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Sobre el agradecimiento

Javier Junceda

Se atribuye a Cicerón esta hermosa máxima: “la gratitud no es solo es la más grande de las virtudes, sino la madre de todas las demás”. Pocos sentimientos contribuyen tanto a la satisfacción y al desencanto cuando falta. Como en infinidad de asuntos, es más fácil detectar la ingratitud, acaso porque es menos frecuente. Por eso, el efecto que provoca el desagradecimiento es de una desolación y desilusión notables. A quien hacemos bien y nos lo agradece con un gesto, por mínimo que sea, lo queremos tener siempre cerca, algo que no sucede con el desagradecido. Cierto que hemos de hacer el bien sin mirar a quien, pero también que es de bien nacido ser agradecido.

 

Días atrás, estando con mi familia disfrutando en una terraza, se nos acercó respetuosamente a la mesa un mendigo a pedirnos limosna. Mecánicamente, le dijimos que no. A los pocos segundos, uno de mis hijos me susurró al oído, “Papá, yo le voy a dar unas monedas, porque tras decirle que no, él nos ha dicho: ‘gracias y perdón por pedir’”. Ese gesto de gratitud frente a la nada conmovió al niño… y a sus padres.

 

Ser agradecido es, seguramente, uno de los mayores termómetros de la calidad humana. Todos somos hijos de la gratitud. Por eso, el hondo dolor que provoca la ingratitud es equivalente al peor de los pesares, con complicada cicatriz.

 

El desagradecimiento también es, como sucede con el atajo o las trapacerías del caradura, un colosal desafío a la justicia. Quien recibe ayuda desinteresada de alguien, no solamente ha de corresponderle con gratitud, sino que contrae una deuda moral que le debe forzar a favorecer a otros, en una suerte de cadena virtuosa que sin duda hace del mundo un lugar mucho más habitable.

 

No se deduce de todo esto que la gratitud sea un grillete o atadura eterna a la persona que nos ha hecho el bien. Como es natural, quien nos ha apoyado en un determinado momento es posible que no lo haga en otro. Pero al menos por esa vez le debemos el recuerdo imborrable de reconocimiento.

 

Ramona, la persona que trabajó en casa de mis padres durante toda su vida, ayudando generosamente a salir adelante a una familia numerosa “especial”, como se denominan administrativamente hoy, solía recordarle a mi madre: “Señora, no pida a quien pidió, ni sirva a quien sirvió”. Se refería a su experiencia laboral antes de llegar a casa, en la que no había sido tratada de forma adecuada por patronas que antes había trabajado como ella en el servicio doméstico o que habían pasado necesidades. En su día escuché también relatar a mi padre la peripecia de un rico terrateniente de provincias que, en medio de la guerra civil, se paseaba ufano por el paseo marítimo en pleno frente, con su elegante vestido y sombrero a juego. Cuando regresó a su domicilio, los suyos le recriminaron esa temeridad, a lo que él respondió: “No tengo miedo a que me maten, yo no he hecho un favor nunca a nadie”.

 

Desconozco si estos dos casos responden o no a la anécdota o son susceptibles de generalización. Lo que sí he de manifestar es que me he encontrado con ambos en mi periplo vital. Y recientemente, además.

 

La gratitud, en fin, no es solamente un rasgo de educación o de urbanidad: lo es también de profundidad humana.

 

Y de ser o no de fiar.

 

* Javier Junceda es el decano de la Facultad de Derecho de UIC Barcelona

 
 
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