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«Lincoln»: la épica interior

«Lincoln»: la épica interior

Director: Steven  Spielberg, 2012

“No puedo acabar esta guerra hasta que logremos curarnos de la esclavitud, y esta enmienda es la cura”.

 

Una votación, una ley, un hombre, un ideal. Estos son los cuatro ejes que vertebran la última propuesta cinematográfica del más famoso director de la actualidad, el siempre consistente Steven Spielberg. El mérito de su propuesta es innegable: nunca antes una negociación política (la tramitación de la enmienda que permitió abolir la esclavitud en los Estados Unidos) había condensado en la pantalla tanta tensión moral y tanta emoción intelectual. Nunca antes un filme había mostrado con tanta belleza la perfecta adecuación entre la naturaleza de los hombres y la sabiduría de sus buenas leyes; ni la dificultad, incluso en personas de buena fe, para sobreponerse a la inercia de los prejuicios, la ignorancia y el odio irracional.

 

Quizá también por vez primera la verdadera protagonista de una súper-producción millonaria no es la estrella de turno, uno u otra, sino una ley; y con ella casi un concepto abstracto aunque real y vinculante (hoy más que nunca) en el mundo contemporáneo, y el sustrato filosófico en que se fundamenta la historia que vemos: el de la igualdad natural de los hombres y su inviolable dignidad. Ése es el anclaje moral, encarnado en la sólida interpretación del aclamado Daniel Day-Lewis, que permite entender sin escandalizarse por qué el presidente de la nación más poderosa de la tierra, impotente para detener una guerra que desangraba material y anímicamente a su país, escogió el atajo de la corrupción y la compra de votos en pos de una idea a todas luces más virtuosa que su contraria. También en ese aspecto la película de Spielberg es ejemplar. Lejos de los discursos grandilocuentes y de las proclamas al uso, de las consignas populistas y la propaganda alienante, la película muestra sin rubor la dificultad real que en nuestro mundo imperfecto encuentran las ideas buenas para doblegar e imponerse a las malas. «Si nos sometemos a la ley, aún resignándonos a perder libertades -la libertad de oprimir, por ejemplo-, quizá descubramos otras libertades que no conocíamos», dice Lincoln mientras negocia la rendición con el vicepresidente confederado. Ni siquiera una democracia recia y persistente como la americana (que a pesar de sus defectos acoge los errores propios con mucha más tranquilidad y autocrítica que las europeas) escapa a la inercia envilecedora de la naturaleza humana, dispuesta tantas veces a sacrificar la libertad en el altar de la comodidad, la superstición o el atavismo.

 

Y, sin embargo, el núcleo central de la película es finalmente la batalla moral e interior que libró Lincoln. Una batalla que le enfrentó a sí mismo y a los suyos, discutiéndose acerca de la licitud de alargar unas semanas más una guerra civil extremadamente cruenta a fin de conseguir el propósito buscado, las inalienables libertades civiles para una parte de sus conciudadanos. El dolor está en lo que se muestra (su mujer, magistral actuación de Sally Field, resentida por la muerte del tercero de sus hijos), pero mucho más en lo que se intuye: prolongar la guerra, a cambio de esa enmienda finalmente aprobada, era la sentencia para cientos, quizá miles de muchachos (hay que recordar que entre los combatientes estaba su propio hijo mayor) que perecieron en los campos de batalla a modo de último tributo a la razón y de triste corolario al mismo tiempo. Porque tan emocionante resulta la alegría final de los que defendieron la Unión frente a los confederados, como triste es observar la desolación de un país partido en dos y la huella física que en Lincoln fue dejando tanto y tan largo sufrimiento.

 

De una fuerza narrativa apabullante, y sólidamente anclada en las formidables interpretaciones de un largo elenco de actores, los personajes crecen o menguan a través de la defensa de sus ideas. Entre ellos Thaddeus Stevens (soberbia interpretación de Tommy Lee Jones) el más poderoso abolicionista del partido republicano, que compartió su vida con una mujer de raza negra y que sintetiza toda la fuerza contradictoria y la verdad de lo que ocurrió aquella tarde: “la medida más importante del siglo XIX fue aprobada gracias a la corrupción instigada y permitida por el hombre más puro de América”, le dice a ella mientras le entrega conmovido la declaración original. Y es que tampoco advertimos en el director una voluntad hagiográfica. Es cierto que Lincoln pretendía evitar el sufrimiento de miles en el presente, pero sobre todo quería evitarlo en los millones que estaban por venir. Y pese a que la nación era un clamor contra la guerra, contra su crueldad y su excesiva duración, la determinación de Lincoln no admitía sacrificios intercambiables: la legalidad por la pretendida voluntad del pueblo, la paz a cambio de la decimotercera enmienda, el silencio por la justicia. El personaje de la película, contra lo que pueda parecer, no tiene tampoco vocación de mártir, y no persigue imponer su martirio al pueblo americano. Se alza, dignísima, la figura de un hombre atribulado y vencido por el dolor, también por el dolor personal de no haber sabido amar mejor a los suyos, pero con la convicción de un deber siempre más alto que ese dolor. Y del poder de las leyes para, aun imperfectas, permitir el bien o impedir el mal.

 

Hay una escena de la película, sencilla y emotiva, que explica el significado último de aquella votación y muestra al mismo tiempo la pericia narrativa del director. Abraham Lincoln y su hijo, sentado en el regazo de su padre, hojean un libro de botánica, de insectos, creo. La cámara se aleja lentamente, en silencio, mientras los senadores americanos aguardan expectantes el recuento final de los votos. Todos conocemos el devenir de ese instante, sabemos lo que ocurrió y, pese a ello, contenemos el aliento y acompañamos cada segundo con la conciencia de que lo que está sucediendo en cierto sentido nos atañe. Mientras el presidente del congreso lee el resultado final, Lincoln aguarda de pie en su habitación, en silencio y casi en penumbra. No hay diálogo alguno. Al instante las campanas y la algarabía exterior saludan la buena nueva: la enmienda ha sido aprobada. La habitación se llena de luz mientras padre e hijo se abrazan, en un signo de esperanza ante un futuro mejor y más humano, el mismo ideal que ha movido siempre a los hombres.

 

La propuesta, pues, no puede ser menos ambigua: ciento cuarenta minutos de cine poderoso e inteligente, inusualmente ambicioso y alejado de la autocomplacencia que en otras ocasiones impregna las películas de Spielberg. Un filme exigente e imprescindible para un mundo obcecado en negar que el corazón del hombre está bien hecho. Y el ideal en él impreso es la prueba irrefutable.