We use cookies to offer our visitors a comfortable and transparent experience when browsing our website. If you continue browsing, we consider that you accept their use. You can change the settings and get more information. More info
Views / Let’s talk about…

Escuelas bajo presión digital

Ignasi de Bofarull

Vaya por delante que la revolución digital es una fuente inagotable de posibilidades e Internet es el futuro. La red,  al facilitar el intercambio inteligente de información, nos hace avanzar como civilización.  Hay por supuesto otras transacciones de información menos humanas y no precisamente civilizatorias. El punto de inflexión está en calibrar los intereses de la industria digital: tenemos que educar con lo mejor de la revolución digital sin someternos al ritmo de la industria digital.  Preparar para el futuro no es sinónimo de  llenar las aulas de cantidad de recursos digitales y cuanto antes. Preparar para el futuro ha de ser sinónimo de enseñar a pensar primero para, a un ritmo adecuado, acceder a lo mejor de los recursos digitales cuando el pensamiento abstracto sea capaz de obtener conocimiento de la información.

 

Los acelerados avances de las TIC no deberían invadir la vida educativa de una escuela ni de las familias de esta escuela al ritmo de la industria.  Y menos en la etapa infantil y primaria, donde sí deben estar disponibles, pero subsidiariamente. Deben llegar allí donde alguna vez el maestro no puede llegar: pero no lo pueden suplir. La escuela necesita estabilidad, andar paso a paso. En el centro del aula deben estar el maestro y el alumno, pues en su interacción directa, verbal y no verbal, surge el aprendizaje. La literatura científica lo señala con insistencia: un maestro con carisma que capta la atención de los alumnos, con la palabra, y les descubre con liderazgo la aventura de saber es una de las claves del éxito escolar.

 

Otra de las claves del éxito escolar es una escuela bien dirigida, con estilo propio, curricularmente original e innovadora  y capaz de coordinar equipos audaces de maestras y maestros. Finlandia señala desde hace muchos años que su éxito, consignado por PISA, es la excelencia de sus maestros, elegidos entre los mejores y los mejor preparados que desarrollan su tarea en escuelas de currículum descentralizado. Ahí, las TIC ocupan un lugar bastante más secundario. Las TIC deben estar al servicio de un gran proyecto escolar, pero el gran proyecto escolar no pueden ser las TIC. Las TIC no son, per se, innovación. Podrían ser a lo sumo un elemento de la innovación. Otra cosa sucede en la economía, en la política, y en muchas formas del ocio de masas: aquí, la comunicación probablemente precisa de la agilidad y la celeridad que ofrecen las TIC, pero la educación es otro universo con otro ritmo. No debe imitar la racionalidad instrumental de un mundo atribulado por el beneficio a toda costa, debe preparar para la vida en la dimensión más humana de la palabra. La escuela se ha de valer de las TIC pero no puede verse condicionada por ellas y, menos aún, por la presión potentísima de la industria digital (Apple, Google, Microsoft, etc.) que ve en la educación un campo inagotable de expansión. La escuela, en infantil y en primaria sobretodo, exige calma y lentitud  para apuntalar el  aprendizaje sosegadamente, para fundar los andamiajes del conocimiento presente y futuro.

 

Las aulas de primaria necesitan clases en silencio donde sólo se oye la voz de un compañero deletreando las palabras de un relato maravilloso y escuchado atentamente por el  maestro y los alumnos, que aprenden por imitación. En los últimos años el mobile learning, “aprendizaje basado en el uso de dispositivos móviles” (con tabletas, portátiles, móviles),  está avanzando en nuestro país y muchas escuelas se están digitalizando de tal forma que libros y lápices, manualidades y huertos, relatos e historias hermosas, naturaleza y cultura están  menguando. Se me dirá que se llega a todos estos lugares a través de las pantallas. Pero no es obviamente lo mismo. Es como si aquel gran sueño de la Escuela Nueva que proponía aprender directamente del libro de la vida –construir el libro de la vida defendido por Freinet– esté retrocediendo. Parece como si estuviéramos olvidando todas las lecciones de Montessori: agudizar la vista, el tacto, el gusto, el oído y el olfato de los niños; cultivar la observación atenta de los procesos, la reconstrucción sutil –oral y escrita– del pasado. Decroly afirmaba que hay que situar al niño ante la vida con toda su complejidad. Podríamos  añadir que hay que situar a los niños  ante la complejidad de la vida de un modo sereno y lento para que se empapen de ella. La Escuela Nueva quería superar los muros del aula, el  mobile learning también quiere saltar más allá de la pizarra y la tiza. Sin embargo la Escuela Nueva acercaba a los alumnos a la vida real en un conocimiento directo desde la voz perspicaz del maestro. El mobile learning  propone un acercamiento impersonal mediado por voces ausentes ajenas a los registros cognitivos de cada niño a cada edad.

