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«La sombra del tiempo», treintaicinco años después

«La sombra del tiempo», treintaicinco años después

Recordaba Carlos Pujol (2000), con su encomiable sentido del humor, que su primera novela “se publicó causando estupor a los pocos que la leyeron, es decir, pasó sin pena ni gloria” [1]. Con idéntica capacidad de cautivar a los lectores y para otorgarle algo de la gloria que merece, llega treinta y cinco años después la presente reedición de La sombra del tiempo. Causó admiración entonces por ser la primera obra de un novelista nato y, sin embargo, inédito. Así lo destaca el crítico literario Manuel Cerezales (1982) en una de las mejores reseñas de la obra: “Es sorprendente que un escritor tan bien dotado para el arte de contar haya resistido largos años a la tentación de comparecer ante el público en su condición de novelista”. Asombró al fin como obra madura: una primera novela que parece que no lo es (Sordo, 1982).

 

“Hacer libros divertidos pero secretos, ésta es la fórmula”, propone Pujol (1998). Los secretos de La sombra del tiempo vienen a ser los andamios que el autor retira discretamente una vez concluida la obra, pero a los que se refiere el novelista en entrevistas y en otros textos.[2] Para quien quiera dejarse sorprender por la novela, mostraremos a continuación algunos de estos enjundiosos secretos o claves de lectura. Pues, a la vez que la ironía empapa las páginas de la novela, ésta contiene —entre otros tesoros escondidos— una meditada y ponderada reflexión sobre la relación entre el arte y la vida, la ficción literaria y la realidad. De hecho, Pujol (1981) mismo nos pone sobre aviso cuando afirma que “el autor ha partido de una sensible falta de respeto por la historia y por la realidad, y no hablemos de su degenerado pariente, el realismo”.

 

El desapego con que el autor proclama que trata la realidad no es obstáculo para que la acción de la novela se desarrolle en un contexto histórico minuciosamente elegido: Roma durante el invierno de 1799 y en vísperas de la llegada de las tropas francesas, tal como la ciudad es recordada años después por la protagonista, una joven aristócrata francesa emigrada del terror. Es, pues, una Roma inventada y, sin embargo, real. Esta Roma de finales del Siglo de las Luces que acusa el impacto de la Revolución Francesa y el fin del antiguo régimen es, para Carlos Pujol, un decorado significativo: “Elegí ese final de siglo XVIII porque fue una época residual en la que se terminaba una civilización que estaba putrefacta pero que tenía un empaque y un brillo que hoy vemos con añoranza” (Basualdo, 1982). La Roma de La sombra del tiempo es por sí misma un personaje inolvidable que contagia e impregna de dulce melancolía los recuerdos de la narradora, donde se mezclan armónicamente el arte y la vida.

 

Se da también una estudiada combinación de ficción y realidad en los personajes de la novela, con clara victoria de la primera sobre la segunda. En este sentido, cabe destacar la presencia fugaz de personajes históricos como el papa Pío VI —que pagando una fuerte suma evitará la invasión militar de Roma por parte de las tropas napoleónicas y morirá en Francia como prisionero de estado— o el embajador de España José Nicolás de Azara, con un papel irrelevante en novela pero significativo en la historia real; ambos son parte de la atmósfera romana reconstruida con tanta precisión como disimulo. Como una prueba más del juego entre ficción y realidad, el personaje histórico que adquiere mayor protagonismo es el que parece menos real: un escurridizo vagabundo con fama de milagrero a quien la protagonista se empeña en conocer. Si bien no recibe en la novela más nombre que El Santo, sabemos que se trata de san Benito José Labre (Amèttes, Francia 1748 – Roma, 1783), patrono de vagabundos, mendigos y peregrinos. Precisamente este personaje aparentemente secundario fue el origen remoto de la novela, que nació cuando su autor abandonó el proyecto de escribir una biografía del santo (Pujol, 2000). En la novela, este misterioso personaje por el que Pujol siente predilección es “el hombre que elige humilde y obstinadamente la oscuridad, y así, por paradoja, posee una luz que desgarra la sombra del tiempo que nos envuelve a todos” (Pujol, 1981).

 

Entre los numerosos personajes de ficción destaca la protagonista, Madame, la joven viuda que ansía reencontrar su identidad en la Roma que soñó de niña mediante los grabados de Piranesi que su padre le traía de sus viajes:

 

“No eran panoramas de Roma, eran panoramas de mi niñez, alimento de sueños, imaginaciones que habían quedado enterradas y olvidadas con el paso del tiempo, y que ahora renacían, como por obra de excavadoras, como las ruinas de siglos atrás, para recordarme lo que había sido yo, antes de convertirme en lo que era en aquellos momentos. Ahora comprendía que Roma había formado parte de mí misma mucho antes de que pisara la ciudad” (p. 123).

