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Fútbol base: una mina de valores

Santi Gilabert Camí

Respeto, trabajo en equipo, humildad, esfuerzo y ambición. Estas son las palabras que tantas veces he visto en el bar de la Ciutat Esportiva Joan Gamper, la del FC Barcelona.

 

La primera vez que las vi me hicieron mucha gracia. Sobre todo la de humildad. ¿Por qué “gracia”? Nada, porque a mi izquierda tenía Audi, algún Ferrari, Bugatti, etc., coches “muy humildes” de unos jugadores que cobran unos “poquitos” millones de euros y que tienen ambición —otra palabra de las que he mencionado que hay en el bar— para ganar más y más.

 

No dudo de que los propietarios de esos coches, que minutos antes partían hacia Berlín para volver con la quinta Champions del club azulgrana, trabajaron en equipo y se esforzaron para conseguir todo lo que tienen. Pero cuando miras a tu alrededor y ves que otros trabajan día y noche para intentar sacar a su familia adelante, te das cuenta de que algo falla.

 

Aquí quiero referirme al fútbol previo al de los Ferrari y Bugatti. Aquel en el que no hay tanto dinero de por medio: el que sirve para transmitir unos valores muy importantes y que te hacen mejor como persona. Unos los perderán y otros los mantendrán, pero tras un tiempo empapándome como un auténtico freaky en el mundillo del fútbol base, me he dado cuenta de que esos valores que leí en su día existen. O por lo menos eso intentan transmitir.

 

No hablo solo del Barça. Parto del conocimiento obtenido tras ver la manera de funcionar tanto de equipos de primer nivel, como el Espanyol, el Madrid, el Villarreal, el Valencia, el Sevilla, etc., como de otros menos conocidos, como el Jàbac, el Junior, el Sant Gabriel, el Girona —tela con ellos, de la mejor gente—, la Damm, el Cornellà, etc.

 

El fútbol es un lugar en el que se reúne gente de todo tipo, lo que da pie a que nazcan amistades muy interesantes, independientemente de que seas rico o pobre. Es una mina donde explotar estos valores y conseguir formar a personas de provecho. Los deportistas son como diamantes en bruto que debes ir picando para convertirlos en auténticas joyas humanas. Pero cuidado: toda mina es peligrosa y puedes picar en una bolsa de gas y provocar una explosión. Ese gas es la competitividad.

 

La competitividad se convierte en enemiga cuando esta se pone como objetivo principal en la formación de deportistas —personas, no lo olvidemos— y se deja de lado el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo en equipo o la humildad. Cuando lo importante es ganar, algo estamos haciendo mal. Si se lleva a cabo bien, puede ser un valor más, pero es muy tentadora. Cuando la competencia está por encima de todo es cuando uno se llena la boca hablando de valores, cuando en realidad es una simple fachada.

 

Educar a los más pequeños a través del fútbol —sin obligarles jamás a practicar este deporte— es una buena opción, por muchas noticias negativas que salgan relacionadas con la modalidad formativa. Aquí, para ser noticia debe ocurrir algo malo y vergonzoso. Los buenos comportamientos pocas veces son noticia. Es una pena, pero hay que lidiar con eso. Y soy de los que defiende que el fútbol no es un deporte violento. En verdad, ningún deporte es violento, sino que lo pueden ser las personas. Y como el fútbol es el que más gente practica y es un deporte de contacto —no como el tenis, por ejemplo—, por simple estadística es normal que reciba tantos palos.

 

He conocido a grandes jugadores, padres, entrenadores, delegados… gracias al fútbol base. Personas de diez. Me gusta ver cómo los más pequeños ven en los mayores una referencia y sueñan, sin obsesionarse, con llegar a ser como ellos. Les imitan, se peinan como ellos, celebran los goles igual, etc. Pero muchas veces pienso que son los mayores los que deberían fijarse en los más pequeños y en sus valores: que no olviden jamás de dónde vienen y cuáles son sus raíces.

 

Algunas veces, a los padres se les mete en la cabeza que su hijo tiene que ser el próximo Messi o Cristiano. Me gusta recordar un tuit de @Orlandtres que leí un día: “Uno de cada 16.000 futbolistas llega a Primera, Segunda o Segunda B. Soñar es bonito, sí: por la noche, después de estudiar”.

 

Creo que lo dice todo. El fútbol es una mina de valores. No nos equivoquemos. Para los jóvenes es un complemento a la formación que reciben en casa. Si en el futuro se convierte en una persona de provecho, habrá triunfado. Si además consigue vivir del fútbol, enhorabuena también. Me gusta recordar la dedicatoria que me hizo Pérez Lima, que fue árbitro en Primera División —de los mejores—, cuando me envió su libro: “Nuestra recompensa está en el esfuerzo, no en el resultado”.

 

* Santi Gilabert Camí es alumno de Comunicación Audiovisual (UIC Barcelona). Administrador de @jovenestalentos.