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Entrenado para vivir

Xavier Roa

Soy un afortunado porque vivo una vida para la cual estoy entrenado. Aunque soy joven y, a nivel profesional, apenas he oído el pitido inicial, sé perfectamente que la vida de todo ser humano tiene fecha de caducidad, así pues, mejor vivirla con un entreno previo que jugar el partido sin haberlo preparado.

 

Es evidente que cada uno afronta el partido a su manera y con sus tácticas, no hay estrategia perfecta ya que, al fin y al cabo, todos arriesgamos o apostamos sin saber el desenlace. Si no fuera así, probablemente, la vida perdería su magia. Mi manera de entrenar para la vida se llama doctorado o investigación.

 

El doctorado te enseña a comprender que dedicar horas a la ciencia no garantiza éxito en cuanto a resultados se refiere, que debes aprender a razonar el porqué de tus errores y a ser crítico con lo publicado por otros investigadores.

 

Todo un paralelismo con la vida: vivir no garantiza éxito ni ser feliz, vivir es arriesgarse a un juego de prueba y error ilimitado. Entonces, o eres crítico contigo mismo, razonas qué te ha llevado a caer derrotado y, a partir de personas como tú, intentas comprender tu situación personal, o el bucle del fracaso es continuo.

 

No solo acabamos el doctorado con una visión científica profunda del proyecto en el que trabajamos, sino que desarrollamos esta personalidad luchadora, crítica y responsable.

 

A pesar de este bonito y durísimo entreno lleno de retos, a pesar de que hay muchos jóvenes dispuestos a luchar y a sacrificarse, vivimos en un país al que no le gusta el modo de entrenar que queremos muchos jóvenes. Parece ser que a los árbitros que nos gobiernan no les gusta que practiquemos demasiado y que preparemos con detalle el día del pitido inicial. Tengo la sensación de que consideran que, como menos entreno hagamos, más fácil será derrotarnos.

 

En parte, juegan con una estrategia lógica desde su punto de vista. Me explico: si los jóvenes no nos formamos lo suficiente, si no razonamos, si no nos planteamos el porqué de las cosas, menos probabilidades habrá que queramos cambiar la manera de funcionar. Y todo ello conllevará, a largo plazo, que nadie les discuta cómo afrontar la realidad y, por supuesto, sus cargos nunca correrán peligro.

 

A nuestros gobernantes les gustaría ostentar un nobel científico español y el último (Severo Ochoa) fue en 1959. Sí, el mismo año en que Fidel Castro tomó el poder de Cuba, el mismo en que se formó ETA y el año en que llegó la primera sonda a la superficie lunar. Ha llovido alguna que otra vez desde entonces, pero es lógico que España no consiga un Premio Nobel con sus medidas, pues un Nobel no se consigue sin doctores, igual que una raíz cuadrada no se consigue con niños en P-3.

 

Por eso, ahora que estamos en un año de cambio de árbitros (y lo que queda), ahora que el viento apunta a nuestro favor, ya que hay una nueva generación de políticos jóvenes que piensan como nosotros, debemos plantear (si no exigir) que aumenten las becas de doctorado.

 

Dicho esto, no permitamos que se reduzca más la financiación a la investigación, no permitamos que se reduzcan las becas y los puestos de doctorado y hagamos políticas adecuadas para que no se deteriore (todavía más) el sector.

 

* Xavier Roa es doctrando de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud (UIC Barcelona)