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In depth
¿Hormonas + TIC + pornografía ambiental = ‘sexting’ adolescente?

¿Hormonas + TIC + pornografía ambiental = ‘sexting’ adolescente?

En los últimos años diversos estudios vienen mostrando que los adolescentes no son ajenos a la nueva práctica de intercambiar imágenes autoproducidas de contenido erótico, fenómeno denominado sexting por provenir de la contracción de sex y texting. Sin embargo, la noticia aparecida el pasado 25 de marzo en The Guardian sobre un estudio realizado por el mayor sindicato de profesores del Reino Unido parece haber encendido todas las alarmas: “Children as young as seven caught sexting at school, study reveals”. A decir verdad, el fenómeno, siendo en parte novedoso, no deja de ser previsible y de tener una explicación bien simple en el presente contexto sociocultural.

 

En efecto, desde la psicología evolutiva se afirma que la adolescencia es una época de inseguridad, experimentación de los propios límites e inestabilidad emocional. No es de extrañar, pues, que en el ámbito de la sexualidad los adolescentes se atrevan —sobre todo si no existen los necesarios referentes educativos— a protagonizar conductas de riesgo. Junto con ello, esta nueva generación selfie vive en una sociedad de lo visual, con altas cotas de sensualidad —incluso “pornificada”—, en la que la facilidad de las TIC ha puesto las cosas mucho más difíciles. Se podría decir que se ha juntado el hambre con las ganas de comer, al coincidir en el tiempo la fuerte sacudida hormonal, la proliferación del smartphone en la vida de los adolescentes y una pornografía ambiental que genera un efecto mimético en los menores.

 

En realidad, el sexting entre adolescentes no deja de ser el resultado natural de tres revoluciones incontroladas (nos guste o no): la revolución sexual, la revolución tecnológica y la revolución adolescente. Cada una de ellas ha comportado consecuencias negativas —a la vista están— y se nos interpela como sociedad a buscar límites o remedios a sus excesos. La revolución sexual trajo consigo un desmesurado culto al cuerpo como objeto sexual y el nacimiento de una industria pornográfica cada vez más deshumanizante. La revolución tecnológica, aun suponiendo un avance positivo indudable, requiere de los contrapesos necesarios a distintos niveles (piénsese en los déficits de atención derivados de un uso inmoderado de las nuevas tecnologías). Y lo mismo cabe decir de los nuevos aires de un modelo educativo que pretendió eliminar toda autoridad y poner en el centro la cándida espontaneidad del adolescente narcisista (que siempre progresa adecuadamente). Por supuesto que es positivo eliminar barreras, pero no a costa de perder el sentido de qué es, en esencia, educar.

 

El problema del sexting se halla en que la sociedad actual rema con toda su fuerza en la misma dirección. Se pretende una libertad ilimitada, naíf y sin riesgos; jugar alegremente con fuego y no quemarse nunca, y practicar sexting sin exponerse, cuando las tornas cambian, a chantajes de todo tipo y otras situaciones de victimización (altamente predecibles). Aunque el legislador penal haya tipificado como delito la difusión no consentida de imágenes derivadas de la práctica de sexting, se hace necesario un cambio cultural que, entre otras muchas cosas, enseñe el sentido de los límites con pedagogía, haciendo visibles de antemano las consecuencias de nuestros actos. La libertad irreflexiva tiene un precio altísimo, que no compensa, y tenemos un reto enorme por delante.

 

Dos apuntes más me parecen necesarios. En primer lugar, debe señalarse como causa remota del sexting (pero causa al fin y al cabo) la pérdida del sentido de privacidad en la sociedad actual y, especialmente, de los nacidos digitales. La tendencia a mostrar obscenamente los sentimientos en las redes sociales ha desembocado, en una vuelta de tuerca de la cultura de la imagen, en la denominada generación selfie. No pretendo ser excesivamente negativo, pero se lo hemos puesto complicado a nuestros menores: el contexto empuja a los adolescentes a ser cada vez más egocéntricos, emotivistas, narcisistas, impulsivamente espontáneos, desinhibidos… En definitiva, las condiciones ambientales y culturales son activamente proclives a que los niveles de autocontrol sean cada vez menores. Y esta sería la segunda nota característica que deseaba apuntar: de la pérdida de la intimidad se llega al desbocamiento sentimental y a los bajos niveles de autocontrol.

