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Views / Let’s talk about…

Forrest Gump

Javier Junceda

De un tiempo a esta parte, no paro de encontrarme con personas de mediana edad corre que te corre por todos lados. Desconozco su destino final o la razón de ser de su despavorida huida calle arriba o monte abajo, que bien puede ser un embargo o el impago de una letra de la hipoteca. Eso sí, los veo siempre muy concentrados, serios, como autómatas.

 

Con sus auriculares bien calados, su cinta alrededor de la cabeza y el cronómetro-tensiómetro-marcapasos colgando de brazos, piernas o caderas, dando la impresión de precisar de ese galope para vivir. La mayoría de los que veo son enjutos, angulosos, con ojos fijos en el horizonte, aunque en alguna ocasión me he tropezado también con sufridores correcaminos de orondas y temblorosas carnes, en especial antes, durante o después de las vacaciones. Como pasan a tu lado, compruebas que no todos, ni siempre, acostumbran a aplicarse remedios que atenúan los rigores del sudor. Y como este comportamiento se ha convertido ya en plaga social, quien no lo practique es out, lo que fuerza a no pocos ciudadanos de pro, gentes dignísimas, a hacer el completo ridículo al calzarse ropa deportiva y ponerse a mover un esqueleto que, en su caso, mejor estaba en casa quietito.

 

Resulta muy arriesgado conjeturar acerca del real motivo que les impulsa a echarse a la carretera a galgar. Cada uno tendrá el suyo, como es obvio, y bien harán en dejarse guiar por él. Pero algo me dice que, emboscado en la búsqueda por “mantenerse en forma” y el cansino discurso sanitario oficial, puede encontrarse algo más. No puede ser que se haya extendido tanto esto cuando el número de bares no ha disminuido y ves con alguna frecuencia a estos mismos atletas que comento meterse tras su troteo unas cuantas cervezas, gin-tonics y otras bebidas espirituosas.

 

Nadie puede negar que hacer ejercicio provoca beneficios. Físicos y psíquicos. Darse una vuelta al aire libre o dedicar algo de tiempo a moverse sólo puede traer cosas buenas. Pero no hablo de esto, sino de la generalizada práctica ritual e intensa de deporte, con indisimulada pretensión, cuasi profesional, por meros aficionados.

 

¿Buscan una salida a la insatisfacción personal que les envuelve? ¿Persiguen conservar una salud que, necesariamente, sucumbirá con el paso del tiempo? ¿Pretenden desconectarse de los problemas habituales, en una suerte de espejismo momentáneo? ¿Quieren cambiar de aspecto, perdiendo kilos, pese a que tienen la complexión que tienen y que, por cierto, encandiló en su día a su pareja, junto con otras virtudes?… Quién sabe.

 

Lo que sí es claro es que nunca como ahora tanta gente se había puesto a correr detrás de Forrest Gump pero sin él delante.