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Views / Let’s talk about…

De una conversación en un taxi

Enrique Banús

El aeropuerto de Lima está bien lejitos de la ciudad. En realidad, no está en la ciudad, sino –como anuncian siempre al llegar– en la vecina “provincia constitucional de El Callao”. Se recomienda tomar un taxi de alguna empresa conocida; además, si paras a un taxi en la calle, quizá no pueda ir al Callao. Porque para entrar en esa municipalidad hay que pagar una tasa especial. Y hacer un curso. Y muchos taxistas no lo hacen y no la pagan.

 

Los chóferes de esas empresas, en su gran mayoría, son personajes silenciosos, que hacen el viaje de 30, 45 ó 60 minutos (depende del momento) sin decir palabra. Algunos otros conversan –si les das conversación. Y otros más, muy pocos en realidad, hablan y hablan y hablan.

 

Así uno de los últimos. Era bien temprano por la mañana; hay mucho vuelo nacional que sale a las 6 o antes (al Cusco, muy de moda entre turistas, antes de las 7 ya ha salido media docena de aviones), lo que genera una congestión importante en esa parte de un aeropuerto diseñado con generosidad hace pocos años y que ya se ha quedado pequeño: entre la mayor demanda interna que genera el bienestar y el aumento considerable del turismo, el aeropuerto está esperando una ampliación que no acaba de llegar.

 

Pues bien, el bueno del taxista empezó de inmediato una conversación. Detectó ya con el saludo que tenía como pasajero a un ciudadano español (el acento nos delata, amigos) e inició una indagación sobre la nobleza, los condes específicamente. Que si tenían alguna función de gobierno, responsabilidad sobre determinadas áreas. Y de ahí a los reyes y la monarquía. Tenía curiosidad, simplemente. Ninguna teoría republicana, ninguna crítica. Pero como España era el único país donde quedaban reyes…

 

Empiezo con una larga lista. Y al llegar a Tailandia y cuando menciono que en Japón hay un emperador, tras un breve excurso sobre esta figura, cambia de tema y me pregunta si soy católico. Entramos en una conversación en que demuestra ciertos conocimientos bíblicos. No sé muy bien hacia dónde va, al fin y al cabo no son ni las cinco de la mañana, conduce sin grandes rapideces y me voy poniendo nervioso, también porque en lugar de enfilar la carretera de la playa, que es la más rápida, se mete por Avenida de la Marina, desierta a esas horas, pero con muchos semáforos.

 

Aún así, le aguanto el tipo cuando inquiere sobre la única Iglesia verdadera y se lanza a una exégesis de Mateo 16, 18 que parece corroborar las tesis católicas sobre el primado de Pedro y la sucesión apostólica. Pero viene un quiebro cuando me dice que él era muy crédulo hasta que se dio cuenta de que la Iglesia Católica no cumple los mandamientos de Dios.

 

Sospecho que me vendrá con algún tópico sobre las riquezas de la Iglesia o sobre sacerdotes indignos, y mis ganas de seguir conversando van encontrando un límite en el sopor y en la lentitud con la que avanza hacia el aeropuerto. Pero no: me dice que la Iglesia Católica está incumpliendo el cuarto mandamiento, porque no celebra el Día del Señor en sábado, como está mandado, que se pasó al domingo por no sé qué razones que tienen que ver con Constantino. Y ya no hay más tema: olvidado está Mateo 16, 18, olvidada la sucesión apostólica, sólo un punto cuenta: no se cumple la ley de Dios, que ordenó santificar el sábado, último día de la semana y no el domingo, primer día.

 

Que el cambio tenga que ver con la Nueva Alianza y con que la Resurrección fue el domingo, eso tampoco cuenta.

 

Y mientras el amable (y lento) taxista me va conduciendo al aeropuerto, me doy cuenta de lo que es el fundamentalismo: un punto, sacado de contexto y de importancia relativa, se convierte en lo único decisivo. Quien no comparte ese punto está en el error total y global. Mi taxista ya no para: va lanzado (en lo verbal, que no en la conducción) y mi sopor me va dominando, porque el diálogo no es posible: en un monólogo in crescendo ya sólo intenta convencerme (o abrumarme) y sólo hay ese punto, defendido con ardor: “a mí nadie me va a convencer, porque lo he estudiado mucho”.

 

Y cuando una y otra vez repite que ese es el “cuarto mandamiento”, me embarga una profunda tristeza y ya sólo espero que lleguemos a tiempo al aeropuerto.

 

Cuando al final ya me dice que ha dejado de ser católico y se ha pasado a la única Iglesia verdadera, la única que celebra el sábado, ya no me sorprende, sino que me apena. Y ahora, cuando leo de los fundamentalistas y de los estragos que están causando, me acuerdo de mi taxista profundamente convencido de que él, y sólo él, había descubierto la verdad… mientras confundía los mandamientos.