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Views / Let’s talk about…

Sobre la crisis de la política

Enrique Banús

Ya pasó: ¿a quién se le ocurre hablar ahora de migraciones?

 

¿Cuándo hemos oído hablar por última vez del ébola? Ya casi ni nos acordamos. “Ya pasó, ya pasó”, decían las mamás a los niños cuando se habían hecho daño y lloraban desconsoladamente. 11.000 vidas se ha llevado por delante y —después de una brevísima tregua— acaban de aparecer, el 16 de octubre, dos casos nuevos en Guinea Ecuatorial.

 

Pero la memoria de la opinión publicada y también pública es mucho más breve. Hay que tener valor para hablar de la crisis migratoria. Es de ayer: ya pasó, ya pasó. Y aunque no sea verdad y siga ahí —aunque amainará según vaya entrando el otoño y aún más el invierno—, hagamos como si, en efecto, ya hubiera pasado. Porque entonces habría llegado el momento de entrar a fondo en la reflexión, ya con una cierta distancia.

 

Cada quien hará su lectura de lo sucedido en los últimos meses. La mía es sencillamente esta: hemos vuelto a ver, una vez más, la crisis de la política o —si lo prefieren— el fracaso de la política, o —si les gusta más— la ausencia, la inexistencia de la política. Al menos en dos ámbitos: respecto de las migraciones en sí y respecto de la situación en que se encontraban las regiones de las que parten esas migraciones.

 

En primer lugar, Europa no tiene una política migratoria. En el fondo, porque es una cuestión que afectaba a pocos países, básicamente los mediterráneos (Italia, España, Malta; en menor medida Francia y Grecia). En efecto, las migraciones clásicas procedían del África subsahariana, caminando hasta toparse con las mafias que por una buena cantidad de dinero las transportaban al otro lado del Mediterráneo o, mejor dicho, las abandonaban a su suerte en el Mediterráneo, muy a menudo en condiciones precarias en extremo. Unos llegaban, otros morían, se ahogaban, fallecían exhaustos, eran rescatados por pescadores, la guardia costera, la policía. A las mafias eso no les importaba. A muchos países europeos, en el fondo, tampoco. Cuántas veces no se han quejado los italianos, los malteses, los españoles, de que les dejaban solos. Y en el fondo dependía de los controles costeros de Marruecos, Argelia, Túnez o Libia —si es que existe como país estructurado— cuántos miles de personas, persiguiendo el sueño europeo, se hacían a la mar.

 

Pero esto era nuevo: entraban por Grecia, por Serbia, por Croacia, cruzaban Hungría y Austria, querían —la mayoría— llegar a Alemania. Venían huyendo de la guerra, de la locura de dos bandos a cual más inhumano, venían caminando por sus vidas. Venían sobre todo de Siria.

 

Y su sino dependió de unos políticos que no sabían qué hacer. Excepto el Gobierno húngaro, a quien al menos no se le puede acusar de tibieza, de incoherencia, de idas y venidas y vueltas y revueltas. No, su postura ha sido nítida desde el principio: un rotundo “no” a los fugitivos, un “no” avalado por medidas drásticas de cierre de fronteras e intervención policial. En los otros países, un quiero y no puedo o no quiero, pero qué quiere que haga… Alemania, una vez más, marcó la pauta. Y mostró precisamente esa falta de reacción política. La población, después de unos iniciales brotes xenófobos, reaccionó con entusiasmo a la llegada de los refugiados: las escenas de recibimiento en las estaciones, con flores, con pancartas, con saludos, eran ciertamente conmovedoras. La canciller Merkel, bastante atenta siempre a esos estados anímicos de los electores, se dio cuenta y se puso a la cabeza del “ejército de la acogida”. Ahí es cuando pronunció la famosa frase de que en Alemania no habría “techo”, es decir, que no habría limitación en el número de personas acogidas. Ciertamente estaba amparada por la Constitución alemana, que, escrita en 1948 y con el recuerdo muy vivo de tanto exiliado alemán, consagra el derecho al asilo político. Pero ni está tan claro que todos los que llegan son perseguidos políticos ni tampoco quiere eso decir que la concesión del derecho no deba compaginarse con otros derechos. En cualquier caso, tuvo que enfundarse las críticas no solo de sus socios bávaros, que no desprecian ocasión para mostrar un perfil propio distanciándose en esto y aquello de “su jefa pero no del todo”. Esta vez el desencuentro va más allá de las escaramuzas habituales. Además, fue criticada por uno de los suyos: el ministro Thomas de Maizière, miembro de su Gobierno, hombre de su confianza y —como ella— crecido en la Alemania comunista. Veremos en qué acaba todo el embrollo, pero hay que decir que no nació de una reflexión política madurada y consensuada.

 

Mientras tanto, respecto de la migración en general, una vez la migración siria puso en guardia también a otros Estados, la solución fue establecer un sistema de cuotas, de cuántos refugiados correspondían a cada país. Y empezó entonces una disputa como de patio de vecinos, con algunos Estados que no entraron en el reparto y otros que regateaban como se regatea en el mercado. Espectáculo indigno, que mostraba a las claras la falta de una política migratoria madurada, discutida de antemano, guiada no solo por las prisas y precipitaciones de una situación que estaba ya ahí no solo ante sino intra portas.

 

No es ese el modo de hacer política, modo que además pueda convencer a los ciudadanos de que han elegido unos líderes serenos y prudentes.

 

Pero el fallo de la política se reconoce también ab origine. Ya se sabe hace mucho tiempo que el único modo sostenible de controlar la migración es actuar en los países de origen. En el África subsahariana hace falta desarrollo; en Siria y aledaños, paz. Ni se consigue el desarrollo ni se consigue la paz. ¿Han mejorado las condiciones de vida en África? Sí. ¿Lo suficiente para que se garantice a todos un nivel de vida que anule el deseo de salir en busca del sueño europeo? No. ¿Por qué? Son muchas causas concatenadas y no es cuestión de desplegarlas aquí. Pero sin duda también tiene que ver con el hecho de que la política de cooperación no es todo lo incisiva que podría ser.

Y en Siria, ¿por qué no hay paz? Allí empezó, en el marco de la así llamada “primavera árabe”, una rebelión contra un déspota llamado Assad. Y los países del “primer mundo” no supieron qué hacer: ¿apoyar a los rebeldes, cuánto, cómo? Fue pasando el tiempo, el conflicto se enconó, en el bando de los rebeldes fue entrando el fundamentalismo, hasta que el autodenominado Estado Islámico se estableció con fuerza en una parte del territorio. Las vacilaciones fueron a más. Ahora, ya con ese supuesto Estado firmemente anclado y una vez ha mostrado toda su inhumana barbarie, Putin decide entrar a fondo, apoyar a Assad y bombardear decididamente, pasando por encima de las reticencias y vacilaciones también de un Obama que inmediatamente antes del inicio de los bombardeos, al margen de la cumbre de Naciones Unidas, pedía una solución consensuada.

 

Se mire por donde se mire: ¿dónde están los políticos de talla capaces de anticiparse a los problemas o, al menos, de resolverlos?

 

* Dr. Enrique Banús es profesor de la Facultad de Humanidade en la Universidad de Piura (Perú). Presidente de la European Community Studies Association (ECSA).

 
 
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