 

Este conocimiento virtual puede ser muy interesante en bachillerato, en la universidad, en la investigación avanzada cuando el adolescente y joven ha interiorizado las estructuras de la realidad. Pero conocimiento virtual no es tan relevante para el niño que está descubriendo las dimensiones reales de las personas, de las cosas, de la naturaleza, del lenguaje oral y escrito, en la voz lenta y persuasiva de un maestro que le enseña con una expresividad que pocas tabletas, ordenadores y móviles pueden emular. La clave está en la relación alumno-maestro. Más adelante llegará el momento en el que el adolescente buscará en la red información, y ya con una aguda capacidad de resolver problemas, tomará decisiones y emprenderá con audacia proyectos, para obtener conocimiento. El niño aún no puede: está en los rudimentos, construyendo su aprendizaje, interiorizando estructuras cognitivas, ensayando por prueba-error, caminando hacia el futuro pensamiento abstracto que aún no posee y al que cuesta llegar. Se le ha de acompañar sin interrumpir el aprendizaje, sin someterlo a estímulos excesivamente dispersos. Necesita interacciones sociales comprensibles.

 

Es preciso aquietar el camino hacia la adquisición del lenguaje que es su mejor herramienta para entender y manejarse en el mundo como afirmaría Vygotsky y podría suscribir Bruner. Un lenguaje sutil y preciso, que conformará su interioridad y, que entre otras claves sociales, será la base de su identidad. Y para progresar en esta dirección  los niños necesitan muchas experiencias directas de la vida (no tantas virtuales): escuchar, ver, oír, manipular, y hablar y ser corregidos por los que son más capaces: los maestros, los familiares, la sabiduría de los mayores y la lectura.  Sin embargo, nos empeñamos en modernizar la vida de los niños, en acelerar su vida con tabletas y móviles sencillamente porque creemos que el futuro es imparable y ese es el ritmo que debemos seguir. No obstante, es preciso que nos acerquemos a las necesidades del presente del niño para que un día pueda ser un usuario crítico y eficaz del aluvión de información que nos rodea.  Para aprender a pensar necesitan manejar un lenguaje cada vez más refinado que será la mejor herramienta para desentrañar, entender y conducirse en la vida. Y el lenguaje llega desde las experiencias sociales de la vida.

 

Por otro lado, Ostrosky-Solís señala que el aprendizaje desde la lectura configura la estructura del cerebro. PISA ha repetido que una de las bases –sobre todo en primaria– de todo aprendizaje es la lectura comprensiva y atenta. Deberíamos  añadir que mejor si es una lectura en papel impreso y sin interrupciones, sin hipertexto sin pantallas entorpeciendo este proceso. Ya llegarán las pantallas y el aprendizaje más fragmentado que puede ser compensado con diversas técnicas muy sabias por los  estudiantes del final de la ESO y en bachillerato, y en la universidad. Ahora toca aprender a focalizar la atención en todas las tareas y sobre todo en la lectura, como señala Goleman en su último e imprescindible libro denominado Focus (2013 edición en castellano).

 

La literatura científica señala que la interrupción de la linealidad del proceso de lectura,  que es aprendizaje puro, es uno de los grandes perjuicios que puede ocasionar trabajar con varias pantallas accesibles y en paralelo. Señala que un dispositivo con conexión a la red  mezcla, a veces de un modo sincopado, aprendizaje (lecturas, ecuaciones, mapas…) y ocio (redes sociales, YouTube, Facebook, WhatsApp…). A este proceso de interrupciones el mundo anglosajón lo denomina multitasking disruption (interrupción en la multitarea).  Y este campo va unido a la psicología del conocimiento de siempre que señala que las personas, los niños también, aprendemos mejor si nos focalizamos en una sola tarea. La psicología del aprendizaje en estos casos distingue entre una carga cognitiva soportable para el conocimiento y  una sobrecarga cognitiva distorsionante para el conocimiento (cognitive load/cognitive overload).

 

Por tanto, si las tareas se multiplican, el conocimiento es menos preciso y más superficial. Preservar a los niños, que caminan hacia la lectoescritura, de este bombardeo es una buena iniciativa. Ya aprenderán más tarde, cuando los exámenes aprieten, a sortear la multitarea desconectando el wi-fi si se ha de estudiar en  profundidad. El niño, desde finales de infantil y en toda la primaria es demasiado vulnerable ante este impulsivo conjunto de reclamos lúdicos. Frente a mobile learning en infantil y primaria, quizá también en los dos primeros cursos de la ESO, la solución es esperar y encalmar el aprendizaje. Quizá en breve las escuelas pioneras serán aquellas que se centren en la lectura y la vida, aquellas que incentivan la escritura sobre la base de un aprendizaje profundo y sosegado. La revolución digital los sabrá esperar. De hecho los adolescentes y jóvenes destacan que aprender a manejarse en este mundo digital sólo exige unas semanas.

 

Escuela lenta, educación lenta: los padres que lleven a sus hijos a estas escuelas deberán especializarse en ralentizar el ocio también en casa, con los amigos, en las salidas (desdigitalizando el descanso) para que sus hijos sean más sabios. Y sobre todo creando un clima lector en el hogar al ritmo de la escuela: eso sí sería una auténtica revolución.