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Views / Let’s talk about…

Urbanidad aérea

Javier Junceda

Llevo tres lustros volando con frecuencia. Todo este dilatado tiempo me permite proponer a las autoridades aeronáuticas que, junto al control de seguridad, sean tan amables de disponer controles de “avionidad” en todos los aeropuertos, con capacidad para filtrar al pasaje impidiendo el acceso al avión a quien carece de unas mínimas condiciones para ser transportado por vía aérea.

 

Existen horarios de rutas en los que resulta una delicia volar, porque quienes lo hacemos estamos todos habituados, por motivos de negocios o profesionales, y el embarque, sobrevuelo y desembarque es rápido y sin contratiempos. Sin embargo, a media mañana o media tarde durante todo el año, e incluso a primera hora del día o a última en épocas turísticas altas, viajar en una aeronave comercial hacia destinos domésticos resulta una mezcla de película de Berlanga y de comedia italiana de postguerra.

 

Sé de lo que hablo. Junto a mí han volado pasajeros digiriendo todo género de alimentos que se han traído de sus casas: frutas, bocadillos –priman los olorosos embutidos–, latas de conservas –los mejillones al escabeche lideran este ranking–… Y eso que se trata de recorridos de apenas una hora y que no necesariamente coinciden con el horario del desayuno, almuerzo, merienda o cena. Siempre me he preguntado si estas personas estarían en sus hogares a esa misma hora comiendo eso o si se trata de un efecto propio de la bulimia aérea.

 

Los embarques, en estas frecuencias, se eternizan usualmente debido a los problemas de documentación de esta famélica legión. Al constante olvido de la tarjeta de embarque, o a la presentación en el mostrador del recibo del banco en su lugar, se une la pérdida o caducidad del DNI o pasaporte, o simplemente el error en la hora, día o destino del vuelo. Si a esta circunstancia unimos la culpa que indefectiblemente le achaca el marido a su mujer –porque nunca he visto lo contrario– y las bruscas formas de expresarle su malestar e indignación, entonces de repente comienza a representarse ante nuestros atónitos ojos una antológica pieza de zarzuela, en versión chusca.

 

Otra costumbre extendida por quienes no superarían el control de “avionidad” es la de descalzarse. En vuelos transoceánicos he llegado con el tiempo a comprenderlo, porque me informan que es bueno para ayudar a la circulación sanguínea, pero no lo logro entender en trayectos breves. Quitarse los zapatos en vuelos cortos es, salvo que uno pertenezca a algún credo aeronáutico que lo requiera, una completa falta de urbanidad. Por no decir otra cosa que todos tenemos en mente.

 

Estas gentes que describo debieran superar un curso intensivo antes de subir a bordo. Y si no lo hacen, ser sometidos de inmediato al control de “avionidad” y evitar su paseo aéreo. Sin quererlo, afectan al mismo transporte y a los nervios del pasaje.

 

En su lugar, propongo instalarles un simulador de vuelo en su salita de estar.