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Países serios… y los otros

Enrique Banús

En una clasificación todavía no admitida por Naciones Unidas, los países se podrían dividir en “países serios” y “países no serios”. Los países serios son los que resuelven los problemas; los países no serios, ante los problemas, crean comisiones y elaboran documentos.

 

Desde otro punto de vista, se podrían clasificar los países como “países pensados desde el ciudadano” y “países pensados desde la administración” (estas clasificaciones también se pueden aplicar a hospitales, universidades, etc.; a empresas supongo que no, porque quizá las no serias no sobrevivan… ¿o sí?).

 

Cuando se combinan las dos clasificaciones, resulta fácil entender que lo mejor son los “países serios pensados desde el ciudadano”. En cambio, los “países no serios pensados desde la administración” son un error.

 

Los países serios, muchas veces, tienen un puntito de dureza. Aún recuerdo, en Japón, la cara del conductor del autobús del aeropuerto al comprobar que yo no tenía billete y que, al ir a la máquina a sacarlo, iba a causar un retraso (quizá dos minutos) en la salida del autobús. Y a la vuelta, me lie con las monedas y la maquinita… y sonó una alarma porque estaba tardando mucho y vino un empleado de la compañía de autobuses y me arrebató las monedas y en segundos tenía mi billete.

 

O en Estados Unidos recuerdo también la tremenda bronca de una cajera en unos almacenes de ropa porque había visto una caja libre y me había ido hacia ella… sin tener en cuenta que había una larga cola que iba avanzando hacia “todas” las cajas…

 

También hay países no serios con un punto de dureza. Pero no pondré ejemplos…

 

He descubierto recientemente dos países en los cuales la seriedad (o sea, la buena organización) se combina con la amabilidad: Australia y Nueva Zelanda. Eficacia y organización sin ese punto de dureza. Así me ha parecido. ¿La clave? Probablemente la educación de los ciudadanos. Porque vi muy pocos policías, poquísimos, por las calles o incluso en los aeropuertos (en un vuelo nacional en Nueva Zelanda incluso llegué desde la calle hasta el avión sin tener que enseñar más que mi tarjeta de embarque: nadie me miró el equipaje de mano ni pasé por uno de esos arcos que suenan porque te has olvidado quitarte el cinturón… o los zapatos, que probablemente es la muestra más patente de desconfianza…, y todo ese desfile de modelos de calcetines…).

Respeto y comprensión. Me pareció que cada quien sabía lo que tenía que hacer. Y lo hacía. Serán impresiones, sin más. Y seguro que estando más tiempo allá aparecerían otros aspectos a tener en cuenta. Pero, de momento, queda la idea de que es posible, de que no es necesario ese puntito de dureza para construir un país serio.

 
 
Born to be alive