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In depth
“Ikiru”: death and live in Akira Kurosawa

“Ikiru”: death and live in Akira Kurosawa

Los grandes amantes del cine clásico japonés recordarán, sin duda, al señor Kanji Watanabe, el protagonista de Ikiru (Vivir), un film de Akira Kurosawa estrenado en 1952. Imposible olvidar al emblemático actor Takashi Shimura, en el papel de ese gris funcionario de la administración local, al que ya solo le queda un mes para batir el récord de treinta años sin faltar ni un solo día al trabajo.

 

Sin embargo, la voz del narrador que presenta al protagonista en la escena inicial y el primer cuarto de hora de un metraje que alcanza un total de ciento cuarenta y tres minutos no podrán dejar de inquietarnos. En efecto, la misteriosa voz en off realiza una afirmación del todo estremecedora: Watanabe, sentado en su despacho de “jefe de sección de los ciudadanos”, estampando maquinalmente el sello oficial en las solicitudes y las demandas que se amontonan sobre su mesa, no está vivo, parece vivo, pero en realidad está muerto.

 

Nosotros, espectadores de las primeras décadas del siglo XXI, acostumbrados a famosas series televisivas como The Walking Dead, por ejemplo, donde aparecen gran número de muertos vivientes, nos preguntamos si el señor Watanabe es en realidad un zombi, ansioso de lanzarse en el momento menos pensado a por la carne fresca de sus colegas de oficina. Pero el guion de Ikiru no sigue ese derrotero, sus personajes nada tienen que ver con la morbosidad de los cadáveres vivientes. ¿Qué puede ser, entonces, lo que le ha ocurrido a Watanabe? ¿Por qué, a pesar de parecer vivo, “este hombre lleva muerto desde hace más o menos veinte años”, como sentencia el narrador?

 

Ya en los primeros compases del film recibimos algunas pistas. El anciano funcionario experimenta continuas molestias en el estómago, por lo que decide acudir al hospital. Allí recibe irónicamente un diagnóstico fatal –aunque elíptico– por parte de un médico especialista. Apenas le quedan seis meses de vida a causa de un cáncer de estómago en fase terminal. A Watanabe, por tanto, le toca afrontar dos muertes en lugar de una. La primera muerte aún nos resulta enigmática, pues ni siquiera él mismo sospecha que lleva más de veinte años de existencia cadavérica. La segunda, la muerte a causa de una enfermedad incurable, le acaba de ser anunciada.

 

El fotograma que encabeza nuestro texto recoge precisamente el instante mismo de la fatal revelación. El rostro atónito y paralizado de Watanabe pone de manifiesto sin duda el pánico sentido ante la certeza de una muerte inminente. Pero hay algo más. En el rostro de Watanabe no se lee únicamente la angustia de quien sabe que va a morir, sino la profunda perplejidad de quien advierte repentinamente, gracias a un momento de fulgurante clarividencia, que va a morir sin haber todavía vivido. Quizás podría aplicársele a nuestro protagonista el diagnóstico que nos ofrece Pablo d’Ors en su Biografía del silencio: “Nos batimos en duelos que no son los nuestros. Naufragamos en mares por los que nunca deberíamos haber navegado. Vivimos vidas que no son las nuestras, y por eso morimos desconcertados. Lo triste no es morir, sino hacerlo sin haber vivido”.

 

En efecto, Watanabe ya está muerto, porque está espiritualmente o biográficamente muerto, y ahora solo le queda el segundo aldabonazo de la muerte corporal o biológica. Es como si la muerte, esa diosa de ojos fatales, se presentara con un doble rostro. David Foster Wallace, en Esto es agua, un célebre discurso en una ceremonia de graduación en la Universidad de Kenyon, afirma que buena parte de los suicidas que se quitan la vida con armas de fuego “en realidad ya están muertos mucho antes de apretar el gatillo”, de modo que también para este novelista inglés –que acabó trágicamente con su vida a la edad de cuarenta y seis años– era posible estar muerto antes de estar muerto.