 

La ciudad soñada y la real se funden por fin en la vida de la protagonista. Es también invención del autor el personaje de don Antonio, primer canciller de la Secretaría de los Estados Vaticanos, el laico que ejerce con mano dura el poder temporal del papa sobre Roma hasta que se lo arrebatan los franceses. “Dios nos ha abandonado”, sentenciará entonces descorazonado, incapaz de comprender que no se cumpla lo que él considera que es, sin duda, la voluntad divina: preservar el poder temporal del papa. Es don Antonio “un hombre fuerte, o que tiene que serlo, y que encarna las paradojas del poder, su soledad y su combate por lo imposible” (Pujol, 1981). Ostentará el poder mientras pueda, pero siempre sabiendo que es “el mayor de los engaños, como una sombra, la sombra del tiempo con la que oscurecemos el mundo mientras vivimos en esta ilusión” (p. 282).

 

Tanto el marco histórico como los personajes son plenamente verosímiles y, sin embargo, advierte su autor que como obra literaria la novela nace de ensoñaciones, imágenes, recuerdos e incertidumbres (Pujol, 1981). Es decir, surge de un sueño y existe para devolverlo: aprecio —dirá Pujol— “la capacidad de un libro de devolverme un sueño propio. (…) El libro que no va de dentro hacia fuera es cualquier cosa —periodismo, documento— pero no literatura” (Basualdo, 1982). No considera su autor que deba dar la literatura clases de historia ni de doctrina de ningún tipo, pues es ante todo arte que nace para decir “obsesivas verdades” y expresar “sueños íntimos”:

 

“La literatura que no cumple con esa dirección dentro-fuera empieza con el naturalismo y con la novela documental. Para qué hablar del realismo socialista. Tampoco la novela de tesis tiene mucho que ver con la literatura” (Basualdo, 1982).

 

Si bien La sombra de tiempo plantea temas de fondo tan relevantes como el poder, la teocracia, la revolución y la libertad, los plantea como una invitación al lector. La obra dibuja, con palabras de su autor, “una cierta alegoría en torno al fracaso y la esperanza; no un mensaje ni un sermón ni una tesis”. Ofrece una invitación a reflexionar sobre una pregunta abierta: “¿En qué consiste fracasar? Quizá sólo en conocerse de veras y salir del engaño” (Pujol, 1981).

 

Otro rasgo que singulariza la novela es lo que unos han llamado “guiños culturales” y otros “erudición disimulada”. Se trata de referencias culturales que el lector atento saborea y que forjan una intensa intertextualidad mediante anónimas referencias a obras literarias, pictóricas, musicales o arquitectónicas. Con palabras de su autor, “cuadros, grabados, estatuas, edificios, músicas turbadoras, perspectivas de la ciudad, son los vehículos de una emoción que mueve toda la intriga” (Pujol, 1981). Las numerosas referencias culturales son un indicio más de la compleja y profunda comprensión de Pujol de la relación entre el arte de la ficción y la vida. Esta interrelación es lo que justifica dichas referencias:

 

“— ¿Se considera, pues, un narrador al que se pudiera calificar, no tildar, de culturalista?

— Hay unas palabras de Eliot, en uno de sus ensayos, que pueden constituir la mejor respuesta. Dicen así: “Para muchas personas, la literatura es vida y la vida es literatura” (Badosa, 1983).

 

Una última clave para saborear la novela y comprender la hondura del modo de hacer literatura de Carlos Pujol es apreciar el sentido del humor, esa mirada irónica ante la vida y la condición humana que trasluce la obra. Como ante aquel personajillo que “presume de poeta incomprendido, una raza que estoy seguro de que va a tener porvenir, aunque no pueda decirse que tenga mucho presente. No se puede tener todo” (p. 51). Pujol es tajante en su defensa de una concepción lúdica de la novela: aburrir es, literariamente, un pecado sin remisión (Marrodán, 1988). El humor —insiste Pujol— es la sal de la vida y también de la literatura, por eso no cree que haya gran literatura sin humor (Ballesteros, 1998). Ficción y humor son, pues, inseparables de la noción misma de novela tal como él la entiende:

 

“A mí me interesa lo que no puede ser, lo que no se ve. No creo en las novelas sin humor, sin poesía, dos caminos convergentes que dinamitan la realidad” (Crespo 1985).

