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Los fríos ojos del desprecio

Enrique Banús

Hace algunos años, una persona que, por su profesión, ha tratado muy de cerca (sin ser uno de ellos) a los grandes políticos del mundo (grandes en el sentido del puesto que ocupan, no necesariamente de su personalidad… que eso depende de cada quien), me decía que uno de ellos le había dado miedo por la frialdad de su mirada: Vladimir Putin.

 

Ya lleva unos años despreciando a quien no le cuadra en sus planes de poder (mientras escribo esto estoy volviendo a escuchar el impresionante concierto  “To Russia With Love” del 7 de octubre de 2013, organizado por quienes lamentaban el duro desprecio de los derechos humanos en Rusia). Pero es como si ahora, con la “invasión” de Crimea, muchos hubieran despertado. ¡Caramba con este Putin, cómo se las gasta! Es la fría mirada del jefe de los servicios secretos, que aun lamenta el fin de la URSS, que le dio trabajo y poder tanto tiempo. De nada sirve añadir que Ucrania no ha sido capaz de integrar dos partes de su población en un solo proyecto.

 

También estamos viendo el verdadero rostro de algunos otros políticos. Nicolás Maduro se lleva en América Latina la palma de quienes suplen ineptitud con represión, en un plan para convertir Venezuela en una segunda Cuba, si pudiera: el proyecto para la nueva ley de educación es un paso temible que alineará toda la enseñanza (también la no estatal) con su proyecto supuestamente bolivariano. El precio: el hundimiento de un país y la escisión de la sociedad en dos bloques. Tampoco aquí sirve de mucho añadir que en las décadas pasadas los vergonzosos súper ricos de Venezuela no fueron capaces de construir una sociedad no ya solidaria sino ni siquiera justa.

 

También Cristina Fernández en Argentina está demostrando cómo hundir, a base de ineptitud y sueños de grandeza, un país que lo tiene todo excepto lo más necesario: la motivación para buscar un mañana mejor que el hoy, aunque no llegue al esplendor de un ayer que Argentina tuvo y dejó marchar.

 

Mientras tanto, Bolivia y Ecuador están más o menos contentos con sus dos autoritarios populistas, que, al menos, parece que han puesto freno a la corrupción y, sobre todo en Ecuador, están invirtiendo el regalo del petróleo en proyectos que favorecen a la población. Eso sí: con modales dudosos en bastantes ocasiones… y no sólo modales: su aversión a la libertad de expresión no es sólo una cuestión de formas.

 

En Perú, ante la debilidad del presidente y su gobierno y el afán de casi todos los políticos de dedicarse a las micropeleas de “-¿Corrupto yo?”, “–Pues tú un poquito más: a que te encuentro algún trapo sucio…”, ante la falta de gobierno, parece que se evoluciona “a la italiana”: la economía va bien sin el gobierno, la gente se lanza a mejorar su vida en lo material, las infraestructuras se estancan y los grandes problemas siguen igual de grandes, sobre todo la corrupción y la inseguridad: bandas y sicarios campan a sus anchas en algunas partes del país. En educación, algunas iniciativas excelentes (una generosa “Beca18” para estudios universitarios, por ejemplo) coexisten con el hundimiento en los indicadores PISA, que sólo mejorarán cuando los sueldos de los maestros sirvan para llevar una vida digna.

 

En fin, que hay alguna mirada muy fría en el mundo… y algunas otras bastante desvaídas. Que santa Lucía nos conserve la vista y santo Tomás Moro se preocupe de que haya políticos más capaces.