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Carlos Pujol, en la sociedad literaria barcelonesa

Carlos Pujol, en la sociedad literaria barcelonesa

Carlos Pujol (1936-2002) fue la perfecta encarnación del hombre de letras. Como algunos autores franceses que admiraba, apenas dejó un terreno del mundo del libro por cultivar, aunque siempre desde la mayor discreción personal, ya que era un hombre reservado y serio.

 

Novelista (La sombra del tiempo, Dos historias romanas, Jardín inglés), ensayista (Leer a Saint-Simon), poeta (Cuarto del alba, Versos de Suabia…); crítico literario en distintos medios –entre ellos, y mucho tiempo, en La Vanguardia–, traductor (de Stendhal, Simenon, Donne…). Editor de largo recorrido, figura de confianza en el grupo Planeta, donde dirigió distintas colecciones y fue secretario de su principal premio durante veinte años. Aunque muchos pensamos que esa obra y ese trabajo no recibió todo el reconocimiento que merecía, tampoco pasó desapercibido: Pujol fue en vida un personaje muy conocido e influyente en los círculos donde se movía, y aunque no era un personaje de sociedad, tampoco la esquivaba. Si se hace la historia cultural de los últimos cincuenta años en Barcelona su nombre acaba apareciendo por distintos territorios, como me ocurrió a mí cuando hice mi estudio sobre la edición Pasando página, aparecido en el año 2003.

 

Carlos Pujol fue un hombre de letras barcelonés, y esto es importante remarcarlo. Solo una ciudad como Barcelona, y no hay muchas en Europa, con un ecosistema del libro tan completo como tiene Barcelona, permite el florecimiento de una figura así. Porque, a partir del talento y la curiosidad universal del individuo Carlos Pujol, en la consolidación de su trayectoria confluyen la oportunidad de unos buenos estudios universitarios, como los que podían hacerse en aquellos momentos de la mano de maestros como Martín de Riquer; de una industria editorial lo bastante potente como para constituir un modus vivendi y que además facilitara combinar los conceptos más comerciales con otros de carácter cultural y más literario de fondo, como pudo hacer Pujol; y de medios de comunicación que den espacio, y paguen, aunque a veces sea con modestia, la crítica.

 

Una ciudad como esta propicia la existencia de lo que antes se llamaba sociedad literaria y ahora los discípulos de Pierre Bourdieu adjetivan como “sistema”. Quiero decir que, aunque Carlos Pujol desplegó una obra muy personal, su universo cultural no lo vivió en solitario ni como una excepcionalidad. Fueron varios los autores de su época que compartían su amor por la cultura francesa clásica, por la historia del siglo XVIII, por ciertas líneas de la narrativa anglosajona, incluso un acercamiento bienhumorado a la cultura de género (y muy especialmente a la figura de Sherlock Holmes). Con Joan Perucho, por ejemplo, mantuvo complicidades regulares, como la del “Club de los ficticios”. Pero hay otros miembros del grupo de la revista Destino que trabajaban universos concomitantes: pienso por ejemplo en Néstor Luján, tan afrancesado también, enciclopédico y cultivador de novela histórica culta, aunque con unas derivaciones hedonistas –sobre todo gastronómicas– de las que la obra de Pujol carece.

 

La obra de Carlos Pujol fue objeto en el 2017 de unas primeras jornadas sobre su papel como humanista contemporáneo, que tuvieron lugar en la Universitat Internacional de Catalunya y recogió la revista Insula en un recomendable monográfico coordinado por Teresa Vallès y Gastón Gilabert. Hay en el número algunos conceptos que me gustaría señalar. Gimferrer apunta que “no he conocido a nadie con ese tipo de pasión por la literatura”, y considera que “nunca sus novelas y poemas fueron entendidos” y remarca que era “profundamente cristiano”.

 

Manuel Longares indica que “en el contrato del escritor con la literatura –que abarca su vida entera– no figuran los galardones públicos ni privados (…). Vendrán o se perderán, pero no forman parte del oficio”. Para Valentí Puig, “Carlos Pujol es uno de esos grandes mariscales secretos que toda la literatura tendría que tener”.

 

En La Vanguardia, Pujol fue un crítico de amplio recorrido; sus intereses, filias y fobias –no era complaciente– le definen. Los años setenta enmarcan su colaboración más intensa.

 

De Drieu la Rochelle, por ejemplo, establecía que “podría ser el prototipo de escritor bien dotado que malgasta su talento en búsquedas que le desquician conduciéndole a la autodestrucción”. Mientras que en Saint-Exupéry detecta “una blandura que soporta mal la erosión del tiempo”.

 

De Flaubert: “Sus libros gustarán más o menos, serán más o menos aprovechables como ejemplos, pero él es un punto de referencia que señala el inicio de una era. Tal vez no la más deseable, tampoco la más fecunda, pero sí la nuestra”.

 

Respecto a Céline se pregunta: “¿Cómo enjuiciar hoy a este genio enfermo, obseso y delirante, que ve a la humanidad como una colonia de microbios?”, y me pregunto qué diría hoy de Houellebecq.

 

De Billar a las nueve y media de Heinrich Böll, con quien sin duda compartió algunos puntos de vista, observa que “la reflexión sobre los problemas de la responsabilidad intelectual y colectiva tiene suficiente interés como para seguir a Böll por un laberinto de cambios cronológicos un poco irritantes”.

 

De Incierta gloria de Joan Sales, que tradujo al castellano, subraya “el gran oficio de escritor, entre la pasión y la ironía, el humor y la tristeza, la cordialidad y un desgarrador temblor kierkegaardiano. Joan Sales nos presenta una turbadora imagen de la complejidad del hombre ante sí mismo, ante Dios y ante la historia”.

 

De Las estrellas frías, del hoy olvidadísimo Guido Piovene, premio Strega, remarca ácidamente que “es un libro raro y abstruso que dejará perplejo a más de un lector y que incita a pensar en la autodestrucción sistemática que está practicando la novela de hoy”. Se trata, en sus palabras, “de una novela cuidadosamente desprovista de todo atractivo”.

 

Sobre Los papeles de Aspern, de Henry James, señala que pone en el centro de la obra “un problema que está en la misma médula de su vida y de su literatura: la oposición irreductible entre ambas”.

 

Con motivo de la publicación de su libro La novela extramuros, en 1976, el crítico era criticado por otra figura de peso en las páginas literarias de La Vanguardia, J.A. Masoliver Ródenas, quien tras discutir algunos de sus conceptos escribía: “Pero es aquí donde realmente leemos con interés a este extraño moralista de ambigua o ilegible moral, obsesionado con la página literaria y con la fina ironía de quien sabe que allí empieza y se acaba el mundo”.

 

Intelectual de firmes convicciones católicas, de la amplia obra de Carlos Pujol yo recomendaría Siete escritores conversos, donde analizaba con finura la evolución espiritual de Joseph Joubert, G.M. Hopkins, Léon Bloy, G.K. Chesterton, Max Jacob, Edith Sitwell y Evelyn Waugh. Un tema que le permitió abordar el punto de encuentro de la fe con la cultura, para él tan decisivo, como el de la literatura y la vida lo fue para Henry James.