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La parentalidad bajo estrés

Ignasi de Bofarull

La modernidad tardía ha acelerado la sociedad occidental a un ritmo antes desconocido en diferentes planos: económico, comercial, laboral, político, social, etc. (Hartmut Rosa, Social Acceleration). Y esta aceleración impregna los hogares de una sensación de estrés que afecta a todo el mundo. En los primeros años de la vida del niño (0-3) la probabilidad de que sufra situaciones de estrés es grande y además deja una huella neurológica.

 

La ciencia social está hablando de hogares caóticos (household chaos). La parentalidad ejercida por estos padres bajo presión, señala la literatura científica, se traduce en una crianza no solo inestable, sino también incoherente, imprevisible. El niño, sobre todo en los tres primeros años de vida, no sabe a qué atenerse. Un ejemplo es el de las madres depresivas que apenas pueden responder a las señales que emite el hijo. Otro: los padres sobreprotectores, que infantilizan a sus hijos impidiéndoles que progresen en su autonomía. Y otro más: el cansancio de los progenitores, que a menudo rezuma mucha ignorancia y que se traduce en la ausencia de rutinas y criterios cambiantes, en estos años en los que el niño necesita orden y seguridad.

 

Y los niños acaban sutilmente abandonados, ya que sus padres —en ocasiones los abuelos o el cuidador— no se interrelacionan con ellos de una manera profunda; niños sin modelos adultos coherentes que a veces tiranizan a sus padres. Padres que a veces reaccionan con expectativas erróneas sobre los hijos, sin proporción. Y ruido.

 

La ciencia social insiste en que los hogares caóticos son ruidosos, donde el ruido del barrio tiene su incidencia. Un elemento fundamental de este ruido es el televisor, que permanece encendido constantemente y que entra en colisión con las tareas del hogar y del activo juego del niño, importante en su desarrollo, que es sustituido por la pantalla. En los últimos años, a este niño menor de dos años a menudo lo acompañan tabletas y móviles para que se entretenga y no interfiera en las labores del adulto. Niños “solos” que lingüísticamente sufren retrasos, ya que el lenguaje exige interrelación, cara a cara, con el adulto. Un lenguaje pobre que después repercute en el aprendizaje. Y, después, la escuela infantil y primaria no puede revertir el retraso cognitivo que se forja en casa.

 

Niños “solos” que manipulan la culpa de unos padres ausentes —aunque estén en casa— desobedeciendo las normas hasta el punto de que los trastornos de la conducta comienzan a frecuentar pronto: niños agresivos y desafiantes; en otras ocasiones, niños excesivamente cerrados y asustadizos que llegan a perder pautas de sociabilidad básicas o que presentan verdaderos problemas de comunicación.

 

Así lo constatan los maestros de infantil y de primer ciclo: cada vez llegan más niños con necesidades educativas especiales, niños más problemáticos, más ingobernables, ansiosos o depresivos. Niños agresivos o incapaces de mantener la atención, de focalizarla, y que no siguen la pauta del aula.

 

¿Las causas? Esta es la cuestión. No están nada claras: el temperamento del niño (su base biológica es básica), pero el ambiente (también se habla de environmental chaos) juega un papel fundamental: no solo la familia, también el barrio, la escuela, la comunidad determinan el desarrollo del niño desde el punto de vista bioecológico, utilizando el modelo de Bronfenbrenner. Hay barrios y comunidades con numerosos factores de riesgo que la familia integra en su hogar. El niño puede quedar marcado neurológicamente, pero nadie ve nada extraño. No pasa nada, pues a ojos de los padres el niño come y duerme con cierta normalidad. Estas adversidades quedan bajo la piel. Hay que decirlo de una manera directa: estos niños están cerca de ser catalogados como casos de maltrato en el plano concreto de una atención negligente, o de una deprivación emocional. Y este estrés tiene consecuencias biológicas en la maduración neuronal.

