte de los niños es muy común. Muchos niños sólo de ver entrar al médico se ponían nerviosos o a llorar; pensamos que también influye el hecho de que en ese momento están enfermos y esto motiva su miedo. Además, hemos visto también un miedo injustificado a algunas exploraciones médicas indolentes, como, por ejemplo, palpar la barriga o la exploración de las orejas.”

 

Pero aquí no hay miedos, ni dolores, ni llantos. Aquí, una vez que los niños conocen qué es lo que deben hacer, cómo tratar a sus pequeños peluches, se involucran en el verdadero trabajo del médico y le pierden el miedo. Así, Neil, por ejemplo, que tan temeroso se mostró en un principio, ya ha aprendido a auscultar los latidos del corazón utilizando un estetoscopio, mientras sus compañeros han aprendido acerca de las bacterias, cómo combatirlas y para qué sirve la anestesia. Ahora comprenden que todo el trabajo de aquellos personajes vestidos de blanco que tan temibles parecían no es otro más que el de cuidarlos y ayudarlos a sanar.

 

REPORTATGE - ossets de peluix 1

 

En realidad, se trata de un verdadero quid pro quo: los niños pierden los miedos, y los futuros médicos aprenden: “a medida que hacíamos los hospitales de ositos de peluche –cuenta Anna–, hemos ido entendiendo mejor cómo piensan los niños, y la mejor manera de transmitirles conocimientos. Para mí, lo más enriquecedor ha sido ver cómo ellos aprendían con nosotros y estaban tan ilusionados a la vez”. Los niños alegraban el día a estos jóvenes estudiantes y les daban importantes lecciones acerca del trato con el paciente, porque, como se pregunta Berta: “¿Quién es más directo que un niño?”.

 

Al final, todo es cuestión de adaptar su lenguaje al público con el que trabajaban, responder a situaciones emocionales y adaptar sus conocimientos con el fin de arrancar una sonrisa a los niños. “Ha sido una experiencia muy enriquecedora –cuenta Bruna Furriols, otra de las alumnas– tanto a nivel personal como profesional. Durante las actividades hemos podido disfrutar, aprender mucho de los niños y conocer su visión del médico y de los hospitales. Espero que ellos también se hayan podido llevar una buena experiencia y que les pueda ser útil en algún momento”.

 

Un poco más allá

 

El nivel de preparación de los estudiantes sólo fue posible gracias a un continuo trabajo de formación en las aulas que se inició ya el año pasado. Y además, estos esfuerzos continúan aún vigentes, pues la organización de cada uno de estos proyectos forma parte de un solo complejo excelentemente estructurado con vistas a seguir desarrollándose.

 

Tal vez uno de los puntos más rescatables es el nivel de conexión que tenían los niños con los ositos, y es que a través de estos canalizaban sus propias dudas e inquietudes. Por ejemplo, algunos osos tenían las mismas enfermedades que sus dueños habían sufrido anteriormente, y aquellos que habían sido pacientes de quirófano se emocionaban al estar al otro lado de la mesa siendo ellos quienes operaban. De la misma manera, algunos encontraron en el oso de peluche la manera para exteriorizar lo que les estaba ocurriendo. Tal fue el caso de un niño que contó cómo su oso no lo pasaba bien en la escuela, pues al ser el más pequeño y bajito, sus compañeros no querían jugar con él. Esto era exactamente lo que el niño sufría.

 

Las relaciones que se iban forjando en el interior de la cabeza de los niños, así como las asociaciones respecto a un nuevo concepto más dinámico de lo que es ser médico garantizaron la satisfacción de estos estudiantes de Medicina. Ya sea por las preparaciones y talleres previos, como por la misma interacción con otros estudiantes y con los niños y sus propias historias, el proyecto de Hospital de Ositos de Peluche ha supuesto en la educación de estos alumnos un farol radiante.

 

Neil ya no teme más por su pequeño Blau. Sabe que, al visitar al médico, está en buenas manos, manos que cuidan y saben lo que hacen. La próxima vez que acuda a su cita con el médico, ya no le temblarán las rodillas ni los ojos se le llenarán de lágrimas, ni correrá a esconderse detrás de mamá. A partir de ahora, Neil entiende que todo cuanto hacen los médicos es para ayudarle y hasta entiende un poco qué es lo que hacen.

 

REPORTATGE - ossets de peluix 2