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Interviews

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Tomás Alcoverro: Aquel que cree entender bien el Líbano es porque se lo han explicado mal

"Aquel que cree entender bien el Líbano es porque se lo han explicado mal"

Tomás Alcoverro (Barcelona, 1940) es el corresponsal de La Vanguardia en Beirut. Ahí reside desde hace 38 años. Su trabajo ha sido premiado con el Premio Manuel Vázquez Montalbán, en 2004 y la Creu de Sant Jordi, en 2006. Vive al lado del hotel Commodore, conocido por albergar a un gran número de espías durante la guerra civil libanesa (1975-1990). Sin embargo, aunque me encontraba a media hora en coche, tardé hora y media en llegar. “Mira lo que te ha costado encontrarme y eso que presumo de vivir en uno de los lugares más conocidos de Beirut”, dice riendo.

 

Uno de los problemas a los que tienen que enfrentarse los libaneses es la falta de organización urbana. En el Líbano no hay direcciones como las conocemos nosotros, definidas por el nombre de la calle y su número, sino que cualquier dirección es una aproximación entre dos edificios conocidos.

 

Egocentrismo occidental

 

“Vivimos en un mundo muy pequeño. El mundo occidental es centrípeto porque creemos que todo el mundo es parecido al nuestro pero la realidad no es así. La mayoría de países no tienen números en las calles, por ejemplo”, subraya el periodista. “A mí me ocurrió lo mismo que a ti en Teherán, tardé tres horas en llegar a una cena porque había tres calles con el mismo nombre en la capital de Irán”.

 

Tomás Alcoverro siempre ha sentido fascinación por el Mediterráneo Oriental. “Empecé con viajes a Grecia con un Citroën dos caballos, más tarde viajé a Siria, Turquía y finalmente llegué a Beirut. Esta parte del mundo siempre me ha parecido más interesante porque es donde pasan las cosas”, indica; “desde un punto de vista periodístico –añade– me atrajo porque sus características me provocaban rechazo y a la vez emociones y aventuras”.

 

Y miedo, también, cuando vives en un país en guerra civil. “Este mismo edificio aburrido, que hoy está lleno de oficinas MasterCard, en su época era fascinante. En él vivían diplomáticos y periodistas. Cuando Beirut vivió una época muy mala de secuestros, secuestraron a mi vecino de arriba y al de abajo. El vecino de arriba era un corresponsal británico y el de abajo era Roger Aunque, corresponsal de Francia”.

 

Los secuestraron por su nacionalidad, dice, ya que Francia e Inglaterra estaban proporcionando armas a Irak: “Los secuestros se hacían como moneda de cambio y fueron muy recurrentes durante un largo período”.

 

Miedo. Aunque, a pesar de todo, él, que se define como alguien con doble nacionalidad, sigue enamorado de este lugar: “Mi segunda ciudad es Beirut, Beirut me da vida. Además, he tenido mucha suerte porque me hubieran podido matar, pero sigo aquí y sigo viviendo experiencias increíbles”.

 

“Siempre se ha especulado sobre Oriente Medio y sobre Beirut, ya que se conoce por haber sido un centro de espionaje”, dice. Y lo dice riendo en su sillón. Debido a eso, empezaron unos rumores dignos de novela: “En los años de la guerra había cada vez menos gente y los que quedábamos parecíamos personajes pintorescos. Por esto, la gente te preguntaba quién eras, pensándose que tenías algo que ver con el mundo del espionaje. Como estaba harto de que me preguntaran qué hacía allí acabé diciendo que era espía del Principado de Andorra”.

 

Mirada desconocida

 

Rudyard Kipling, escritor británico, redactó: “El este es el este y el oeste es el oeste y nunca se encontrarán”. Aunque estas palabras fueron escritas en el siglo XIX, la mirada que tiene el mundo occidental sobre Oriente sigue siendo de incomprensión.

 

Oriente Medio sigue siendo desconocido por la mayoría. “El conocimiento sobre estas tierras no es fácil porque nos dejamos llevar por los comentarios que oímos de ellas. Los habitantes de aquí nos conocen más a nosotros que nosotros a ellos”.

 

Tomás Alcoverro afirma que gracias al pesimismo y al hecho de ser catalán tiene la capacidad de entender el Líbano. “Yo soy pesimista y me parece que tendríamos que hacer esfuerzos por sacarnos de la cabeza cantidad de prejuicios. Si en España somos pocos e iguales y ya hay diferencias entre distintas zonas, imagínate en un mundo lleno de minorías y comunidades: la tensión aumenta potencialmente”.