 

La neurociencia más reciente está dando claves para entender el desarrollo de la arquitectura del cerebro en los cinco primeros años de vida. Son momentos delicados en los que se forja el progreso o retroceso infantil en tres planos: aprendizaje, comportamiento y salud (física y mental). Los avances de la neurotecnología, como la imagen por resonancia magnética (IRMf), ofrecen una mayor comprensión sobre cómo se desarrolla este cerebro, cómo se desarrollan sus funciones y de qué manera las experiencias tempranas positivas o adversas afectan a su evolución. Esta neurociencia más reciente afirma que el niño progresa si recibe un cuidado responsable y enriquecedor en la interacción con los padres (parentalidad sensitiva y responsiva) y los cuidadores. Aquí se apuntala el progreso psicobiológico en muchos planos. Entre otros, está el plan lingüístico y cognitivo, motor, la atención sostenida y también emocional, social y conductual (en que destaca la inhibición del impulso). Es decir: estos progresos se empiezan a consolidar hacia los cinco y seis años. Son aquellas capacidades que se conocen como funciones ejecutivas —procesos mentales de alto rango situados en la corteza prefrontal—, si hablamos en los términos más técnicos.

 

Consecuentemente, ha crecido una investigación que se ocupa de los efectos de la negligencia (sutil maltrato psicológico) sobre el cerebro en construcción y otros sistemas como el inmune, cardiovascular o el endocrino. Hasta hace pocos años estos efectos se explicaban en el plano psicológico, emocional y comportamental —apego inseguro, evitativo, desorganizado, etc.—, mientras que ahora gran parte de esta investigación cuenta también con los registros neurobiológicos. Los efectos del maltrato psicológico (privación de afecto, negligencia en los cuidados, etc.) ahora se conocen con precisión en las imágenes de las regiones cerebrales que ejecutan una tarea determinada (“National Scientific Council on the Developing Child”, Harvard).

 

Hasta hace poco estos daños invisibles habían sido difíciles de detectar, ya que no dejaban un rastro exterior como el maltrato físico. Pero los datos observables de estas funciones cerebrales describen cómo el trato negligente (podríamos añadir caótico) por parte de los cuidadores se convierte en un estrés tóxico y cómo este estrés perjudica el desarrollo neuronal del niño, con consecuencias anatómicas, fisiológicas y bioquímicas que se prolongan en la segunda infancia, la adolescencia y la vida adulta.

 

La prevención tiene lugar en la detección de estos casos en la escuela infantil y en la atención pediátrica. A medio plazo el objetivo es examinar en profundidad la importancia del cuidado parental y preescolar en los primeros años de la vida del menor. ¿Qué hacer? Los expertos señalan que hay que rediseñar la atención pediátrica y psicológica de los niños menores de cinco años desde la medicina y la educación pública y privada, a través de formación a médicos y maestros. Se necesitan nuevos protocolos para reconocer a las familias de riesgo: es necesaria la detección de situaciones de estrés, privación de afecto, desorden familiar, y hay que llegar cuanto antes. En los primeros años de vida de los niños los padres en situación de riesgo deben ser formados en el propio hogar, semanalmente, en unas pautas de parentalidad serenas, ajustadas, previsibles. Estas prácticas ya tienen lugar en países anglosajones, a menudo relacionadas con programas de la escuela infantil (home visit program).

 

La escuela infantil debe contar con ratios niño-adulto muy razonables y regladas por los estándares de calidad internacionales (Study of Early Child Care and Youth Development, SECCYD-NCHIDD), en que cada cuidador se ocupa de pocos niños. Y a esta formación y a esta escuela se deben sumar unos permisos parentales generosos, como sucede en la Europa del norte. Todo ello no es un gasto, sino una inversión en términos de capital humano, como señala el premio Nobel de Economía Heckman.

 

* Ignasi de Bofarull es profesor de la Facultad de Educación (UIC Barcelona) y sociólogo de la familia.