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In depth
La guerra al dinero y el rey desnudo

La guerra al dinero y el rey desnudo

¿Qué es el dinero? El dinero es, ante todo, un medio de cambio. ¿Qué quiere decir esto? Que es un instrumento que nos permite intercambiar más fácilmente aquello que producimos por aquellos bienes y servicios que producen otros. En definitiva, que el dinero como medio de cambio es atractivo por lo que nos permite comprar, y la única alternativa, el trueque, es menos eficiente y, por tanto, menos preferible socialmente hablando.

 

De este primer atributo del dinero se desprenden otros que, si bien no son menos importantes, son el resultado de aquél, a saber: primero, el dinero es una unidad de cuenta, es decir, se puede utilizar como referencia en aquello que conocemos como precios, y es el resultado de la interacción entre la oferta y la demanda de los bienes y servicios; segundo, el dinero es una reserva de valor, es decir, si no lo gastamos, conservamos aquello que nuestro trabajo ha generado y podremos gastarlo en el futuro, invertirlo con el propósito de generar un rendimiento o bien dejarlo a nuestros hijos; y, tercero, el dinero es un instrumento que sirve para pagar deudas.

 

Ahora bien, cabe preguntarse cuál es el origen del dinero y cuál ha sido la experiencia más reciente del último siglo. El dinero como medio de cambio surge en la antigüedad con la necesidad de agilizar y hacer más cómodas las transacciones. Esos primeros “medios” solían ser bienes de consumo fácilmente reconocibles, homogéneos, y de gran demanda y disponibilidad, es decir, de gran liquidez: el ganado, las armas, el trigo, la sal, el tabaco, entre muchos otros, y, más tarde, el oro y la plata, gozaban (y aun gozan) de gran aceptación como artículos de consumo (cabe pensar también en los cigarrillos como moneda de cambio en el mundo carcelario). Todos estos bienes contaban con atributos inherentes que los convertían en candidatos ideales para ser medios de cambio ampliamente aceptados.

 

Es decir, ha habido un proceso histórico y gradual por el cual las sociedades se han movido de un “commodity” a otro en busca del “intermediario” más perfecto y refinado. Finalmente, las sociedades se volcaron por el oro y la plata por delante de otras alternativas, ya que ofrecían atributos difíciles de encontrar en otros bienes. Es precisamente esta característica, la de ser un medio de cambio, la que permite que el “dinero” (por ejemplo, el oro y la plata) tenga aquellas otras características adicionales previamente mencionadas (unidad de cuenta, reserva de valor y medio de pago diferido).

 

Sin embargo, el dinero que utilizamos hoy en día no tiene ninguna referencia en el mercado de bienes y servicios, es decir, no tiene valor intrínseco alguno más que el papel del que está hecho. Es, a todos los efectos, una promesa. El dinero de nuestros tiempos, el fiat money, o dinero legal, es impreso por los bancos centrales de manera de mantener cierta relación con lo que se produce año a año y, así, tener cierto control sobre el crecimiento de los precios. Al menos esta es la teoría: desgraciadamente, en las últimas décadas los bancos centrales se han embarcado de manera consistente en ir más allá de esta regla y han “creado”, por cuestiones políticas, más dinero del que era debido. ¿La consecuencia? Una constante depreciación del poder de compra del dinero y, por tanto, una obsolescencia de su función como reserva de valor. Además, y no menos importante, este exceso de dinero ha servido para promover el crédito fácil y, así, crear burbujas inmobiliarias.

 

Todo ello, junto con regulaciones que hacen más difícil el uso del efectivo —tales como las prohibiciones de pagar más de tanto monto en efectivo o de llevar encima más de cierta cantidad— para crear una cash-free society en pos de la lucha contra el narcotráfico, la evasión fiscal, el ISIS o los duendecillos verdes, constituye una abierta declaración de guerra al dinero y a sus funciones tradicionales. Una medida del alcance de estas políticas monetarias imprudentes está dada por el nivel excesivamente bajo de las tasas de interés medidas en términos reales (es decir, descontada la inflación) alrededor del mundo, que roza ya niveles negativos, tal y como se aprecia en la figura 1. Tasas reales tan bajas dan lugar al crédito fácil y abren la puerta a las burbujas financieras e inmobiliarias como las acontecidas durante 2007-2008, ya que los particulares y las empresas tomarán crédito y realizarán inversiones que, en otras circunstancias, jamás se hubieran siquiera planteado acometer.

 

Fig. 1.

 

 

Fig. 2.

