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Rusia convexa y Europa cóncava

Rusia convexa y Europa cóncava

Las relaciones entre Rusia y la Unión Europea parten de un desconocimiento mutuo fomentado por ambas partes. Tras ocho años de idas y vueltas he llegado a la conclusión de que Rusia sufre miopía y Europa, astigmatismo. En ambos puntos de vista encontramos una mirada borrosa de la realidad.

 

Rusia es una creencia, la fe nacional convertida en argumento irrefutable, y Europa, un razonamiento escéptico que choca constantemente consigo misma y es incapaz de decidir por qué no se reconoce en nada. Rusia es bárbara, instintiva y emocional. Europa es la oscuridad de la duda que engulle la Ilustración como producto de consumo. Dos maneras de sostenerse en medio de un mundo tembloroso, encontrando la conciencia en el enfrentamiento con el otro. El infierno de Sartre convertido en diplomacia.

 

Sería práctico —pero inmensamente aburrido— adentrarnos en comparaciones y datos aparecidos en medios de comunicación rusos y europeos a propósito de las mismas cuestiones. Resumiré el problema por el cual no nos entendemos. Rusia ofrece dos versiones de cada noticia, la nacional y la internacional. Gran parte de los corresponsales occidentales acude a la segunda, compra el regalo envenenado del Kremlin —el best seller de lectura rápida y mirada altiva—, porque vende más y nos permite reconocer a buenos, nosotros, y malos, ellos.

 

De este modo, en cada ataque occidental a Putin, sinónimo de Rusia, la UE se encuentra a sí misma en su defensa de un sistema de valores y derechos difuso. Mientras tanto, el círculo propagandístico se cierra en Rusia con la contradicción entre la visión interna, la noticia nacional y la visión que llega del exterior, “siempre negativo, nunca positivo”, como decía aquel…

 

En definitiva, Putin dice lo que Europa quiere oír, Europa se refuerza y, atacándole, le da la razón ante el pueblo ruso. Ello explica que Putin cada año tenga porcentajes mayores de apoyo popular en Rusia, mientras que en Europa se le presenta como el malvado ideal para la próxima película de James Bond.

 

Cuestión internacional

 

La revolución ucraniana del Maidán resultó un ejemplo práctico de dos maneras de actuar. Es preciso recalcar que las manifestaciones se originaron como una indignación —no como un 15-M, tan lúdico como ineficaz— contra un presidente corrupto y unas instituciones que no cumplían tarea alguna. Rusia se dio por aludida y, con la excusa de ayudar a los “suyos”, aprovechó para quedarse Crimea, ante la inoperancia de la diplomacia occidental. Paralelamente, pese a las promesas europeas de apoyo a los ucranianos, la realidad es que cuando la revolución se dio por terminada y era necesario empezar a construir, Europa dejó de mirar al Este y, como es costumbre, se desentendió para evitar cualquier problema. En definitiva, Rusia se impuso con un nuevo golpe en el tablero geopolítico, Europa asintió entre bostezos con sanciones económicas y Ucrania se quedó sola en medio del caos.

 

En 2015 Putin acudió a la ONU y centró su debate en la lucha contra el terror. El irrefutable argumento que se ha convertido en mantra del siglo XXI cuando se trata de reforzar el control para prevenir a los individuos de peligros probables y, de paso, de sí mismos. Lo malicioso del concepto es que nos une a todos en lo emocional a costa de obligarnos a tomar partido entre unos, los terroristas, y otros, los que se enfrentan a ellos. De este modo Estados Unidos entró en Irak, generalizando una estrategia del miedo altamente efectiva. La UE, indigna de considerarse ilustrada, se mantiene entre una neutralidad rousseauniana y su incapacidad de reaccionar conjuntamente ante los problemas. Rusia, visto el panorama, se ha erigido como baluarte de la lucha contra la violencia, practicándola con descaro.

