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Cuando hablo, cosas digo

Javier Junceda

Cuenta la leyenda que Demóstenes, el mejor orador de todos los tiempos, llenaba su boca de piedras para combatir su tartamudez. Si viviera hoy, apuesto a que utilizaría las cuatro piedras siguientes.

 

La primera es pensar antes lo que se va a decir. Cuando hablo, cosas digo, que reza el refrán. Es mejor callar que decir una sandez o una simpleza. Y eso es aplicable a todo. Como en los vehículos, una cosa es el motor y otra, la transmisión. A veces observamos coches que andan poco pero andan, porque su transmisión es muy buena. Sin embargo, nada supera a un buen motor que lleve aparejada una excelente transmisión. Para transmitir, sin duda, se precisan conocimientos, cimientos sólidos. Y convencimiento pleno en lo que se sostiene. Solamente dominas algo, por complejo que sea, cuando eres capaz de explicárselo a tu abuela y te entiende, decía Einstein. Quien sabe, y sabe bien, normalmente es capaz de defender sus ideas con brillantez.

 

Otra piedra viene dada por el continente. Si creemos en algo, si estamos convencidos verdaderamente, se notará sin duda en nuestra gestualidad, en nuestra compostura. Los ojos, como muestra, son un auténtico balcón del alma, un extraordinario escaparate que acompaña siempre a lo que decimos. Las manos, la voz… el llamado lenguaje no verbal es el mayor notario de la verdad de lo que expresamos.

 

Una nueva deriva de la oralidad de los hechos. Hay múltiples asuntos que basta con mostrarlos, porque hablan por sí solos, ya que las cosas claras no precisan candil. Esa elocuencia es imbatible, y todos sabemos que la verdadera contundencia de los argumentos nace de la evidencia incontestable de la realidad o de las pruebas. En mis inicios profesionales, recibí una elegante reprimenda de un veterano compañero a mis ardores juveniles. Me recordó precisamente esto, que los excesos verbales o gestuales de nada sirven si no van acompañados por hechos concluyentes y poderosa razón.

 

La última piedra procede de la brevedad. No conozco a nadie al que le apasionen las monsergas. No cabe hoy más que limitar las palabras a lo imprescindible. Cuando veas a tus fieles moviendo sus posaderas en los bancos es que no les estás moviendo el corazón, es el momento de terminar tu homilía, recomendaba aquel viejo manual de seminario a los futuros sacerdotes. Esa concisión es la que toca siempre, entre otras cosas para respetar a los demás.

 

* Extracto del discurso pronunciado en el XXVI Concurso de oratoria Amadeu Maristany, in memoriam, en el Patio de Columnas del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona, el 11 de febrero de 2016.