 

El Líbano tiene 10.400 kilómetros cuadrados, es equivalente a la región de Murcia. La diferencia es que en esta pequeña superficie conviven dieciocho comunidades reconocidas. Cada una de ellas con sus propias particularidades en cosas tan cotidianas como la herencia o el matrimonio. “Teniendo en cuenta el territorio delimitado en el que viven, la convivencia no es fácil”. Y sigue: “Las diferencias entre comunidades se visualizan en los cupos que tiene cada colectivo en la administración pública”.

 

Según Alcoverro, “este es uno de los problemas que tendrá el país a corto plazo”. “El Líbano es el único país árabe donde el Jefe del Estado es cristiano y el domingo es fiesta. Sin embargo, en la actualidad, la mayoría de la población es musulmana y esto puede originar un cambio de gobierno. Cuando se hizo el último censo de población en 1942, la mayoría era cristiana y como el Gobierno sabe que en la actualidad gana la parte musulmana, hablar del censo en el Líbano es un tema tabú”.

 

Un país vidrioso

 

Hay cambios. Y se nota. “El Líbano de ahora no es el mismo que conocí al llegar; Beirut se ha empobrecido y debilitado. Además, debe sumarse el terrible impacto de los refugiados sirios: se calcula que el flujo que ha llegado al Líbano roza los dos millones. Esta entrada masiva y la crisis económica que vive el país están agravando la situación política”, comenta, no sin un deje de melancolía. Y es duro: “Creo que el país va de mal en peor”.

 

El Líbano es un país de cristal, que fácilmente se rompe. Vive una realidad compleja marcada por la multiculturalidad. En una misma frase, una persona puede utilizar hasta cuatro idiomas: el árabe, el inglés, el francés y el armenio. “Aquel que cree entender bien el Líbano es porque se lo han explicado mal”, asegura el periodista. La multiculturalidad del país está condicionada por los movimientos migratorios que lo caracterizan. “Mientras los libaneses se van en busca de nuevas oportunidades, hay gente que ve el país como un refugio por su condición geográfica”.

 

Según él, “el problema radica en que los refugiados que llegan al Líbano acaban rehaciendo su vida y no vuelven a su país natal”. “El país ha acogido desde la Primera Guerra Mundial a 300.000 armenios que siguen conservando sus formas de vida, 400.000 palestinos y dos millones de refugiados sirios. Estas grandes cantidades hacen que la población libanesa se muestre contraria a la acogida de refugiados”, afirma.

 

“Dios o diablo”

 

Y después están las acciones armadas.

 

Ahí Hizbulá, una organización militar chií libanesa que se enfrenta constantemente al ejército israelí, “es vista por la población libanesa como el diablo o como el Dios salvador”, afirma Alcoverro. “Desde hace treinta años esta comunidad se ha ido haciendo más importante, fuerte y motivada”, desde 1982, cuando se produjo la ocupación por parte de Israel. Desde entonces, este “partido-milicia” decidió luchar. Y ahora, “los chiíes se han asentado en el Líbano hasta conseguir crear un tercer reino en el país, dividiéndolo más aún, en chiíes, musulmanes y cristianos”.

 

No es una situación sencilla. “La milicia Hizbulá, aunque defienda al Ejército libanés, supone también una amenaza para el país”. Es verdad que “el Líbano no tiene la fuerza suficiente para luchar contra Israel y, por tanto, en caso de conflicto, el ejército israelí destruiría el Líbano en una hora”; pero también es verdad que “Hizbulá es el bombero y el que produce el incendio. Cuando hay un ataque de Israel, Hizbulá defiende al Líbano. El problema es que muchas veces ese ataque ha sido producido por la provocación de la milicia”.

 

Para más inri, la presencia de Hizbulá hace que el Líbano quede dividido entre suníes apoyados por Arabia Saudí y chiíes, enemigos de Estados Unidos.

 

Me matas o te mato

 

Oriente Medio vive en tensión constante. En la actualidad, Siria ha dejado más de 500.000 muertos. “La guerra aún no ha terminado ahí, pero está muy acabada. Sin embargo, nunca habrá una declaración diciendo que la guerra ha acabado porque siempre podrá haber pequeños conflictos”.

 

Él, periodista especializado en el Próximo Oriente, sabe de qué habla.

 

Y, tomando las palabras que le dijo el presidente Bashar al-Asad, en una entrevista de 2017, para Tomás Alcoverro la política de Oriente Medio se puede definir en: “Me matas o te mato”. El hecho de convivir sin convivir resume las palabras del presidente; en un país caracterizado por la multiculturalidad “una identidad puede convertirse en una fuerza asesina”. Un poco pesimista quizás. Él dice que lo es.