 

En definitiva, la literatura le interesa como sustitución de la realidad y como arte, como creación de otra realidad personal (Longares, 1988). Con un planteamiento que se aleja a propósito del realismo del XIX, advierte Pujol que “de mis novelas, puedo decir que en todas se repite la misma actitud obsesiva de insumisión ante la realidad” (Marrodán 1988). Mediante el arte de la ficción y el humor que nacen de esa insubordinación ante la realidad, Carlos Pujol logra nada menos que la superación de sus modelos decimonónicos; supera la consabida verosimilitud para dar paso a una historia evidentemente falaz construida con ladrillos de la factoría realista (Fernández 1984).

 

Las claves de lectura que hemos apuntado dejan entrever el modo de entender y hacer literatura de Carlos Pujol, una voz propia y singularísima que nace plenamente madura con La sombra del tiempo, con un estilo atemporal, clásico y contemporáneo a la vez.

 

“Encontrar un sitio adecuado en la historia de la literatura a Carlos Pujol es tarea ardua y arriesgada. Porque es un escritor que no renuncia a sí mismo y desdeña las modas y los conformismos. Sería quizá posible definirlo como una esencia de la mejor prosa en Europa desde el siglo XVIII francés hasta el XX hispanoamericano, pasando por el romanticismo y el simbolismo como a través de un baño empapado de sustancias tradicionales” (Horia, 1986).

 

Ante la pregunta sobre por qué leer o releer La sombra del tiempo treinta y cinco años después de su aparición no cabe más que una respuesta: para disfrutar de la buena literatura de un autor que acertó desde su primera novela y descubrir quizá un filón de obras a deleitar en las trece novelas y los dieciséis libros de poesía que publicó posteriormente. Puesto que no cabe mejor homenaje a un autor que poner sus obras al alcance de los lectores, merece nuestro agradecimiento la Fundación Lara, que con esta reedición se suma a las jornadas “Carlos Pujol (1936-2012), un humanista contemporáneo”, que tendrán lugar en la Universitat Internacional de Catalunya en enero de 2017, con motivo del quinto aniversario de su fallecimiento. Ya es hora de rendir a Carlos Pujol el homenaje que le debemos.

 

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Referencias bibliográficas

 

  • Badosa, E. (1983) Carlos Pujol, un novelista que se ratifica plenamente. El Noticiero Universal, 21/11/1983, p. 16.
  • Ballesteros, M. (1998) Carlos Pujol, escritor. Boletín del Colegio de Registradores de España, 43 (marzo/abril), pp. 56-58.
  • Basualdo, A. (1982) Carlos Pujol: La novela y sus sombras. La Vanguardia. 18/2/1982.
  • Cerezales, M. (1982) La sombra del tiempo, por Carlos Pujol. Tele Radio. 14/2/1982.
  • Crespo, E. (1985) Carlos Pujol: “La función de la literatura es hacernos soñar.” El Noticiero Universal, p. 27.
  • Fernández, D. (1984) Diecinueve novísimo. [UIC, Fondo Personal Carlos Pujol. Texto mecanografiado de una reseña]
  • Horia, V. (1986) La noche más lejana. [UIC, Fondo Personal Carlos Pujol. Reseña publicada en fuente desconocida]
  • Longares, M. (1988). Siete novelas en siete años. Cambio 16, 844, pp. 90–91.
  • Longares, M. (2004) Una conversación con Carlos Pujol. Quimera: Revista de literatura, n.º 238-239, 2004, pp. 77-81.
  • Marrodán, J. (1988) “Una novela tiene que aspirar a ser una obra de arte.” Diario de Navarra, 17/9/1988, p. 26.
  • Pujol, Carlos (1981) Un autor se confiesa. Carlos Pujol habla de La sombra del tiempo. El Ciervo: revista mensual de pensamiento y cultura, n.º 369, 1981, p. 39.
  • Pujol (1998) Tarea de escribir. Pamplona: Pamiela.
  • Pujol (2000) La ciudad imaginada [UIC, Fondo Personal Carlos Pujol. Mecanoscrito inédito, fecha atribuida].
  • Sordo, E. (1982) La sombra del tiempo. El Ciervo: revista mensual de pensamiento y cultura, n.º 373, 1982, p. 36.

 

* Teresa Vallès Botey es profesora de la Facultad de Humanidades (UIC Barcelona)

 


 

[1] Reproducimos aquí con algún cambio el artículo publicado en Carlos Pujol, La sombra del tiempo. Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2016, p. 297-303.

 

[2] Pujol escribe sobre esta novela al menos en dos ocasiones (1981, 2000) y la menciona en diversas entrevistas, que citaremos por el nombre de quien las publicó: Basualdo (1982), Crespo (1985), etc. Por una de estas entrevistas sabemos, por ejemplo, que de las novelas que publicó La sombra del tiempo era la preferida del autor (Longares 2004).