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La factoría de emprendedores

La factoría de emprendedores

Ante la crisis podemos reaccionar de dos maneras diferentes. Unos –dicen– lo ven todo con ojos realistas: todo es negro y todo se ve negro, por tanto, no se puede hacer nada más que esperar. Otros –los optimistas–, saben ver en la situación actual –como en cualquier crisis– oportunidades. Oportunidades de renovarse y de cambiar; oportunidades de emprender. Ahora bien, ¿es posible emprender, hoy, en el crítico mundo empresarial donde estamos inmersos? Y, si nos centramos en lo que nos corresponde, ¿cuál es –o cuál debería ser– el papel de la universidad en todo esto?

 

A menudo se nos habla de la necesidad de un espíritu emprendedor para sacar adelante un país situado en la cola económica de los países de la UE. El emprendedor es una persona con vocación, capaz de impulsar proyectos nuevos; alguien que, con afán, motivación y perseverancia, se ve con fuerzas para llevar a buen puerto una idea que genere puestos de trabajo y, por tanto, soluciones reales para a la situación de hoy día.

 

Ahora bien, no parece una tarea fácil. Actualmente, en España, se necesitan más de cuarenta días para hacerse autónomo y montar una empresa propia, cuando a los vecinos franceses, por ejemplo, les basta con dos o tres. Es verdad, pues, que es necesario un cambio desde arriba, pero es verdad, también, que los que tenemos que empezar somos nosotros. Necesitamos un cambio de mentalidad que, posiblemente, empieza en el mundo educativo: “la educación –dice Claudio Boada, presidente del Círculo de Empresarios–, por su razón de ser, aspira a fomentar cualidades y valores personales como la creatividad, la iniciativa, la responsabilidad o la autonomía, que son precisamente los valores que están en el corazón del espíritu emprendedor”.

 

Corren tiempos en que se hace patente un debate interesante sobre la misión de la universidad en este campo y sobre cuál debe ser su papel en la crisis, que, realmente, es un cambio de paradigma. Precisamente, por la vocación de difusión del conocimiento, debe ser clave ver qué puede hacer para ayudar a recuperar toda la sociedad. Parece obvio que para despertar emprendedores –aquellos que nadan bien en la crisis– hace falta una estimulación precoz en la academia. “El objetivo de una buena universidad –afirma Pedro Nueno, profesor del IESE y creador de un fondo de capital riesgo para emprendedores– es hacer buenos profesionales; formar muy bien en aquellos aspectos que correspondan a cada facultad”. Ahora bien: ¿estamos a punto, en las universidades, para preparar a nuestro alumnado en este sentido?

 

Universidad – empresa

 

Hay que cambiar la universidad y hacer surgir nuevos aires en la comunidad universitaria. Tenemos que transformarla en una comunidad real de investigadores para que se cree un vínculo fuerte entre estudiantes y profesores por un lado, y las empresas, por otro, tanto del sector público como privado. Es alarmante la escasa relación universidad-empresa actual que destaca, por ejemplo, el Círculo de Empresarios. Esto puede ser –entre otros motivos– a que a menudo, en la formación universitaria se sigue poniendo un fuerte énfasis en la adquisición de conocimientos, mientras que se deja un poco de lado la adquisición de capacidades y habilidades personales, elementos básicos para el desarrollo del espíritu emprendedor e innovador de los estudiantes.

 

Nos encontramos, por tanto, ante una formación alejada de aquella que piden la sociedad y el mercado laboral, cuando la educación en el fomento del espíritu emprendedor –tan necesario para estos cambios de aires– debería extenderse también a profesorado e investigadores. España está lejos de ser uno de los países pioneros en emprendimiento: “hay que fomentar el espíritu emprendedor desde el colegio –dice Pablo Olóndriz (ADE’12), con gran mentalidad de emprendedor–, de modo que cuando se llega a la universidad el alumno tenga claro si quiere o no ser un emprendedor”.

 

Existe, sin embargo, una especie de desinterés general para empezar nuevos proyectos. Además, hay un aspecto más cultural de aversión al riesgo: la falta de ambición y de pasión por los retos, la falta de compromiso y de tolerancia al fracaso, la poca capacidad de liderazgo… Una aversión que suele ser, también, hacia el empresario, debido a una visión muy extendida –y cada vez más anticuada– de competitividad, donde hay unos ganadores y unos perdedores, unos que triunfan y otros que se hunden en la miseria: “es un cambio de mentalidad necesario, hay que dejar la visión sindicalista y pasar a una estrategia win-win, donde todos ganan”, sigue Olóndriz. La cuestión es bien sencilla: si conseguimos más emprendedores, tendremos más empresas, si tenemos más empresas, habrá más puestos de trabajo y, por tanto, menos paro y –donde queremos llegar– más ganadores.

