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Piratas de un nuevo mar

Montserrat Nebrera

El pasado día 2 de febrero celebramos en UIC Barcelona una jornada sobre piratería en Internet. El debate puso de manifiesto que este tema es una de las más claras evidencias del momento de frontera que vivimos, por causa del papel creciente de las nuevas tecnologías en nuestras vidas y cómo este afecta a ideas tradicionalmente aceptadas, como la propiedad intelectual y artística, e incluso el acceso de la gente a la cultura, todos ellos reconocidos como derechos en los textos constitucionales occidentales. Porque si la discusión evidenció que todo el mundo se enfrenta al fenómeno desde su interés particular, todas las visiones tienen una parte de razón. Hagamos un repaso.

 

Por un lado, se debería entender que, si se protege la propiedad tangible de una bolsa o de un cuadro, el derecho reaccione también intentando proteger otras propiedades menos corporales, pero no por ello inexistentes, como son las ideas, las invenciones o las creaciones artísticas. Alguien podría objetar que en el mundo actual todo lo que se puede vehicular mediante el ciberespacio deja de ser personal o privado y queda incorporado a una especie de propiedad colectiva, pero quien escribe una canción quisiera venderla como hace con el pan el panadero o como hace el constructor con una casa. El interés porque la música o la literatura también puedan ser objetos comerciables lo tienen sobre todo los pesos pesados de la industria cultural (productores, editores, distribuidores…) y así, por una u otra razón, el caso es que es con la finalidad comercializadora de la creación que el derecho reacciona y, en su vertiente más punitiva, califica de delito todo tipo de acción que busque lucrarse con la propiedad intelectual o artística ajena.

 

Pero ante quien piensa —y el Estado participa de esta opinión— que la solución se encuentra en endurecer la legislación que persigue la piratería o ser más efectivos en la aplicación, hay quien cree que la creatividad del autor debe incluir ser capaz de imaginar nuevas vías para hacer llegar su obra al público consumidor, sin intermediación, pero con algún tipo de “hecho diferencial” que disuada al destinatario final de “piratearla”.

 

Quizás esto no sea del agrado de todas aquellas profesiones que han surgido en el entorno del creador y que se llevan, al menos, la mayor parte del pastel. Pero si “adaptarse o morir” ha sido el rasgo definidor de la humanidad desde sus inicios, frente a los modernos formatos de comunicación, al creador no le queda otra opción que repensarse, si no quiere ser engullido por la realidad, aunque nos parezca incomprensible.

 

Sin embargo, también hay quien propone concebir el arte como algo de titularidad global, que no debe ser sometido a ninguna regla en cuanto a su disfrute por todos. Un café tomado con Melchor y Mia, dos estudiantes que ahora están en segundo de Derecho, me puso sobre la pista de que las nuevas generaciones son de esta opinión, más allá de las fronteras encorsetadas del derecho legislado. Incluso se preguntan si el artista debe vivir de su obra, o debería pasar como con tantos otros creadores de otro tiempo, a los que el hecho de morir en la miseria a pesar de su reconocida genialidad permitió mitificar la esencia pura del arte…

 

No obstante, dos dudas planean sobre la realidad pirata: por un lado, si sin ningún tipo de ganancia para el creador será posible preservar la creación artística, e incluso la técnica, que no deja de ser un proceso creativo, en algunos casos realizado por visionarios, a veces verdaderas obras de arte superiores al cine, como algunos videojuegos. Si será posible que alguien siga creando si nadie contribuye a su subsistencia. Y en este sentido, y pensando en el arte más inútil —la inutilidad mercantil, se entiende—, en algún momento se tendrá que retomar el debate sobre el mecenazgo para hacer posible obras como la de Miguel Ángel o como la de Gaudí. En todo caso, los dos estudiantes “críticos” responderían a este interrogante con las experiencias de éxito de algunos creadores, que han sido descubiertos en Internet y que viven de los millones de clics sobre su obra, y no precisamente en la miseria.

 

Por otro lado, sin embargo, la segunda duda está justamente relacionada con este tipo de arte cibernético, y la posibilidad de que exista el arte en el futuro si en el presente se produce un consumo de obra artística compulsivo, apresurado, irreflexivo, debido a la descarga masiva de música, cine, fotografía, sin pagar por ella más de lo que cuesta una tarifa plana de teléfono. Porque medidas como el canon digital, aplicado al precio de cualquier objeto comercial que pueda servir a la descarga de obra de otro, se topó en el debate con la crítica, tanto de los que creen que pagando por Internet ya pagan lo suficiente como de los que nunca lo utilizarían para obtener gratis cualquier creación de otro que este no ponga gratuitamente a disposición del público.

 

La respuesta de la generación digital es obvia: siempre que cambian los formatos cambia en parte el contenido, pero desde los primeros papiros ha sido así, hasta llegar al Inodoro de Duchamp, considerado en 2004, por medio millar de artistas, la obra de arte más influyente del siglo XX. Si todo puede ser arte, ¿por qué no el arte que excreta de la red?

 

Por ello, o a raíz de ello, se puede decir que la batalla contra la piratería se ha perdido en otro ámbito, en un espacio donde ha quedado consagrada como una de las bellas artes, y es el de la opinión pública o, lo que es lo mismo, en el ámbito de la terminología.

 

¿Piratería? El disfrute de la propiedad de otro sin su consentimiento es considerado delito en nuestro sistema jurídico, pero nunca se ha tipificado su consumo, solo la copia y distribución de productos digitales como forma de negocio, lo que hace difícil erradicar una práctica tan popular como el nombre con el que se define. Sus críticos han perdido la batalla al aceptar un nombre que, de puro evocador, ha alejado la norma jurídica de la consideración social, con la paradoja de que ha sido la creación artística —la literatura y, sobre todo, el cine— la encargada de cultivar la visión romántica de un sistema que se alza contra el sistema.

 

Que no se me enfade el creador (en minúscula), pero como en las profesiones en general, y si las nuevas tecnologías han venido para quedarse, la humanidad tendrá que encontrar la manera de convivir con sus creaciones para no caer en ridículas contradicciones o en el victimismo.

 

* Montserrat Nebrera es profesora de la Facultad de Derecho (UIC Barcelona).