 

 

El crecimiento del PIB real, como se ve en la figura 2, muestra una clara tendencia negativa que acompaña a tasas reales de interés cada vez más bajas. En otras palabras, el crédito fácil y barato parece no ser la solución —más bien al contrario, parece ser un gran obstáculo para el ahorro y, como consecuencia, un impedimento al crecimiento económico, que tiene en el ahorro uno de sus pilares. La inversión es importante, pero la inversión motivada por tasas extremadamente bajas lleva a una asignación ineficiente de recursos y a las ya mencionadas burbujas —es decir, a un crecimiento artificial.

 

¿Cuál ha sido la reacción tecnológica y financiera, tal vez un poco no buscada y un tanto ingenua, a los acontecimientos mencionados antes? Respuesta: las criptomonedas. Si definir el dinero no resulta fácil, tanto más difícil es definir las criptomonedas. Básicamente podemos decir que estas —que se cuentan en los cientos a día de hoy, y que tienen monedas como bitcoin y ether entre sus principales referentes— son un sustituto del dinero que se mantiene al margen del sistema bancario tradicional. ¿Qué queremos decir con sustituto del dinero? Pues que cumple una función de servicio de pago como otros servicios ampliamente ya conocidos, como por ejemplo PayPal. Otra cuestión, quizá más importante: ¿Qué quiere decir “al margen del sistema bancario tradicional”? Pues que este dinero virtual, que ya era virtual en el banco (es decir, un asiento informático y no un fajo de billetes), pasa a estar ahora en un sistema descentralizado, privado, más rápido y más seguro que el tradicional, sin mencionar el increíble potencial con el que cuenta, lo que se conoce como la plataforma Blockchain y que es tema para otro artículo. En resumen, los consumidores pasan a ser “sus propios bancos” o, lo que es lo mismo, el sector bancario tradicional tiene los días contados.

 

Nótese que las criptomonedas no entran en la definición del dinero que hemos ofrecido más arriba, al menos no de momento. Para ello es necesario identificar cierto valor intrínseco, más allá del mero efecto intermediario, que suele darse con el tiempo, tal y como hemos discutido anteriormente. Prueba de ello es la increíble volatilidad que muestran todas y cada una de las criptomonedas que existen hoy en el mercado y que se intercambian día a día en números crecientes. Las personas y los mercados están descubriendo y redescubriendo este valor intrínseco, en una especie de ejercicio de prueba y error de nunca acabar; es decir, que la volatilidad es buena en cuanto a que todavía queda mucho por descubrir.

 

A lo mejor todo esto acaba siendo una gran burbuja de dimensiones gigantescas, como aquella de los tulipanes en la Holanda del siglo XVII, y sin duda existe una gran especulación en torno al precio de las criptomonedas. Sin embargo, si miramos con un poco de perspectiva podemos ver una tendencia bastante clara. La figura 3 nos muestra la volatilidad en el precio del bitcoin en USD en los últimos 30 días. Es indiscutible que este sube y baja a diario y pondría de los nervios hasta al más entrenado de los brokers financieros. La figura 4, en cambio, nos muestra una clara y aguda tendencia al alza desde el nacimiento mismo del bitcoin. ¿Quiere decir esto que el precio del bitcoin y el resto de criptomonedas seguirá esta tendencia de manera ininterrumpida? Posiblemente no, no lo sabemos, y la verdad es que no interesa. Lo que sí sabemos es que, más allá del elemento especulador (efecto tulipán), la gráfica de la figura 4 representa una dura estocada, una amenaza real al sistema bancario tradicional y un gran elemento disruptivo, tal vez sin buscarlo, en lo que concierne a la política monetaria y, por ende, a los bancos centrales.

 

En el momento en que las criptomonedas acaben imponiéndose es de esperar que la volatilidad sea mucho menor: ¡ese es uno de los efectos de la competencia! En efecto, las criptomonedas están en la actualidad compitiendo entre ellas en temas referidos a la privacidad, velocidad, coste de las transacciones (todas incurren en uno, pero es un importe desdeñable en comparación con lo que se paga en el sistema bancario hoy en día), o incluso los contratos inteligentes, que básicamente implican atar un pago a un cambio de título entre particulares (por ejemplo, lo que ocurre al comprar una propiedad), haciendo redundante la intervención de toda una serie de costosos intermediarios (por ejemplo, los notarios).

 

Quizá vaya siendo hora de seguir el viejo adagio del buen inversor, o incluso del buen superviviente, aquel que tiene que ver con la diversificación o, en palabras más claras, con no poner todos los huevos en una misma canasta. No solo minimizamos el riesgo, sino que, en el caso particular de las criptomonedas, el potencial es considerable. En otras palabras, que las criptomonedas muestran al rey desnudo con la inocencia de un niño, tal y como se leía en la fábula en su versión más moderna y editada para todos los públicos, o bien con la incorrección política de un loco que dice la verdad, en su versión original.

 

Fig. 3.

 

 

Fig. 4.

 

 

* Pablo Agnese es profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (UIC Barcelona).