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Misericordia y trabajo intelectual

Giuseppe Tanzella-Nitti

[Ha pasado ya un año desde aquel gesto audaz. Irse a Bangui, República centroafricana, a hacer la première mundial de la apertura de la Puerta santa de la misericordia. Durante este año, que acaba de clausurar en Roma, el Papa Francisco ha querido despertar la sensibilidad de cristianos y amigos hacia la misericordia, convencido de que esta es la medicina que el mundo necesita. Siguen unas reflexiones del profesor Giuseppe Tanzella-Nitti, astrofísico y teólogo, escritas con ocasión de este año, que aún darán mucho que pensar. Porque la misericordia ha vuelto para quedarse.]

 

En un primer momento, podría parecer que los eventos de la cristiandad solo interesan a aquellos que comparten el punto de vista particular de la fe. No obstante, pienso que una reflexión sobre qué es la misericordia y cuáles son las obras que la caracterizan, puede interesar de verdad a todos: creyentes y no creyentes, también a aquellos que trabajan entre las paredes de esta universidad y de sus laboratorios y despachos.

 

El motivo de esta convicción me la proporciona la enseñanza católica tradicional sobre las obras de misericordia, como se transmite en los catecismos dirigidos a los cristianos. Las “obras de misericordia”, concretamente, se dividen en dos grupos, las obras de misericordia corporales y las espirituales. La enumeración está bien definida y particularizada en los catecismos anteriores al Concilio Vaticano II; sobria, pero igualmente clara, en el Catecismo del Vaticano II (cfr. n. 2447). También en la enumeración de esta última fuente, las obras de misericordia espirituales son nombradas antes que las corporales, aunque son estas últimas las más difundidas y fáciles de recordar. Así, todos sabemos que la misericordia se ejercita en el dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, acoger a los peregrinos, visitar a los presos y a los enfermos, enterrar a los muertos…

 

Sin embargo, es quizás menos conocido por la mayoría, que la Iglesia Católica distingue también 7 obras de misericordia espirituales, y proporciona una adecuada enumeración: aconsejar a los dubitativos, enseñar a los ignorantes, consolar a los tristes, perdonar las ofensas, tolerar con paciencia a las personas molestas, corregir a los pecadores, rogar a Dios por los vivos y difuntos. Reflexionando un poco, las cinco primeras obras se ajustan al trabajo de quienes se dedican a la enseñanza y a la investigación, de quienes tienen una actividad intelectual y están habituados a trabajar en equipo. Son obras propias de quien estudia, de quien enseña, de quien se mueve responsablemente en un ámbito cultural.

 

Cualquiera puede pararse un momento a pensar qué querrían decir hoy, en un departamento universitario o en un centro de investigación, en la clase de un instituto o en la relación con los propios estudiantes, las actitudes y obras siguientes: aconsejar a aquellos que dudan, porque están desorientados por lo que sucede y necesitan puntos de referencia, maestros que han huido o ya no existen; enseñar a aquellos que son víctimas de la superficialidad, de los rumores, de las falacias de la propaganda consumista, pero también a aquellos que tienen sed de cultura, profesionalidad y capacitación en los países en desarrollo y en las jóvenes sociedades emergentes; etc.

 

Cuando hablamos de afligidos a los que consolar, ¡cómo no pensar en nuestros jóvenes, a los que las escasas inversiones en cultura obligan a una competitividad que a menudo agota y obliga a emigrar a laboratorios y universidades extranjeras! Jóvenes que necesitan –aquellos que se quedan y aquellos que se van– ser consolados, sostenidos, animados, porque con sus escasas becas de estudio deben alimentar a una familia apenas formada, a menudo lejos de aquellos familiares que les ayuden con sus recursos y su tiempo.

 

Es en el ambiente intelectual y en el trabajo en equipo donde somos llamados a perdonar con sinceridad las ofensas que provienen de aquellos que juzgan de modo impersonal y burocrático, de quien hace clientelismo y no premia el mérito y el trabajo desarrollado, o de quien por competitividad o egoísmo salta por encima, miente y humilla.

