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Praise of teaching

Xavier Escribano

El arte de la docencia es una actividad libre, creativa y comunicativa, reiteración ritual de un gesto de vital importancia que la humanidad ha tenido que practicar desde el origen: la transmisión viva del conocimiento y de las adquisiciones culturales fundamentales. Las civilizaciones y culturas no son otra cosa que sofisticados sistemas de vehiculación tradicional de los saberes y de las prácticas esenciales, que ninguna generación no puede olvidar ni dejar de revitalizar.

 

Por herencia biológica nuestro estómago sabe cómo debe digerir los alimentos ingeridos, pero solo la herencia cultural enseña a nuestras manos la alquimia de los ingredientes y los secretos de la cocción que transmutan en alimentos las sustancias más salvajes. La digestión es un asunto fisiológico que se trasmite por reproducción biológica, la gastronomía es un asunto artístico que se comunica en un proceso de enseñanza-aprendizaje tan antiguo como la primera palabra.

 

Cómo hacer el nudo de la corbata, cuáles son las dimensiones de nuestra galaxia, lo que significa ephatá en el arameo hace veinte siglos, qué medidas tomar para evitar más derrames de petróleo en el océano… las respuestas a estos y otros muchos interrogantes se nos han de enseñar y las tenemos que aprender de la misma manera que nuestros más remotos ancestros aprendieron a modelar jarrones de arcilla, a enterrar a los muertos o a invocar a los dioses: con gestos simbólicos y palabras portadoras de significado.

 

Más allá de la letra muerta, el instrumento fundamental del arte docente es la palabra viva. Ahora bien, el docente no es un hablante solitario, un actor de exquisitos monólogos; su arte no es el soliloquio, sino la palabra interpelante que surge al mismo tiempo de los propios pulmones y del rostro del otro. Como repetía siempre Carmen Martín Gaite: la verdadera elocuencia se encuentra en quien escucha.

 

Hablar con la intención de enseñar, escuchar con la voluntad de aprender son actos plenamente humanos y plenamente libres. Como dice Daniel Pennac, hay verbos que no soportan el imperativo. Por más que grite “¡aprende!”, “¡oye!”, las puertas del alma solo se abren desde dentro. Les pasa como a las formas verbales “sueña” o “ama”, no se pueden forzar externamente. No hay otra manera de atraer hacia la verdad y el conocimiento que encarnándolos auténticamente con la propia vida.

 

El arte docente no está exento de peligros: como toda actividad de conocimiento, puede mirarse con la apariencia seductora de la nada; como toda relación profunda entre personas, puede corromperse con formas de dominación y control; como toda empresa moral protagonizada por individuos de carne y hueso, puede quedar ahogada por la presunción, la vanidad o la arrogancia.

 

Luchando a muerte contra estos fatídicos enemigos, la docencia es –para todos aquellos que la viven con pasión– una vocación, un arte y una forma de vida que hay que recuperar en toda su dignidad, saborear en su belleza y no dejar de celebrar diariamente. Porque el instante en que un profesor cierra la puerta de un aula para hablar y para escuchar a sus alumnos es verdaderamente mágico.

 

* Xavier Escribano es profesor de la Facultad de Humanidades (UIC Barcelona).