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Los retos de las empresas familiares

Antoni Bosch

Este trabajo lo he titulado “Los retos de las empresas familiares”, pero he dudado. Quizás debería titularse: “Tu progreso depende de las empresas familiares”. Explica mejor lo que quiero decir a medida que se avanza en la lectura de este. La idea es muy sencilla y utilizo un símil para explicarla.

 

Cada vez que se quema un bosque, se quema algo de nosotros. Cada vez que muere una empresa, algo en nosotros también se muere. Puede parecer exagerado pero si se piensa con detenimiento no lo es. Para pensar con detenimiento nótese los millones de empresas familiares que existen  y apúntese que un altísimo porcentaje son empresas muy pequeñas. Son como pequeños bosques que están por todo el país, hay millones de ellos. Uno no es importante, pero el conjunto no puede retroceder. Es el ecosistema. Algo así ocurre con las pequeñas y medianas empresas —la gran mayoría— familiares. Son parte del ecosistema económico y social.

 

Están en todos los lugares y en todos los sectores. No es  únicamente el  pequeño bar o restaurante; el colmado cercano; la librería o la peluquería. No es solamente esto, también son marcas de prestigio que tienen productos de calidad en ramos tan diversos como la alimentación, la moda  o la investigación más puntera. De ahí que no sea de extrañar que en España —como en otros países— las empresas familiares sean mimadas por los poderes públicos y queridas por la sociedad, pues forman parte de ella misma.

 

¿Cuáles son los retos de la empresa familiar? Son muchísimos, innumerables. Cada empresa tiene sus propios retos. Sin embargo, no hay duda que los retos comunes son básicamente dos: ser familiar y asegurarse la sucesión. Estos son retos macroeconómicos y también macrojurídicos. Pienso que se puede afirmar que el legislador debería tener presentes estas dos cuestiones a la hora de regular o simplemente de ejecutar políticas de  fomento.

 

El primer reto es ser familiar. Digamos que esto va en el concepto. Detrás de una empresa de este tipo existe una familia: un padre o una madre empresarios y unos hijos o nietos futuros sucesores. “Hay que cuidar la familia, para que la empresa prospere”, puede afirmarse. El reto número uno es cuidar la familia. ¿Para qué? Para que las crisis familiares no existan o de existir no influyan —al menos significativamente— en la marcha de la empresa. La separación o el divorcio del empresario o la empresaria es una mala noticia para la familia y para la empresa. Tomar conciencia como colectivo esencialmente vulnerable al deterioro del ambiente familiar es un reto. Considerar  que las crisis matrimoniales son malas y hay que evitarlas, no solo es de sentido común, sino que es necesario saberlo y comprenderlo.

 

Planificar la sucesión

 

Un segundo reto es lograr una  sucesión exitosa. Se trata de pasar, mejor,  entregar la empresa a la generación siguiente: de padres a hijos, de hijos a nietos y así sucesivamente. Las empresas que lo consiguen y son de tercera, cuarta o quinta generación dejan de ser pequeñas y medianas empresas para convertirse en grandes, a veces muy grandes, empresas. Todos conocemos ejemplos.

 

Pienso ahora en una empresa pequeña y familiar dedicada a la fabricación de esencias. El fundador empezó con un pequeño laboratorio haciendo mezclas y vendiéndolas al por mayor. Primero en España: crea una red de distribución en el territorio nacional, y luego, a base de ir a ferias y patearse el mundo, empieza a crecer: Europa, Oriente Medio, América.  Es una historia real. Pero muchas de estas historias se han producido y se producen en Cataluña cientos de veces a lo largo de los últimos años.  Este es uno de los patrimonios sociales y culturales que hay que defender: nuestras PYMES familiares.

 

Como sociedad pienso que debemos plantearnos la siguiente pregunta. ¿Vale la pena, después del enorme esfuerzo personal, familiar, social, empresarial, financiero, no ocuparse de la sucesión? Ya se atisba que el  segundo reto de la empresa familiar es procurar una buena sucesión. Empleo la palabra acertada “procurar” porque esto de la sucesión no es tan sencillo. Planificar la sucesión —uno de los conceptos estrellas del mundo de la empresa hoy— es algo muy, muy complejo. ¿Por qué? Por muchos motivos. El primero, porque nunca hay prisa. Nadie en plena forma piensa que se vaya a morir mañana o en unos meses. Precisamente, la falta de urgencia es un inconveniente. Unida a la falta de urgencia está un hecho evidente: un cierto y total repelús a hablar de nuestra muerte.

 

Encontrar un sucesor

 

Precisamente la otra cara del reto es encontrar uno o varios sucesores. Esto sí que es realmente difícil. Aclaro. Suceder a alguien es muy fácil: basta aceptar la herencia, adjudicarse los bienes y te conviertes en propietario. Pero suceder en una empresa no es lo mismo. Hablemos un poco de liderazgo. Todo empresario es un líder. Saber asumir riesgos es una cualidad típica del empresario, quizás la cualidad que le distingue del resto de los mortales: el que no arriesga no gana. Pero esta facilidad no está —que yo sepa— en el ADN, ni se transmite por herencia.

 

Encontrar a un sucesor es un reto clave. El sucesor debe tener algunas cualidades  propias pero no hay duda que puede ser “educado” en función del objetivo y el destino que se pretenda.

 

También las empresas familiares pueden superar el reto y conseguir que el sucesor acepte pero hay que hacerlo con tiempo y sabiendo lo que hay que hacer.

 

* Antoni Bosch Carrera, notario, es profesor de la Facultad de Derecho de UIC Barcelona. Artículo publicado el 22 de septiembre de 2015 en el suplemento “+Valor” de El Periódico.