 

Misericordia es soportar con paciencia a las personas que importunan; a los estudiantes que por décima vez preguntan lo que ya deberían saber; al colega charlatán que hace perder el tiempo, pero que en realidad necesita de alguien que le escuche, para sobrevivir y recuperarse psicológicamente. Misericordia es la paciencia que ejercitamos con quien no trabaja como trabajaríamos nosotros y no respeta las normas culturales o de profesionalidad con las que se mueve uno habitualmente en ciertos ambientes, pero que lo hace solo porque no ha tenido cerca a nadie que le haya podido enseñar algo distinto.

 

No quedan fuera de este breve recorrido tampoco las dos últimas obras de misericordia espirituales en las que, oportunamente traducidas, estaremos todos de acuerdo, también los que todavía no hayan encontrado a Jesucristo. Cualquiera que sea el significado que se atribuya a la palabra “pecado”, cuando advertimos que alguien está equivocado en algo y señalamos de modo correcto y fraterno a quien debe mejorar, sin juzgarlo o criticarlo, entonces estamos haciendo más humano un lugar de trabajo, más unido un grupo donde se estudia o se hace investigación conjunta. Rezar por todos, finalmente, no es sólo un ejercicio cristiano: “por todos” se traduce en pensar en los demás considerando un don haberlos conocido, apreciándolos, acompañándolos con nuestro pensamiento y nuestro recuerdo, siempre, porque son hombres y mujeres que nos encontramos en nuestro camino.

 

Lo que hemos esbozado rápidamente es lo que la cultura cristiana ha denominado, a lo largo del tiempo, con la expresión “caridad intelectual”. Tomás de Aquino estaba convencido de que la caridad en las cosas del espíritu era más importante que en las cosas referentes al cuerpo, que no debe faltar, pero que por sí sola, sería simple filantropía. Un autor como Antonio Rosmini lo situó en el vértice de su antropología. El Magisterio de la Iglesia Católica se ha referido indirectamente a ésta todas las veces que, especialmente a partir de Pablo VI, ha querido aclarar que, para la Iglesia, el concepto de “progreso humano” no se reduce solo al crecimiento económico o social, sino que debe siempre y necesariamente incluir también la educación, la formación, cuanto atañe a la dignidad espiritual de la persona humana. Para un docente, un profesor o un investigador cristiano, ejercitar la caridad intelectual es uno de los modos privilegiados de vivir la misericordia espiritual con todos, comenzando por aquellos que tiene más cerca. Y, como siempre, se traducirá en pequeños gestos cotidianos.

 

Así, antes de escribir un artículo o de preparar una clase, estaría bien preguntarse qué será de verdad útil a quien lo leerá o escuchará, y cómo facilitar su aprendizaje, preparando, también con esfuerzo si es necesario, el material didáctico adecuado y resultando claro al escribir o al expresarse; si compartimos de buena gana los propios recursos e instrumentos, enviando por ejemplo a alguien un artículo que sepamos que podrá serle útil, o facilitándole una información que sabemos podrá apreciar; haremos todo lo posible por aclarar y corregir con delicadeza y caridad los errores patentes escuchados en los razonamientos, en los juicios, en cosas que no son opinables sino que se atienen a la realidad de las cosas en los variados campos del saber, en particular, los que se refieren a la verdad del hombre, sus derechos y sus deberes, pero también la verdad de la historia y el honor de sus protagonistas. Alta manifestación de caridad intelectual, también, para todo estudioso cristiano, será ampliar los horizontes de amigos, colegas, conocidos, reforzando el amor a la verdad y suscitando en ellos el deseo de buscarla con todo el corazón y, una vez encontrada, abrazarla.

 

Bien visto, no es un programa de poca importancia. A cada uno nos toca saberlo traducir y concretar, sin refugiarse en lugares comunes o estereotipos. E interesa a todos, creyentes y no creyentes, porque la vida de todos está hecha de relaciones humanas, de búsqueda de la verdad, de compartir.

 

* Giuseppe Tanzella-Nitti es astrofísico y teólogo, director de la Scuola Sisri (Centro de Formación Interdisciplinar para el Desarrollo de la Cultura Humanística y Filosófico-Teológica de Jóvenes Egresados)