 

Los que han visto Ikiru saben cómo Watanabe se lanza a hacer algo que podría ser descrito como el trágico intento de “vivir antes de morir”, de encontrar en unos escasos meses, lo que se le ha escapado por completo en setenta largos años. En ese intento un poco alocado Watanabe rejuvenece, incluso se infantiliza, llega a actuar ridículamente como un adolescente que transgrede los límites para probar el sabor de lo prohibido, aunque no encuentre ahí lo que busca con desesperación. Quizás lo que desea, en el fondo, es volver a nacer, entrar de una vez en la vida.

 

Nacer a una nueva vida, a un modo de existir más pleno, es una llamada que todos sentimos alguna vez, en forma de vaga o acuciante inquietud. Pero, ¿en qué consiste vivir? ¿Cómo determinar el contenido de esa Vida con mayúscula para la que parecemos estar hechos y que la conciencia de la muerte somete a examen? ¿Cómo encontrar la fórmula de esa existencia más auténtica que nos reclama inexorablemente como lo único que justifica haber recibido el aliento vital? Por mi parte, confieso que me siento verdaderamente vivo cuando escribo, y por eso me conecto cuando puedo a la pluma y al papel, pero ¿y luego?

 

El problema entonces, ya no es si Watanabe estaba medio muerto antes de morir, sino más bien, si tú –que lees este texto– y yo –que estoy intentando escribirlo– podemos negar rotundamente que nuestra existencia sea mortecina, que llevamos tiempo habitando biográficamente en la ultratumba de la vida. “Edipo, ¿aunque te veo algo ajetreado en multitud de quehaceres, tienes la seguridad de estar realmente vivo?”, podría preguntarnos la esfinge, renacida hace un instante a nuestra espalda.

 

Y si, como Watanabe, nos lanzáramos a la búsqueda de la esencia fugitiva de la vida, ¿dónde podríamos hallarla? ¿A dónde habría que mirar, a quién habría que escuchar para encontrar las claves que permitieran descifrar ese misterio? ¿A qué oráculo recóndito acudiríamos, a qué sabio profeta pediríamos consejo, en qué texto sagrado buscaríamos inspiración, a qué poeta nos confiaríamos? Quizás dirigiríamos nuestra mirada a la naturaleza, buscando en ella la intuición de lo infinito, o nos detendríamos en la contemplación de un rostro amado, en el tacto de una mano amiga, en una conversación profunda, en el gesto último de un moribundo, en un recuerdo. Probablemente en cada uno de estos lugares fuera posible hallar una indicación valiosa de la vida que podríamos vivir, si nos decidiéramos a ello.

 

Pero para que cualquiera de esas pequeñas epifanías pueda manifestarse portando su mensaje, su pequeña revelación, necesitamos silencio, recogimiento, soledad, paz. A este respecto, parece aleccionador el caso de Henry David Thoreau, que se sentía un forastero en la vida civilizada y que en 1845, a la edad de 28 años, decidió abandonar la ciudad y refugiarse en una pequeña cabaña, realizada con sus propias manos, junto al lago Walden, cerca de Concord (Massachusetts). Allí habitó durante dos años, dos meses y dos días, en completa soledad y prestando atención únicamente a lo esencial, puesto que no deseaba que se le escapara la vida de las manos, presa de una distracción interminable. Acabemos, pues, con sus palabras: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; afrontar solamente los hechos esenciales de la vida, y ver si yo no podía aprender lo que tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera para morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera vida; es tan caro el vivir”.

 

Coda final

 

Watanabe encuentra por fin la vida, la verdadera vida, en un lugar inesperado, ignorado por la máquina burocrática y su laberinto de secciones que no llevan a ninguna parte. Pero no vamos a desvelar dónde exactamente, eso habrá que preguntárselo a Kurosawa.

 

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Bibliografía

 

  • D’Ors, P., Biografía del silencio, Siruela, Madrid, 2015.
  • Puigdomènech, J., Expósito, A., y Giménez Soria, C., Akira Kurosawa. La mirada del samurái, Ediciones JC, Madrid, 2010.
  • Thoreau, H. D., Walden o la vida en los bosques, (trad. J. Alcoriza y A. Lastra), Cátedra, Madrid, 2008.
  • Wallace, D. F., Esto es agua, Random House, Barcelona, 2014.

 
 
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