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Views / Let’s talk about…

La filosofía y sus acreedores

Pablo Romero

A cuenta del reciente debate en los medios acerca de la paulatina desaparición de la filosofía en el futuro bachillerato y de su pretendida “utilidad”, he recordado con nostalgia un viejo adagio académico que nos repetía un profesor en la carrera: “es imposible que de una pregunta mal planteada salga una buena respuesta”. Pondré dos ejemplos que ilustren lo que quiero decir.

 

A raíz de los atentados en París y, simultáneamente, de la aparición como por ensalmo de un sinnúmero de estrategas y analistas expertísimos y llenos de soluciones (todas ellas de ámbito moral y político, es decir, filosófico), se produjeron exhortaciones de diversos tipos: algunas, las menos, al diálogo entre religiones y civilizaciones como forma de conciliar posturas buscando la paz, y siempre en nombre de la filosofía; las más, por el contrario, a ejercer el legítimo derecho a la defensa invocando los pretendidos valores occidentales que tienen como sustrato, lo han adivinado, a la filosofía. Francia, cuna de la Ilustración y del aprecio a la razón. Etcétera. La razón filosófica enfrentada a sí misma, pareciera.

 

El segundo momento estelar fue hace unas semanas, durante la campaña electoral a las generales, cuando, tras la charla entre Albert Rivera y Pablo Iglesias, las redes sociales y los medios de comunicación se llenaron de opinadores que ponderaban la importancia que tenía o dejaba de tener el conocer la obra de Immanuel Kant, haberla leído o, incluso saber citarla. Había, por supuesto, todo tipo de pareceres, pero en el origen de la discusión se asomaba de nuevo el mismo error conceptual que nos hace dar vueltas de forma circular y estéril, que es precisamente lo que hay que impugnar: la pregunta misma y el sentido que tiene en nuestra época formularla. Porque no se trata de si la filosofía “es útil”, es decir, si se ordena a fines utilitarios, ni de si sirve o no “para algo” que produzca un rendimiento; ni, por supuesto, si han sido más decisivos para el mundo moderno Kant, Descartes o Rousseau –por citar sólo tres nombres–, que Newton, Mies Van der Rohe o Edward Bernays, del que aquí apenas nadie sabe nada.

 

¿Hay que conocer la obra de Bertrand Russell, la de Niels Böhr o la de Karl Marx? ¿Cuál de ellas ha producido más? ¿Cuál de ellas ha tenido más influencia o más utilidad, y cómo medimos lo rentable o no que hayan sido sus ideas? Porque es ahora cuando nos acercamos al núcleo del problema: el paradigma del rédito y la productividad como nexo de unión entre el conocimiento y el mundo. Aceptar la discusión en esos términos es entrar en un asunto cuya premisa, viciada de origen, es esa relación, indiscutida, entre la enseñanza de los saberes y su rentabilidad práctica, ya mercantilizada de origen. De este modo, las asignaturas, entre ellas la filosofía, no serían más que instrumentos programáticos para el mercado laboral. Hemos convertido lo utilitario, instrumental por definición, en finalidad.

 

Pero es que además, como todo saber técnico y altamente exigente, la filosofía, bien estudiada, es utilísima. Nos previene, en primer lugar, contra las falacias lógico-conceptuales y los sofismas devenidos en publicidad; o nos permite advertir cuándo la pregunta que damos por buena es tendenciosa y servil y nos sitúa en el tramposo territorio de lo contable, donde ante la demanda continuada del acreedor dan ganas de responder: “bien, qué se debe”.

 

* Pablo Romero es profesor de la Facultad de Humanidades de UIC Barcelona. Una versión más breve de este artículo se publicó en a La Vanguardia, el 18 de enero de 2016.