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¿Quién cuida al cuidador?

Maria Dolors Navarro

Es bien sabido que la enfermedad crónica produce un gran impacto en la vida de las personas que la sufren y en sus familias, que se deben adaptar a la nueva situación hasta conseguir un cierto equilibrio en el entorno personal y familiar. Sin embargo, este equilibrio no es fácil de recuperar. El entorno más inmediato del enfermo, su familia y, sobre todo, su cuidador viven así una dualidad: la de la propia enfermedad de la persona querida y la del proceso de adaptación ante la nueva situación.

 

En nuestra sociedad, la mayor parte de los cuidadores informales son mujeres. Quizá porque presentan una esperanza de vida mayor a la de los hombres, pero también porque, tradicionalmente, han adoptado la responsabilidad de atender a los miembros de la familia. Suelen ser, de esta forma, las encargadas de prestar los cuidados informales en la mayor parte de los casos de enfermedad.

 

Los cuidados informales son el conjunto de acciones realizadas para atender las necesidades de una persona enferma o discapacitada con la que el cuidador mantiene una relación personal. Sin embargo, los cuidadores informales no suelen estar preparados para asumir estos cuidados durante un tiempo prolongado.

 

Surge así el concepto de carga del cuidador como el peso o la responsabilidad que asume una persona al cuidar y atender a un ser querido en situación de dependencia. Esta carga está relacionada con el tiempo y las circunstancias que rodean a la situación familiar y, además, con el impacto que la situación produce en el propio cuidador, tanto a nivel físico como emocional y social.

 

La acción de cuidar a un ser querido puede aumentar la autoestima del cuidador, así como su propia eficacia al ir atendiendo las necesidades del enfermo, su crecimiento personal y el hecho de sentirse bien con uno mismo. Sin embargo, y aparte de los problemas físicos relacionados con el cuidado que puede presentar la persona, entre las afecciones más frecuentes que aparecen en el cuidador está el cansancio y la depresión, así como la dificultad de mantener una vida relacional y social con su entorno, lo que hace que el cuidador se vaya sintiendo cada vez más aislado. Esta situación puede provocar en la persona una pérdida de su propia identidad, un duelo, rabia o deseo de retomar el control de su propia vida. A su vez, el hecho de que el cuidador sea consciente de estos sentimientos puede provocarle una sensación de culpa.

 

Por estos motivos, es imprescindible que se establezca una buena relación y comunicación entre el cuidador y el equipo de profesionales que lleve al enfermo. En situación de vulnerabilidad, paciente y cuidador valoran enormemente, además de sus competencias técnicas, las competencias humanísticas que los profesionales puedan transmitir. La información de calidad, la empatía, la calidez en el trato y la cercanía ayudarán a que el cuidador pueda desempeñar su función en mejores condiciones.

 

Es necesario responder a la situación de vulnerabilidad por la que pasa el cuidador con un asesoramiento y apoyo eficaces que contribuyan a mejorar su bienestar y el del paciente, no solo a nivel físico, sino también emocional.

 

* Maria Dolors Navarro es la directora del Instituto Albert J. Jovell de Salud Pública y Pacientes, de UIC Barcelona.

Artículo publicado en la revista New Medical Economics.

 
 
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