 

Algunos, sin embargo, temen esta mezcla universidad-empresa, como una amenaza contra la libertad intelectual. “Hay quienes piensan que la universidad debe preservar la condición de observador objetivo –pasivo, habría que decir– de la realidad que le rodea para poder analizarla, juzgarla y criticarla con libertad total” (Amalio A. Rey). En cambio, cuando la universidad se implique de verdad en estos términos y ayude al alumnado, el graduado saldrá al mercado después de haber hecho su primer trabajo en el invernadero, donde el fracaso no duele. En el fondo, hablamos de una factoría de emprendedores, como motor básico para salir de la situación económica en que nos encontramos.

 

Lo que pide el mercado

 

Pero no basta con ser ambicioso. En un momento en que se ha visto que la causa principal de la crisis actual es la falta de ética profesional, y se ha podido comprobar cómo muchas de las cosas que teníamos como necesarias no lo eran, el emprendedor –y cualquier empresario– debe ser un hombre de valores. Estamos hablando del afán de superación y de servicio, de la capacidad de asumir riesgos, de la creatividad y la independencia, de la capacidad de diálogo y de trabajar en equipo, de la búsqueda de la verdad, de autoaprendizaje permanente… En el fondo, se trata de huir de una mentalidad funcionarial, que no quiere implicarse en nada que le pueda complicar la vida.

 

Son valores que habría que encontrar, en primer lugar, entre el profesorado. ¡El emprendimiento se transmite por ósmosis! Evidentemente no todos los profesos serán emprendedores; debería ser suficiente con una parte, en la que los alumnos encontraran modelos para emular.

 

Sea como sea, deben ser personas con vocación de servir a la sociedad. Es este sentido el que contaba, por ejemplo, Gerard Fluxà (ADE’12), participante del Sturt Up Programme 2011-2012: “Voy por la calle y me planteo: ‘¿qué faltaría aquí que yo pudiera dar?’. Intento mirarlo desde muchos puntos de vista diferentes y busco respuestas e intento aplicarlas”. Con imaginación e inventiva: ver qué demanda el mercado. “Emprender –decía en otro momento el estudiante Olóndriz– es una manera de vivir; son unos ideales, que, por supuesto, muchas veces se traducen en la creación de empresas, aunque no siempre: es mucho más”. Es una manera de pensar que te hace buscar siempre cómo mejorar el entorno.

 

Volver a las raíces

 

Al fin y al cabo, el emprendedor real es una persona optimista y con ganas de transformar el mundo. No un iluso sino alguien con ganas de hacer un mundo mejor. En todos los sentidos. Por eso es tan importante volver a los valores básicos, como reflexionaba Evaristo Aguado, coach y director de Formación, Asesoramiento y Coaching de la UIC, en una conferencia en el acto de apertura del curso universitario de este año. “Os propongo aprovechar la crisis económica como una oportunidad de regeneración, partiendo de lo que considero fundamental: la persona, la verdad, el compromiso social y la excelencia”.

 

Hay que considerar la centralidad del hombre con el objetivo de ofrecer una visión completa de la persona; una visión que busca tanto su dimensión individual y social como la trascendente, volviendo a las raíces de Europa “que unen la Filosofía griega con el Derecho Romano y la ética judeocristiana” y aportan una concepción rica del ser humano y una visión realmente humanizadora de la sociedad.

 

Atreverse a buscar la verdad, según lo que escribe Benedicto XVI en la Caritas in veritate: “un hombre bueno sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva, un cúmulo de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero, en el fondo, marginales”. “Es un valor –sigue Aguado– que conlleva ser abierto y saber adecuarse y conformarse con la realidad de las cosas; respetándola y mostrándola con amabilidad”.

 

Y no serviría de nada la búsqueda de la verdad si no estuviera apoyada en una base fuerte de compromiso social. Es decir, la necesidad que tiene el emprendedor real de servir a los que le rodean, buscando la estrategia win-win, donde –como veíamos–nadie pierde.

 

Aprendiendo a desaprender

 

El escritor y sociólogo futurista Alvin Toffler decía: “los analfabetos del siglo XXI no serán los que no sepan leer ni escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender”. Quizás es en este sentido que Evaristo Aguado habla de un cuarto valor, que no por ser el último es menos importante. La excelencia, que “debe ser más que una aspiración: una realidad, un valor, un pilar esencial”. Hay excelencia, cuando hay trabajo bien hecho. Y una universidad será excelente, cuando intente enseñar este trabajo bien hecho. “La sociedad está cansada de mediocres, incluso de mediocres disfrazados de excelentes, gracias a la labor de asesores de imagen”.

 

El emprendedor –el real, no el disfrazado, tampoco– es el que quiere ser realmente excelente. Es decir, el que tiene horizontes amplios y una ambición profesional noble. El que no se cansa de aprender y desaprender cada vez. Será un reto –tanto suyo como de las universidades– hacer posible todo esto; procurando que los años de estudios no sean años –como decía el filósofo Alejandro Llano  y seguía citando Evaristo Aguado– pasados por un túnel oscuro y vacío “cuando no se encuentran realidades auténticas, ni nadie que haya dado una palabra orientadora sobre el sentido de la vida” (Repensar la Universidad).

 

Autores: Jaume Armengou (Vicerector d’Ordenació Acadèmica i Professorat UIC) y Jaume Figa i Vaello.