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Views / Editorial

¡Es Navidad!

Jaume Figa i Vaello

Si puedo, estas navidades volveré a ver ¡Qué bello es vivir! Me gusta: porque me hace reír y…, no lo negaré, casi-casi me hace llorar. Hace unos años la programaban cada día para el 25 de diciembre, o por san Esteban. Me hacen mucha gracia las miradas de complicidad del ángel de la guarda Clarence, cuando habla con san José y que hacen perder un poco los estribos a George Bailey. Pienso que habla de una historia real ‒y no de un relamido sentimetalismo‒, porque todo el mundo ha tenido que, en algún momento de su vida, dejar cosas que le gustan y tomar otras que le pueden ser muy costosas; pero que valen la vida. Que de eso trata la historia de Frank Capra.

 

Sí: me gusta ¡Qué bello es vivir! porque habla de la Navidad. Y Navidad es alegría. Navidad es luz y es color. Y todo el mundo lo acepta, al menos en el Occidente que más conocemos aquí: sí hay mucho del hecho comercial, pero también es verdad que los mensajes son de la alegría que uno recupera volviendo a casa ‒muchos recordaréis aquel anuncio de turrones: “vuelve a casa por Navidad”‒; de la luz que ilumina en estas fechas; del color que disfrutarás viendo la mesa puesta para el resopón ‒las fiestas siempre se celebran en torno a una mesa parada‒, los regalos ‒sean muchos, o sean pocos, esto es lo que menos importa‒, los papás-noeles o los Reyes Magos colgados de los balcones, las flores y las guirnaldas…

 

Todo ello, porque es Navidad. En ninguna otra época del año se da nada parecido. Algunos, dicen ‒y he de suponer que lo creen realmente‒, celebran el solsticio de invierno, y que, con rituales y vestidos propios de los Picapiedra, van a ver “el fenómeno” en el que el sol sale más bajo (no he visto a ninguno de estos por las calles…); o los más freaks se refieren a las “fiestas Saturnalia”, costumbres de la antigua Roma y que…

 

¡Que no, que no! ¡Que no es una cuestión de ser creyente o no! Hace dos mil años, un Niño nacía en un establo. En un lugar que, por muy bonitos que hagamos los belenes, no era más que un estercolero con humedad, frío, paja y cagarrutas de animal. Un Niño que llevaba un mensaje de paz, de luz, de color, de alegría… ¿Le suena a alguien? Y que desde entonces, celebramos con más o menos acierto en todo Occidente.

 

No es cuestión de ser creyente o no, insisto: es cuestión de aceptar o no nuestra historia. ¿Por qué algunos siguen empeñados en negarla, cambiándola por otros “celebraciones” pseudo paganas que no dicen nada a nadie? Hasta los límites de la autoliquidación… Si son días de fiesta, es por un hecho, no por otro. Se pueden aguar más o menos los motivos, pero las cosas son como son. Y esto no es ofender a los que vienen de fuera. Más bien, negarlo es ofender a los que ya estamos dentro.

 

Me gusta ‒decía‒ ¡Qué bello es vivir! porque acaba muy bien. Porque el George Bailey que tan bien interpreta James Stewart descubre ‒y nosotros con él‒ que la vida está hecha de pequeñas grandes historias ‒tristes, a veces; alegres, muchas‒ que nos llenan y escriben la nuestra. “La suma de las pequeñas historias es lo que nos hace grandes”: lo decimos aquí a menudo. Porque nos lo creemos. Ojalá sepamos aprovechar estas fiestas para verlo y empezar con buen pie el nuevo año, por encima de las desgracias que puedan ocurrir a nuestro pequeño mundo.

 

¡Que tengáis un muy feliz Navidad y felicísimo año 2017!

 
 
Sabio clandestino