We use cookies to offer our visitors a comfortable and transparent experience when browsing our website. If you continue browsing, we consider that you accept their use. You can change the settings and get more information. More info
Views / Let’s talk about…

Capital humano y habilidades no cognitivas

Ignasi de Bofarull

Al hablar de capital humano la mayoría está de acuerdo en que los elementos fundamentales de este bien al que aspiran los estados, las sociedades, las empresas está fundamentado en conocimientos, técnicas, saberes aplicados. Cuando se habla en un lenguaje más técnico los expertos insisten en señalar que el capital humano exige una formación para la empleabilidad, es decir, se debe ir concretando en una formación de buenos profesionales y orientar a las necesidades concretas y reales del mercado laboral.

 

En esta línea, por ejemplo, el gobierno de Gran Bretaña ha identificado la educación STEM (STEM education) como una de las importantes prioridades en su escuela y su educación superior. STEM es una sigla –en lengua inglesa– para ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. El objetivo es una educación basada en unos docentes excelentes, motivados, capaces, los mejores en estas disciplinas, y que esté orientada hacia una economía fuerte en STEM. Y una economía fuerte en STEM es aquella que presenta resultados económicos, productividad, creatividad, competitividad. Sin embargo, el capital humano –la ciencia social lo viene señalando recientemente– no es sólo preparación técnica, conocimientos aplicables, empleabilidad entendida como aquella capacidad del que atesora un saber hacer muy demandado por el mercado. Es todo eso, por supuesto –seguro que los británicos que promueven la STEM education lo saben–, pero hay más. Un buen empleado no sólo es el que sabe mucho de una disciplina determinada; un buen empleado es una persona que además dispone de unas habilidades que le hacen muy deseable para las empresas: una persona de temple, tenaz, honesta, fiable y perseverante. La lista es larga pero estas habilidades son una muestra razonable.

 

Un movimiento creciente en el mundo anglosajón explora el potencial de los factores y atributos llamados no cognitivos. Es lo que se ha venido a llamar habilidades socioemocionales. También las podríamos denominar virtudes de carácter, en sentido clásico. Junto a los factores cognitivos de los que vengo hablando, estas disposiciones, habilidades sociales, actitudes y recursos intrapersonales e interpersonales no están asegurados en cada futuro empleado. No aparecen en los currículos tanto como sería preciso, no cuentan con asignaturas en la enseñanza media ni en la superior. En Estados Unidos recibe mucha atención la character education; sin embargo, aun siendo un asunto clásico ligado a la educación cívico-ciudadana, aún no podemos hablar de resultados a largo plazo. Esta educación del carácter está presente en muchos centros de secundaria y también en escuelas de negocios, pero no ha alcanzado todavía el suficiente desarrollo como para considerar que es una corriente en crecimiento constante e irreversible.

 

En cualquier caso, la empresa –lo que a menudo denominamos el empleador–, quizá a posteriori sabe que necesita profesionales leales, honestos, perseverantes. No sólo capaces de resolver problemas y tomar decisiones acertadas sino a la vez preparados para resolver estos problemas con humanidad, conciliadoramente y de tomar decisiones que, una vez iniciadas, cuenten con un constante y meticuloso seguimiento que las haga más eficaces.

 

En un informe desarrollado por el Departamento de Educación de EE.UU., la Oficina de Tecnología Educativa creo que pone el dedo en la llaga: su título es Promoting Grit, Tenacity, and Perseverance: Critical Factors for Success in the 21st Century (2013). Dejemos hablar a este estudio sobre estos factores esenciales en la creación de capital humano: “Estos factores son esenciales para la capacidad de las personas de luchar por objetivos de alto nivel a largo plazo y alcanzarlos, así como para resistir ante todos los desafíos y obstáculos a los que deben enfrentarse, tanto durante su formación académica como en la vida. Y lo que es más importante: somos prudentes al no considerar que estos factores solo atañen a los estudiantes. Es responsabilidad de la comunidad educativa concebir entornos de aprendizaje que fomenten estos factores para que los estudiantes estén preparados para enfrentarse a los retos del siglo XXI”.

 

Como señala el texto, no hemos de confiar en que estos estudiantes, futuros empleados, logren que, de ellos mismos, casi por generación espontánea, emerjan estos factores porque ya ocultamente deberían residir en ellos. No es así. La comunidad educativa, el estado, la sociedad civil, incluso el mercado, deben pensar en estos términos, deben crear entornos para que los universitarios estén preparados con vistas a los retos del siglo XXI. Por ello, me parece básico que estas habilidades no cognitivas tengan que estar presentes en los currículos de enseñanza infantil, primaria, secundaria y superior. Son una inversión que se puede evaluar en términos de coste-beneficios, tal y como James Heckman, premio nobel de economía, demuestra en sus trabajos empíricos. Quizá otro día debamos hablar de Heckman y de sus propuestas.