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Views / Editorial

El peligro de la «maquinización»

Jaume Figa i Vaello

Ayer por la mañana, fui a visitar el “nuevo” Hospital de Sant Pau, una magna obra modernista que nos habla de arquitectos que –no es una queja, es un hecho– duermen un poco eclipsados por Antoni Gaudí. Lluís Domènech i Muntaner –maestro del de Reus– diseñó un conjunto arquitectónico que ocupa una superficie de trece hectáreas del Ensanche que en 1997 fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, y recientemente ha sido restaurado para abrirlo al gran público. Se trata uno de los recintos modernistas más grandes del mundo –si no el que más– y, posiblemente conscientes de este hecho, muchos barceloneses pensaban que valdría la pena hacer más de una hora de cola para entrar. Claro que ayer era domingo y éramos muchos los que aprovechamos el buen tiempo para salir a la calle –si alguien sabe dónde se ha escondido el invierno, ¡que me lo diga, por favor!–, pero seguro que serán muchos cientos –¡o miles!– que no dejarán pasar la oportunidad de visitarlo gratuitamente hasta el próximo 16 de marzo.

 

Curioso, leí la historia de este hospital, y me llamó la atención cómo nació, gracias, sobre todo, a la generosidad de un banquero de Barcelona, Pau Gil i Serra, hombre de negocios de prestigio que, establecido en París desde muy joven, heredó e hizo una enorme fortuna. En su testamento, Gil dejó las instrucciones de que, a su muerte, se liquidase su banca y se diera la mitad de lo que saliera para la construcción de un hospital de clase alta –como el que él conocía en París– pero dedicado a los pobres. La otra mitad –Gil, soltero, no tenía descendencia– era para los hijos de su hermano. Así, el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau nació con el fin de poder ayudar a las personas más necesitadas.

 

Así las cosas, volviendo a casa, me llegó la gran noticia de la liberación del periodista de El Periódico Marc Marginedas, casi seis meses –mañana se cumplirían– secuestrado por yihadistas del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL). Es una gran alegría, un poco velada debido a que seguimos sin noticia de Javier Espinosa –de El Mundo– y Ricardo Garcia Vilanova –fotoperiodista freelance–, además de otros treinta reporteros de todo el mundo y más de un centenar de sirios, según documentan Reporteros Sin Fronteras. Dios quiera que los tengamos pronto en casa.

 

Todo esto me viene a la cabeza porque me lleva a hablar de las personas que trabajan para los demás. No necesariamente de manera altruista –estos últimos, recorriendo el mundo, se ganan el pan de cada día, aunque es verdad que el periodismo bien entendido es un servicio–, pero sí conscientes de que trabajan con personas. Cada semana, cada miércoles, en la redacción de El Periódico había concentración para pedir la liberación de Marc. Y en muchos otros lugares, como en la Universidad de Navarra, donde estudió.

 

Hoy, quizás más que nunca, es necesario que demos vueltas a esta cuestión; el mundo cada vez más tecnológico nos puede llevar a olvidar que son personas –y no máquinas– las que trabajan para nosotros o con las que trabajamos. “Algunos –decía el profesor Alejandro Llano, en la inauguración del simposio ‘Empresas con rostro humano’ del pasado viernes en la UIC– siguen pensando que la evolución está vinculada con el crecimiento de la ‘parafernalia informática’”. Y no es así. Tratando a las personas como lo que son, la misma empresa puede dar muchos frutos. “Una empresa humanista –decía en otro momento Llano, el primer filósofo que se atrevió a hablar, en España de ‘empresa humana’– es aquella en la que la mayoría de sus miembros están integrados en la ‘narrativa’ de la empresa”. No se trata de crear una especie de “segunda familia” –cada cosa es lo que es–, o un falso lugar de algodón. “Hay que amar a la gente con el corazón –explicaba Josep M. Pujol, presidente de Ficosa Internacional, también en este simposio– para involucrarla en el mismo barco, en el mismo equipo”.

 

Por cosas de la vida me llegó un vídeo que refleja muy bien el tema del que estoy hablando. Es de una antigua serie de televisión americana, Te quiero Lucy (1951). Lógicamente, se trata de una exageración; pero viendo los extremos, podemos llegar a percibir el peligro al que nos puede llevar la “maquinización”.