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Views / Editorial

Reirse

Jaume Figa i Vaello

Seremos inmortales. Lo dice Larry Page, cofundador y consejero delegado de Google y uno de los hombres más ricos del mundo. Él, como Peter Thiel, creador de PayPal, o Larry Ellison, de Oracle, lo creen firmemente. No solo lo creen, sino que están convencidos de ello y gastan una gran cantidad de dinero —estamos hablando de muchos ceros— para investigar y llegar con buen pie a lo que llaman la singularidad, el 2045, cuando las máquinas serán más inteligentes que nosotros, después de pasar —pocos años antes, en 2029— por el momento en que los ordenadores adquirirán conciencia de sí mismos. Google tiene su propio proyecto —medio secreto: Calico—, que busca resolver la muerte como si fuera un simple problema tecnológico, combinando toda la información médica, biológica y genética disponible en este momento —un auténtico big data— en una inteligencia artificial con capacidades de autoaprendizaje que genere información cada vez más refinada y poderosa. “Utilizamos estos datos —dicen los investigadores de Calico— para diseñar intervenciones que permitan a las personas tener vidas más largas y saludables”.

 

Tampoco se quedan cortos Mark Zuckerberg (Facebook), Elon Musk (PayPal) y el actor Ashton Kutcher, que han puesto nada menos que 74 millones de dólares en Vicarious, otro proyecto que busca “construir la siguiente generación de algoritmos de inteligencia artificial”.

 

Tyrell Corporation, la empresa que desarrollaba los “replicantes” en Blade Runner tenía un lema: “Ser más humanos que los humanos”. Y, efectivamente, en esa supuesta ciudad de Los Ángeles de 2019, casi no diferenciamos los humanos de los “replicantes”; de hecho, la película de Ridley Scott acaba con la ambigüedad de saber si realmente todo es como parece ser. Hoy, estos “replicantes” serían los futuros posthumanos, de los que Page, Zuckerberg, Ellison y tantos otros —empresarios, científicos, académicos…— estarán tan orgullosos. Una nueva especie mejorada —aseguran— gracias a la tecnología, y que podrá vivir 500 años… o más.

 

Sinceramente no sé en qué acabará todo esto. Es verdad —como explican los transhumanistas (los que van camino del posthumanismo)— que la capacidad informática crece exponencialmente (en la actualidad, la potencia de los ordenadores aumenta más en una hora que en los primeros ochenta años de existencia), pero se me hace muy difícil aceptar que llegará un punto —el singularity— en que las máquinas serán mejores y solo los que se hayan podido adaptar sobrevivirán. Un grupo selecto, de élite. Y ya está.

 

Ser humano es mucho más complejo que una serie de datos conectados con una lógica logarítmica. “La innovación —dice Isidro Fainé en la entrevista que publicamos en este número— no tiene mucho sentido si no aporta valor a nuestros clientes”. Cuando construimos ciudades inteligentes al servicio de las personas, entonces parece que la cosa tiene más sentido. El transhumanismo condiciona la felicidad a una súper-longevidad, a un súper-bienestar y a una súper-inteligencia, pero no hablan de las cosas que realmente nos hacen felices y no son medibles, por más que se justifiquen diciendo que, al fin y al cabo, no son más que conexiones neuronales.

 

¿Inmortales? Sí. El hombre alcanza la inmortalidad cuando es capaz de crear. “De todos los misterios del universo —decía Stefan Zweig—, no hay ninguno más profundo que el de la creación. Cuando surge lo que antes no existía, nos vence la sensación de que hemos sido testigos de algo sobrenatural”. La creatividad no tiene fórmulas.

 

Este verano nos dejó Daniel Rabinovich, uno de los integrantes de Les Luthiers, que nos regaló más de un monólogo memorablemente divertido. Es imposible olvidar aquel “conocido crítico que se resfrío…”, o “las faltas de horticultura” y los “errores de lipotimia”, o el apoteósico final de “tose, tose, toto… o se destetó teté, o… ¡ahá! ¡Esto es todo!”.

 

Reírse de uno mismo es clave para poder hacer reír a los demás. Con todo, no sé si las máquinas serán capaces de hacerlo.

 

* Editorial publicado en +1. Sumant històries, edició 2015, núm. 2.

 
 
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