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Chesterton: el británico olvidado

Blanca Gallostra

“Admiramos las cosas por motivos, pero las amamos sin motivos”; “hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina”; “la mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”; “lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es una maravilla”; “el periodismo consiste esencialmente en decir ‘lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo”. ¿De quién son estas sentencias, llenas de sentido común, de ilusión por la vida y, a veces, de sarcasmo? De un genio olvidado por la sociedad británica: Gilbert Keith Chesterton.

 

Periodista, poeta, novelista y filósofo londinense. Su obra comprende alrededor de 80 libros, cientos de poemas, cuentos e innumerables artículos, ya que publicaba regularmente en los periódicos más leídos de Londres, como el Daily News, y tenía su propio semanario, el GK’S Weekly. Su ingente obra era aplaudida por sus contemporáneos, y bien acogida por el público, especialmente las novelas policíacas del padre Brown y los programas de radio. ¿Cómo puede ser que un escritor tan célebre en su época, con semejante producción literaria, haya sido olvidado por la sociedad británica?

 

El modo de ser de Chesterton nos ayuda a hacernos una idea: como mínimo se le puede calificar de extravagante. Este genio escribía la mayoría de sus libros dictándolos, sin esquema previo y sin repasar después lo que había escrito. Perdía constantemente la noción del tiempo, tanto cuando escribía como cuando iba a cenar fuera. Era incapaz de planificar un horario y constantemente se le olvidaba a dónde se dirigía. Era capaz de pasear horas bajo la lluvia discutiendo con su hermano Cecil, sin darse cuenta de que se estaba mojando.

 

El día de su boda llegó tarde a la iglesia, vestido con un traje de diario y con la etiqueta aún en los zapatos nuevos. De camino al tren, invitó a su mujer a un café y compró un revólver por si en la luna de miel les asaltaban unos piratas. Los mendigos de Fleet Street, el barrio donde vivía, le conocían bien, pues siempre daba como limosna todo lo que llevaba encima. Con esta personalidad, espontánea, divertida y generosa, no es de extrañar que Chesterton tuviera sólidas amistades con la mayoría de sus oponentes intelectuales, como es el caso de Bernard Shaw.

 

Shaw era crítico, ensayista y autor de numerosas obras de teatro, irlandés y ateo. Sus ideas eran absolutamente contrarias a Chesterton, y ninguno de los dos dudaba en poner en evidencia los razonamientos del otro en sus publicaciones. Sin embargo, su amistad duró 35 años, en los que organizaron una serie de debates en público en que discutían de diferentes temas. Estos debates se hicieron famosos por lo provocativo de las respuestas.

 

En una ocasión, Shaw le dijo a Chesterton que si fuera tan gordo como él (Chesterton murió de obesidad) se colgaría. Chesterton contestó, ni corto ni perezoso: “Si yo me fuera a colgar, lo usaría a usted como soga”, aludiendo a su delgadez. Esta agresividad ideológica no impidió que Chesterton elogiara a Shaw en diversas ocasiones, o que Shaw dijera de Chesterton que el mundo no estaba suficientemente agradecido por Chesterton.

 

¿Cómo puede ser que un genio tan prolífico, admirado por la opinión pública y sus adversarios, amigo de la comunidad intelectual y del pueblo haya caído en el olvido? Un dato: en las cinco universidades más prestigiosas de Inglaterra solo hay dos profesores con publicaciones sobre el autor, especialistas en teología y relaciones internacionales. Borges puede darnos una idea: “como todo escritor que profesa un credo, Chesterton es juzgado por él, es reprobado o aclamado por él”.

 

Es cierto: a pesar de que el autor de El padre Brown se convirtió al catolicismo en los últimos años de su vida y que la mayoría de su obra fue escrita siendo anglicano no practicante, para la sociedad británica resulta incómodo tener a un escritor católico en sus filas, que defendiera su fe a capa y espada. El pecado de Chesterton fue pensar por libre y no tener reparo alguno en proclamarlo a los cuatro vientos: el castigo, que lo que recuerden de él sus compatriotas no sea más que sus novelas policíacas, una ínfima parte de su producción literaria.

 

* Blanca Gallostra es alumna del doble grado en Humanidades y Estudios Culturals y Derecho.