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El futuro de la integración europea

Carlos Espaliú

Tras muchos años de una relativa estabilidad y de un crecimiento continuo en cuanto a número de miembros de la Unión Europea (UE), en los últimos tiempos asistimos a diversos fenómenos que han cambiado la verdad de nuestro continente. Por un lado, los recientes atentados terroristas de naturaleza yihadista están planteando problemas muy graves de seguridad, así como, supuestamente, de convivencia entre culturas. Por otro lado, el anuncio del Brexit advierte, por primera vez, que también la regresión es posible en la UE. Finalmente, la crisis de los refugiados ha golpeado fuertemente las conciencias y ha puesto en duda la veracidad de los valores de la UE.

 

Este panorama requiere una reflexión urgente sobre si existe una identidad europea o no y sobre las consecuencias que se pueden derivar de las posibles respuestas a esa pregunta para el futuro. No nos podemos preguntar hacia dónde vamos si no sabemos primero quiénes somos y cómo debemos actuar frente a los demás.

 

Me parece claro que sí existe una verdadera identidad europea, que se superpone a las identidades nacionales y locales. Yo diría que, incluso, es evidente, como lo fue para Ortega y Gasset, que nuestros conciudadanos, además de ser de tal pueblo o ciudad, son, de tal o cual nación y, al mismo tiempo, europeos.

 

La idea de Europa es tan fuerte que se podría sostener que el continente tiene alma, un espíritu que refleja los grandes ideales del Humanismo, como ya lo afirmara Thomas Mann. Desde la filosofía griega y la del denominado Siglo de las Luces, hasta el derecho romano y anglosajón, pasando por la ética judeocristiana y la ciencia de las universidades, todos los pueblos que la han poblado han contribuido a formar el alma de Europa.

 

Creo que los rasgos de la identidad europea aparecen hoy señalados en el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea: el respeto de la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos. Nadie mejor que el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, para apreciarlo. En efecto, en una carta que nos envió para confirmar el patrocinio del Parlamento a una de las actividades académicas en las que se volcó nuestra reflexión, señaló lúcidamente: “Estoy convencido de que la identidad europea, que se ha forjado en el transcurso de nuestra historia común, se fundamenta en nuestros valores compartidos, en nuestra unidad europea en pro de los derechos humanos y en contra de la pena de muerte, en la defensa de la democracia y el Estado de Derecho, así como en el fomento de la libertad y de la solidaridad” (1 de marzo de 2018).

 

Además, para mí, los derechos humanos no son solamente uno de los elementos más importantes de la identidad europea, sino que el respeto y la protección de los mismos es un elemento clave en nuestra reflexión sobre el futuro de Europa, pues es la clave de la convivencia de todos, también de aquellos que viven en nuestro suelo sin tener la suerte de ser europeos. A mi entender, el respeto de los derechos humanos es un requisito que se le debería exigir a toda persona que quiera vivir en nuestra sociedad, con independencia de su procedencia, raza, religión, sexo, condición económica, etc. Si alguien no está dispuesto a respetarlos, no tiene demasiado sentido que viva en Europa.

 
 
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