We use cookies to offer our visitors a comfortable and transparent experience when browsing our website. If you continue browsing, we consider that you accept their use. You can change the settings and get more information. More info
Views / Let’s talk about…

Barcelona con brechas y desigualdad

David Senabre

Lo hemos leído y escuchado. Estos días se habla en Barcelona, sobre todo, de rentas diferenciales, brechas y desigualdad por barrios. Pero este no es un tema nuevo, en absoluto, cuando pensamos el fenómeno de la ciudad. Todas las ciudades, desde que surgió esta forma de relación, hace casi 4.000 años, son un reflejo fiel de las desigualdades sociales, de renta, de profesiones, oficios y usos. Unas con más evidencias; otras sufriéndolo menos. Pero todas con desigualdades. Infinidad de expertos en ciudades lo conocen mejor que nunca, sobre todo desde que David Harvey (1935) abriera la brecha publicando, en 1973, Social Justice and the City (en España traducido como Urbanismo y desigualdad social, en su postrera edición de 1992). Un monumento reflexivo sobre la injusticia social en las ciudades que reconcome el alma.

 

La ciudad ha sido siempre una lucha continua por asimilar la ingente llegada de trabajadores en busca de un futuro mejor. Barcelona es territorio geográfico de aluvión. No solo la ciudad; casi toda la región urbana, de intrincada extensión, muy condicionada siempre por los relieves prelitorales, el propio mar y las relaciones entre los ejes más reconocidos. Pero ahora los datos sobre los niveles de renta en la ciudad parecen doler más o sorprender lo justo para que se conviertan en titulares de prensa.

 

Tenemos el territorio urbanizado más extenso de la Península. Y desde finales de los años cincuenta del siglo pasado esos trabajadores de todo tipo, llegados para quedarse, produjeron un increíble crecimiento económico con el aporte de su trabajo. Mucho de éste se generaba a partir de la demanda que la burguesía catalana de la ciudad requería en sus actividades diarias. Los espacios de la renta diferencial quedaron marcados aún más, y en treinta años el mapa social determinó una caracterización muy similar a la de otras ciudades millonarias de corte occidental (muchas norteamericanas también). Del centro a la periferia es habitual un desplome directo.

 

A menudo se publican estudios sobre la forma en que el trabajo, los trabajadores y la vivienda se han venido situando en las ciudades. Y el mapeo resultante siempre interesa mucho. El urbanismo utópico ha fomentado la inclusión y mezcla social de niveles de renta dispares, profesiones y oficios diversos. Algunos experimentos resultaron muy interesantes hace treinta y cinco años. La intersección de las comunidades residenciales de altas prestaciones en terceros y cuartos cinturones de crecimiento, en las periferias más alejadas o en las faldas de las presierras —caso barcelonés—, impidió intervenir con más eficacia para frenar la diáspora sin concierto. Se optó, gracias a la permisividad y la especulación, por aceptar el desorden.

 

Modificar estas tendencias es tarea casi imposible. Por eso los planteamientos habituales en la planificación urbana más sensata (no en la especuladora) se centran en intervenciones de mínimos, que tratan de amortiguar todos los aspectos que subrayan la diferenciación social de renta, o la ausencia de elementos sociales y culturales vertebradores, para mejorar las relaciones entre los habitantes. La brecha económica abierta tiene un culpable evidente en estos ocho años de crisis. En Barcelona el objetivo no debe ser solo urbanístico. Si nos preocupan los resultados de esta pobreza encubierta, deberíamos dar el paso al espacio de la justicia social. Se trata de volver al proyecto social urbano, tan paradigmático en los años ochenta. Fue esencial.

 

* David Senabre López, geógrafo, es el vicedecano de la Facultad de Humanidades de UIC Barcelona