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Views / Editorial

Niño

Jaume Figa i Vaello

El niño duerme boca abajo. Despreocupado de lo que le rodea: se siente querido y por eso está de ese modo que, para alguien mayor, puede parecer incómodo. Para el niño, sin embargo, esa posición, mientras duerme, es de tranquilidad. Y de amor. Y sabe que, cuando despertará, estará seguro en unos brazos que la acogerán. Y le mimarán. Mientras tanto, el niño, sueña en otro mundo. Nada le preocupa. Sueña cómo juega con su hermano, y su madre, y su padre; y cómo juega con el perro de la calle que, aunque sucio, es simpático. Y sueña en una casa sin guerra: que guerra hay en su país. Y sueña en otro hogar, que le han dicho que será mejor, lejos de la de siempre, de su perro, de sus amigos. Pero sin guerra.

 

El niño, en esa posición de paz, no duerme. Está muerto. Sólo tenía tres años y, a pesar de que sus sueños eran eternos –con la eternidad atemporal que caracteriza los sueños–, se le han truncado pronto. A él, y a su familia. Soñaban en un mundo mejor donde vivir, lejos de una guerra totalmente injusta y sangrienta. Cruel. Quejándose porque Occidente no los mira: los ve, pero gira la cara porque-no-es-cosa-nuestra. “No queremos venir a Europa; queremos que termine la guerra en nuestro país”. Eso dicen, pero nadie les hace caso. Ahora sí: porque han visto al niño que duerme eternamente en la orilla de la playa. Y se escandalizan. Se les cae la cara de vergüenza de pensar que hoy pueda ocurrir esto, y que no han podido –no han querido– hacer nada. Y sí pueden. Occidente, sí puede; pero con Oriente, que tampoco quiere: no se trata de una guerra entre las dos partes, que eso quieren que sea los bárbaros que provocan toda esta diáspora de refugiados, y que matan –dicen– en nombre de Dios. Esto sí que es un escándalo: que nadie hace nada. Son intereses, y es dinero. Es asqueroso ver cómo se mata con tanta violencia, sale –a veces– en los medios y, al día siguiente, todo el mundo se olvida. Sobre todo, los que mandan parecen tener amnesia instantánea… Hay que acoger refugiados, sí; pero más necesario, aún, es detener esta guerra, que más que una guerra entre dos adversarios, es un cruel ataque…

 

El niño se llama Aylan. Tenía tres años, cuando lo descubrieron tumbado en la playa, boca abajo, durmiendo eternamente. Este niño concreto es todos los niños que mueren en la guerra y nadie dice nada. Es todos los niños concretos que mueren, diariamente, sin ni siquiera ver la luz… Seguro que me perdonarás, niño Aylan Kurdi, si uso el nombre general para hablar de todos los niños que mueren sin nombre. Ojalá que tu muerte –ni la de tu hermano, ni la de tu madre– sea en vano y que, desde tu atalaya, ahora privilegiada, puedas consolar todos estos niños, empezando por tu padre. Gracias.

 

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