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Ausencia de evidencias

Catherine L

Muchos padres dudan y se preguntan sobre las implicaciones de la sustitución del libro de texto por las tabletas. Los padres que buscan información están rodeados de argumentos a favor, mientas que son pocas las voces que piden una actitud prudente y responsable frente a la digitalización masiva de las aulas. ¿Por qué esa actitud es necesaria? Hoy por hoy, no existe evidencia suficiente que avale los supuestos beneficios del uso de las tabletas en las aulas.

 

En su blog, Larry Cuban, profesor emérito de Educación de la Universidad de Stanford, afirma que “no hay cuerpo de evidencia que indica que el uso de las tabletas pueda mejorar los resultados en lectura o en matemáticas, y tampoco lo hay que puede dar mejores oportunidades de trabajo después de la universidad”. El Profesor Cuban afirma: “Hay insuficiencia de pruebas que justifique emplear dinero en eso. Punto. Punto. Punto”. ¿Pero no existen estudios que concluyen a favor de las TICs en las aulas? Sí, pero o bien están financiados por empresas tecnológicas, o bien carecen el rigor suficiente para publicarse en revistas de alto factor de impacto: ausencia de grupo de control, prejuicios en los parámetros estudiados, indicadores subjetivos (“gusta más a los profesores”, “motiva más a los alumnos”), etc.

 

“Motiva a los alumnos” es un parámetro que sale sistemáticamente bien parado en numerosos estudios sobre el uso de las tabletas. De allí, se asume que los alumnos tendrán mejores resultados. Pero esos mejores resultados nunca llegan. ¿Por qué? Porque la “motivación” que miden esos estudios no es el “interés por aprender”, o el “deseo de conocer”, sino una especie de fascinación barata ante la novedad y los estímulos frecuentes y intermitentes, que hacen que la mente aun inmadura del niño se vuelve pasiva y dependiente ante la pantalla. ¿Por qué? El que lleva las riendas ante la pantalla no es el alumno, sino la aplicación de la tableta, con sus logaritmos. Tanto el alumno como el maestro pasan a ocupar lugares secundarios. Eso es un error, porque esa educación individualizada que da la tableta, no es lo mismo que una verdadera atención personalizada.

 

¿Perderán el tren profesionalmente nuestros hijos por no usar una tableta con 4, 8 o 12 años? ¿Existirán las tabletas cuando acaben la universidad? ¿Cuesta tiempo aprender a usarlas? A las tres preguntas, la respuesta es “no”. ¿Qué sentido tienen, entonces, que inviertan años claves de su escolarización aprendiendo a usar una tecnología programada para la obsolescencia? Quizás ese es el motivo por el que Steve Jobs no dejaba a sus hijos usar el iPad y limitaba el uso que hacían de otras tecnologías, y por el que muchos ejecutivos de empresas tecnológicas mandan a sus hijos a un colegio que hace bandera de no usar las TICs. Consideran que la tecnología no es “neutra” en la infancia y saben que varios estudios relacionan uso de la pantalla y multitarea tecnológica con la dificultad de filtrar lo relevante de lo irrelevante, la reducción del vocabulario en niños pequeños, el aumento de la hiperactividad, la apatía, la impulsividad, el déficit de atención. Saben que puede deshumanizar el aprendizaje, empeorar la lectura comprensiva online con respecto a la lectura sobre papel, interferir con el aprendizaje de la lectoescritura, generar adicción, superficialidad del pensamiento, mal funcionamiento de la memoria de trabajo, acceso a contenidos inapropiados porque los niños se saltan los filtros con facilidad, etc. Habrá que ver los efectos del uso continuo de pantalla en los niños en un contexto escolar a lo largo de los próximos años. Estamos asistiendo a un experimento a gran escala, protagonizado por niños cuyos padres no siempre están informados de ello.

 

Nadie puede negar que Internet es una herramienta imprescindible en el presente y el futuro de la economía de la información, pero para poder aprovecharla, uno tiene que saber muy bien lo que está buscando, lo que no, y por qué lo está buscando. La capacidad de responder a esas preguntas se desarrolla offline, no online, y puede variar de un niño a otro, por lo que compete exclusivamente a los padres, que son primeros educadores, –no al colegio ni a la industria de las TIC– decidir del momento apropiado.

 

Ante la ausencia de evidencias científicas suficientes sobre los beneficios del uso de las tabletas en las aulas y sus posibles efectos perjudiciales, los colegios han de adoptar una actitud de prudencia y de responsabilidad, que consiste concretamente en dar toda la información a los padres (pros y contras), para que ellos pueda decidir libremente si quieren que sus hijos participen en ese “experimento a gran escala”, dándoles la oportunidad de excluir a sus hijos de ese experimento, ofreciendo una línea no digital.

 

En 1996, Steve Jobs decía: “Había llegado a pensar que la tecnología podría ayudar la educación. Probablemente haya encabezado esa creencia, siendo uno de los que más equipamientos tecnológicos haya regalado a colegios en todo el planeta. Pero llegué a la conclusión inevitable que el problema no es uno que la tecnología pueda esperar solucionar. Lo que no funciona con la educación no se arregla con la tecnología. La cantidad de tecnología no tendrá el más mínimo impacto. Los precedentes históricos nos enseñan que podemos convertirnos en seres humanos asombrosos sin la tecnología. La experiencia también nos dice que podemos convertirnos en seres humanos poco interesantes a través de la tecnología”. En ese sentido, podemos preguntarnos por lo que hubiera ocurrido con Steve Jobs, Mozart, Picasso, Aristóteles o Chesterton, de caer uno de estos dispositivos en sus manos con 8 años.

 

* Catherine L’Ecuyer (apegoasombro.blogspot.com) es autora del bestseller Educar en el asombro y del recién estrenado Educar en la realidad.