 

Sexting como umbral de cibervictimización

 

“Estoy continuamente llorando. Todos los días pienso qué hago todavía aquí. Mi ansiedad es horrible”. Sin duda, el relato del proceso interior de hundimiento de Amanda Todd hasta la completa desesperación provocó en su día un sobrecogimiento global (a finales del 2012). En su vídeo, colgado en YouTube poco antes de suicidarse, Amanda relataba la historia de una muerte a fuego lento (pero que tuvo un claro inicio), mostrando una sucesión de pequeñas cartulinas en las que escribió su deterioro progresivo mediante frases muchas veces inacabadas —no se atreve a verbalizar su sufrimiento, ni tan siquiera a mostrar su rostro completamente—. En efecto, todo empezó cuando a los 12 años un extraño con el que contactó en Internet le pidió que le mostrara su intimidad corporal.

 

La historia de Amanda tuvo un enorme impacto en los medios de comunicación y fue ya claramente expresiva del potencial destructivo que poseen las nuevas tecnologías en manos de adolescentes. Y por aquel entonces no existían todavía distintas apps que, como Snapchat u otras, actúan a modo de precursor o precipitador de conductas irreflexivas o juguetonas.

 

La extensión del sexting varía enormemente entre el 2,5% y casi el 20%, dependiendo de factores diversos, pero, sobre todo, de cómo se defina dicha práctica. A veces la conducta responde a una forma de flirtear, por extravagante que pueda parecer; en otras ocasiones, se explica por el imprudente estado de experimentación continua en que se hallan los adolescentes. Si bien en otras épocas un desliz de tales características no pasaba a mayores, ahora, con el avance de las nuevas tecnologías, sobre todo cuando éstas están tan al alcance de los menores, todo se puede agigantar y acelerar hasta extremos insospechados. En el momento en que se comparten dichas imágenes, se pierde el control sobre la propia intimidad sexual y la víctima queda expuesta al uso malintencionado que pueda hacer el receptor de la fotografía o imagen.

 

En Estados Unidos hace tiempo que están preocupados con este fenómeno. Tras la aparición de los primeros casos, los esfuerzos por concienciar a los menores de los riesgos asociados al sexting se han venido intensificando en los últimos años. Como reza una campaña de prevención en dicho país: Strike a pose. Press send. Regret it forever. En una primera fase se llegaron a criminalizar en algunas jurisdicciones a los propios menores como productores o receptores de pornografía infantil, lo que dio paso con posterioridad a estrategias procesales mucho más atemperadas, primándose respuestas de naturaleza educativa.

 

La historia de Amanda Todd coincidió en el tiempo con lo sucedido con Olvido Hormigos en España. Por aquel entonces algunas reacciones a diferentes niveles fueron sorprendentes, dando apoyo de forma ingenua, en aras de una supuesta espontaneidad y liberación de tabúes retrógrados, a conductas de alto riesgo, como se viene demostrando. Sin embargo, el caso de Olvido Hormigos era radicalmente diferente al de Amanda Todd. No se trata de culpabilizar el comportamiento, cuando menos imprudente, de las víctimas de sexting, sino de valorar la gravedad de la conducta de quien pone en circulación las imágenes a pesar del consentimiento de la víctima. En este sentido, la protección de los menores debería ser sustancialmente mayor.

 

Pues bien, pocas semanas después de que saltara a la palestra mediática el caso Hormigos se anunció una enésima reforma del Código Penal. Entre otros remedos y adiciones, el Ejecutivo propuso modificar el artículo 197 a fin de cubrir aquellos supuestos de violación de la intimidad de las personas en los que las imágenes o grabaciones se obtuvieran con el consentimiento de la víctima, siendo luego divulgadas contra su voluntad, cuando la imagen o grabación se hubiera producido en un ámbito personal (en un domicilio o en cualquier otro lugar fuera del alcance de la mirada de terceros).

 

A primera vista podría parecer que se estaba reaccionando (una vez más) de forma populista y a golpe de titular. El pasado 1 de julio del 2015 entró en vigor el nuevo artículo 197.7 del Código Penal. Sin perjuicio de que sea ya momento de interpretar en profundidad el nuevo tipo penal —tarea en absoluto sencilla, en la que estoy trabajando, pues la forma de tipificar este nuevo delito presenta numerosos inconvenientes—, desde el punto de vista de la prevención se debería sacar todo el rendimiento posible a esta nueva figura de delito. Y en esa empresa jugará un rol importantísimo el sector educativo y la industria tecnológica.

 

* El Dr. José R. Agustina es director del Máster en Ciberdelincuencia y profesor de Derecho Penal en UIC Barcelona