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Views / Let’s talk about…

Giants

Eduard Martí

He leído las prácticas de mi asignatura (una de esas “humanísticas”) y todavía estoy impresionado. En una de ellas intuyo algo de genialidad, algo que se sale de lo normal. Hay allí un dolor agudo y un alma grande. Una vez más, decido tirarme de la moto y en la siguiente clase le invito a tomar un café para comentar su práctica. Os lo confieso: soy de “esos” que invita a los alumnos a cafés. El café tiene algo mágico que despierta la intimidad: quizá es su aroma, o su color, o su sabor. Quizá. Empezamos.

 

Un chaval curtido en el dolor. El pequeño de dos hermanos, madre fallecida cuando él tenía nueve años, padre depresivo y enfermo. Y ya. Él sabe lo que es sacar las castañas del fuego, sabe lo que cuesta un euro. Doce años a contrapelo, ganándose el sustento con horas de trabajo que ni te cuento. Y está allí, en clase, como si nada pasase. A veces se distrae, a veces llega tarde. Sin duda no es el más brillante, pero yo te aseguro que es un gigante. Le escucho y me hago pequeño: el chaval tiene algo de genio. Algo excepcional. Algo que está más allá de lo habitual. Un luchador, un soñador. Gigante.

 

A lo largo de casi diez años he tenido muchas conversaciones como estas y todavía me sorprendo. Gigante. Le echaron de varios colegios, le dijeron que no se presentara a la selectividad y llegó a nuestra universidad. En tercero suspendió ocho. En secretaría le dijeron que no lo conseguiría, que repetiría. Aprobó todas y con nota. Ahora está haciendo un máster en un país lejano y sus sueños no han acabado.

 

Gigante. Su recuerdo no se ha borrado. Pelo largo y dorado, con el casco en su mano. En clase era tímida, incapaz de decir esta boca es mía pero cuando escribía… Un alma valiente, un espíritu rebelde. Una visionaria de mundos más justos y humanos, por los que lucha sin descanso. Renunció a ir a la graduación por ver la sonrisa de su hermana que ese día acababa la ESO. Gigante. Muchos dirán que es una histérica, una perfeccionista, directa, sin pelos en la lengua. Una “agobios”. Se equivocan todos. Yo la conozco. Tiene un corazón de oro, una sensibilidad excepcional y una generosidad sin igual. La carrera, no la ha acabado (aún le queda un año), pero una empresa ya la ha contratado. No le pienso perder la pista. Esta chica llegará lejos. Os lo prometo. Gigante.

 

Las tardes trabajando y las noches estudiando. Un chico corriente, inquieto y sonriente, de preguntas audaces y grandes ideales. La beca de una empresa lo envió a Nueva York. Cuando volvió, otra tecnológica lo fichó, donde en proyectos solidarios está metido, haciendo un mundo más digno. Gigante.

 

A lo largo de estos años muchas veces lo he pensado. El mundo universitario está lleno de gigantes. Quizá no respondan el correo que has escrito, quizá te den plantón y creas que van de listillos. Quizá alguna asignatura suspendan y a la reunión no vengan. Eso no importa nada, ¡monada! ¿Piensas que exagero? ¿Que de tonto tengo bastantes pelos? Te lo concedo, puede ser cierto. Pero piensa un momento. ¿Acaso tú eres mejor? ¿Seguro que nunca has dado un plantón? ¿Respondes los correos puntualmente y tu trabajo siempre es excelente? No te engañes: ellos son los gigantes y nosotros, unos principiantes.

 

No te enojes. ¿Qué importa entonces? Que les mires a los ojos y les digas que no están locos. Que descubras el brillo de sus ojos, esa mirada, esa sonrisa, ese gesto, esa lágrima, ese anhelo. Que les digas que tienen por delante un futuro impresionante. Que estés a su lado y les des un abrazo cuando sus pies estén cansados. Que les ayudemos a pensar en grande, porque ellos son gigantes.

 

Os lo confieso y no me avergüenzo. Ser profesor universitario es de lo mejor que me ha pasado, porque trabajo con gigantes a los que vale la pena ayudar.

 

* Eduard Martí es profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UIC Barcelona).

 
 
Una torpe vía