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Análisis territorial

David Senabre

Todos cuantos pasamos por carreras y grados con vocación social tendemos a ponderar sus excelencias como las mejores de entre cualquier otra opción formativa. Los geógrafos no somos una excepción, y quiero detenerme en este pecado venial de la exaltación de ciertos valores de la ciencia geográfica. Seguramente el área más compleja dentro de la materia sea aquella que se conoce como análisis geográfico regional. Se pueden intuir ciertos componentes ya en el nombre (analizar áreas regionales), descartando esa atribución clásica y manida de que ser geógrafo es relatar, de memoria papagáyica, montañas, ríos, valles y otras zarandajas. No, por favor. El análisis geográfico regional explora las complejas relaciones entre los territorios, sus pobladores y las acciones de estos. Y no solo con carácter descriptivo (esto es relativamente fácil), sino que analiza las debilidades, distorsiones y desequilibrios territoriales, con una clara vocación propositiva: análisis, descripción y detalle de los problemas, diagnóstico y exposición de las posibles soluciones.

 

Para el profesional de la geografía la región geográfica no siempre tiene que coincidir con la región definida por la administración de turno; y eso es una ventaja. Entendemos como región un ejercicio de delimitación de espacios y territorios que se significan homogéneos respecto de alguna virtud o problema. Luego nuestras miradas deben descontaminarse de la noción de “límite”, que es algo en lo que otros profesionales caen sin remedio: allí donde la línea divisoria administrativa llega (llámese municipio o provincia…), ahí termina mi labor, porque detrás de ella existe otra realidad, con competencias y obligaciones de otros. Y no: es un gran error.

 

En sociedades que hoy se centran en cómo renacer de las cenizas de un proceso productivo que terminó y hay que renovar, un adecuado diagnóstico de los espacios ayuda mucho; incluso a lanzar nuevas ideas sobre gobernanza local y sostenibilidad ambiental. Pero no solo. Hoy, hablando de regiones geográficas desde el punto de vista empresarial, de actividades y nuevas oportunidades, más que nunca los sistemas que pueden demostrarse del todo eficaces para este necesario renacimiento son aquellos de tipo colaborativo, mancomunado, plural, y organizados de forma horizontal y nunca piramidal. Y siempre lo harán con seguridad, por contar con excelentes dictámenes previos de qué está ocurriendo. Lo demás son salvas al aire.

 

El análisis geográfico que trabaja la idea de “región” con una mirada más amplia e integradora llega antes a localizar los problemas. Sin embargo, durante más de dos décadas se entendieron mal estas habilidades conceptuales de los geógrafos y solían emplearse los análisis como un mero adorno intelectual, previo al hecho de la planificación urbana o de escala mayor. Eran una especie de “estado de la cuestión” en los preliminares de la ordenación urbana, y poco más.

 

Sin entrar a valorar de quién pudo ser la culpa de este mal uso, también de ello aprendimos que puede resultar muy fácil describir lo que observamos y mucho más complejo emplear esta habilidad para proponer mejoras. Describir, por desgracia, no es analizar. Hoy está cambiando la tendencia, pero queda aún camino por recorrer. Los territorios que domeñamos las personas en sociedad están en proceso continuo de cambio y desajuste. Nunca termina y supone una gran responsabilidad para este oficio.

 

* David Senabre López, geógrafo, es el vicedecano de la Facultad de Humanidades de UIC Barcelona

 
 
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