 

Tras su discurso en la ONU, Putin acudió a una entrevista en una televisión norteamericana en la que sostuvo que Rusia no tenía intención alguna de entrar en el avispero sirio. Al día siguiente, el Kremlin confirmaba el envío de aviones con el fin de luchar contra Daesh, si bien es cierto que estaba sosteniendo el statu quo de Assad. Occidente, en general, y la UE, en particular, mostraron su indignación como el perro pequeño que ladra desde una distancia prudencial. Pero los ataques a Francia, con el consecuente #jesuisParis de turno, llevaron a los aviones franceses a castigar con bombas a los terroristas. Desde la distancia, Putin recordaba haber sido criticado por lo que, en ese momento, tarde y mal, una parte de Europa imitaba. Lo mismo sucedió con el #jesuisBruxelles, aunque no fue trending topic el #jesuisRusse cuando un avión de pasajeros rusos sufrió un atentado yihadista en noviembre, antes de los atentados en Francia.

 

En las clases de bachillerato trataba con los alumnos, a propósito de la Guerra de la Independencia, los pros y contras de un sistema autoritario, tan propio del Antiguo Régimen como de los totalitarismos recientes, frente a los de un sistema constitucional y parlamentario con soberanía popular. No dudaban en señalar que la UE era un ejemplo de democracia, mayor que Rusia, entendiendo en esa afirmación que en Europa se atendían más las opiniones de todos los participantes de la Unión. Pero, y no es menos cierto, criticaban la incapacidad de dicho sistema de resolver problemas a corto plazo y el peligro de convertir cada discusión en un debate sofista sin soluciones prácticas.

 

Consolidación

 

Putin, a partir de la fe de la nación, de convertirse en referente de la patria, hace suya la defensa de Rusia y responde por sus acciones única y exclusivamente de cara al pueblo ruso. Líder en Siria y, actualmente, plateando a China una estrategia que le permita tener una posición de fuerza en la política internacional. La UE responde a los problemas organizando agendas, reuniones, debates, postergándolos para poder oponer ideas y, generalmente, concluyendo seguir la decisión que el tiempo o la diplomacia de otros países haya dado por buena. Es por esto que para cualquier ruso, independientemente de partidismos y de nivel cultural, la UE es un juego tan interesante como poco práctico. Europa es el museo que visitar en vacaciones, pero no el lugar al que acudir cuando vienen mal dadas.

 

Ucrania sigue esperando. La imagen final del problema sirio es la de John Kerry viajando a Moscú para negociar con Putin una solución. A la UE ya ni siquiera la llaman para la foto. Inglaterra sumida en un Brexit sin fin, España con un gobierno que se deshace como un azucarillo, Italia apostando por la fuerza, Hungría y Polonia distanciándose de lo políticamente correcto o Alemania y Suecia asustadas con el ascenso de fuerzas con un discurso basado en el rechazo del camino trazado.

 

Y es que, en realidad, el origen de la Unión es económico, un mercado único simbolizado en una moneda única. Una defensa a ultranza de los derechos humanos en un plano teórico parecía haberse convertido en la posibilidad de una Europa decisiva e importante en el mundo. Pero ha sido afrontar el problema sirio y la inmigración y Europa se ha roto de nuevo. Cada país ha mirado, nuevamente, por sus intereses y se propone solucionar el problema pagando a Turquía y multando a los que no reciban la cuota (refugiados, personas) correspondiente. Cuota que, dicho sea de paso, todos incumplen y convierten en un debate sentimental en función de sus intereses. Nuestra demócrata Europa soluciona los problemas con normativas, regulaciones y sanciones.

 

Rusia ve la situación, coquetea con China, Putin sonríe. ¿Necesita acaso decir algo para convencer a los rusos de la ineficacia occidental? El putinismo se consolida como solución pragmática a los problemas reales, teniendo vía libre para regular lo que considere necesario. Europa se parece cada día más al palacio de cristal de Dostoievski. Un lugar tan precioso como ficticio, donde el ser humano se ahoga y del que necesita salir para poder respirar. El individuo salta del espejo cóncavo al convexo y viceversa, chocando con una imagen constante del mundo irreal y esperpéntica.

 

* Sergio Andrés Pérez (Humanidades’03). Es autor de Vladímir Putin. El seductor de la nueva Rusia (Reportajes 360, Editorial UOC, 2016)