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Views / Let’s talk about…

Los árboles

David Senabre

Desde niño me han gustado los árboles. Todos los infantes que tuvimos la fortuna de crecernos cerca del campo habremos trepado por ellos con el instinto arrebatado por la acción. Seguramente terminamos sentados bajo sus sombras dormitando siestas de infancia. Nunca me he preguntado si esto tiene extrañas y vericuetas explicaciones psicológicas. Seguro que sí. Pero hablamos de árboles. La vida se te hace insignificante cuando vas aprendiendo la edad de muchos de ellos y tratas de imaginar cómo es posible cumplir siglos, enraizados, permanentes, testigos de tantos ires y venires humanos. Y como si nada. Firmes y eternos. Salvo por la alteración humana, estos paisajes que conforman los árboles nos hablan de historia. Son permanencias sobre las que el sentido humano del tiempo carece de sentido. La historia es un invento de la civilización para clasificar los hechos que pasan. Ni tan siquiera sirve para organizar los acontecimientos por llegar. Al árbol estas piruetas mentales de las personas le traen sin cuidado.

 

Sin embargo, entre el árbol y su entorno natural se establece una amistad correspondida donde todos tratan de no invadirse los territorios. No siempre lo consiguen. De esa lucha por mantener una vecindad educada nos beneficiamos los seres humanos. La naturaleza parece librar combates dos veces al año: en la primavera y en el verano. La primera estación, porque renacen de un invierno crudo, imposible de socializar. En la segunda, porque el estío altera los espacios naturales robándoles el agua nutricia y los árboles se resienten y enfadan. Y se agostan. De los combates entre la adolescencia primaveral y el estiaje maduro del estrés hídrico se nos regalan olores que a veces escapan a nuestros sentidos. Amar los árboles y no tener pasión por los olores naturales es un oxímoron de los afectos. Los olores de los árboles están enraizados en mí desde la infancia. Y los sabores de sus frutos. Y esa cálida temperatura sensorial que te transmite la tierra. Bendita naturaleza extremeña que me abrió al mundo de los sentidos. Los olivos; las encinas; la dehesa; la montaña. También soy geógrafo por estas experiencias. Necesito los espacios naturales para captar de ellos muchas esencias de espiritualidad que son regalos continuos. Me gusta y seduce ese tiempo detenido que se produce en ellos cuando se está. Se nos ofrece una comunión y a veces no sabemos captarla. Y los árboles siguen sonriendo desde sus permanencias. Es posible que nos incomodara su juicio sobre el hombre de la metápolis.

 

* David Senabre es el vicedecano de la Facultad de Humanidades de UIC Barcelona